La voz rota de Valverde |
El entrenador y Fernando Lamikiz representan en Ibaigane el guión de un divorcio pactado, sin rencores ni polémicas, para no perjudicar al equipo
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J. GÓMEZ PEÑA
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Valverde tuvo que tomar aire en varias ocasiones para que las lágrimas no aparecieran en du rostro. /El Correo
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«Voy a coger aire», se infla Valverde antes de responder. Suspiro hacia dentro. La luz blanca de los focos iguala los rostros de Ernesto Valverde y Fernando Lamikiz. Sólo un tinte cárdeno sobre los pómulos del entrenador rojiblanco escapa al fogonazo de los flashes. Desvela mucha emoción archivada. No hay más que una pregunta, repetida en múltiples variantes: «¿Por qué te vas, Ernesto?». Esa cuestión abre el telón.
La respuesta se ajusta perfectamente a un título al uso, breve, del cine de ficción: «Motivos personales». El Palacio de Ibaigane, sede del club bilbaíno, hace de tarima para el escenario de una despedida inesperada, cortante. Para el sonido de un tajo.
En ningún momento el rostro de Valverde pierde una aire de tristeza. Dice que lleva meses, antes incluso de conocer la oferta de renovación del Athletic, masticando, rumiando su salida. Asegura sentirse desgastado. Viste su marcha de último servicio al club. Niega motivos económicos, ofertas de otros clubes o discrepancias con el presidente. Se repite el estribillo de su última tonada: «Motivos personales». Lo canta con el ánimo desmantelado. Es una decisión a fuego lento. Y la anuncia con la garganta quemada. Entre el interior de Valverde y su rostro hay una enorme distancia, la misma que va desde su respuesta, «motivos personales», hasta lo que realmente significan esas dos palabras.
El contrapunto a la emotividad contenida de Valverde lo pone Lamikiz. Más habituado a sentirse frente a un tribunal. Sabe maquillarse por dentro. La elocuencia es indispensable para salvar algunos obstáculos. Durante horas ha estado intentando convencer a Valverde para que renovara. En vano. Ibaigane asiste a las explicaciones del presidente. Agradecimientos a Valverde. Armonía pactada. Es el guión. Los dos, presidente y técnico, se han puesto el uniforme del Athletic bajo la americana. Han acordado una explicación. Pero no explica. El público no termina de entender el título de la película: «Motivos personales». Difuso. Extraño. De mil lecturas.
El técnico se contiene
Más que Lamikiz, es Valverde el que reclama el micrófono. Incluso apostilla, refuerza, la versión del presidente, la ruptura entre dos partes que proclaman su afecto. En este punto, la trama abandona la ficción para ingresar en el misterio. Valverde moja los ojos en una sonrisa de cartón piedra y asegura que nada han tenido que ver en su decisión las últimas derrotas, que todo se debe a un «desgaste personal», que no se ve con fuerza para seguir siendo la brújula del equipo. Una y otra vez retumba el título de la primera respuesta: «Motivos personales». «Esta decisión -prosigue Valverde- sólo tiene que ver conmigo». Laberinto interior.
Las preguntas de los periodistas siguen haciendo cabriolas sobre la misma cuestión. ¿Por qué? ¿Por qué ahora cuando el equipo parece construido y aspira aún a un puesto europeo y a jugar, tantos años después, la final de la Copa? Ahí, en esa mención copera, a Valverde la saliva le hace un nudo. La tristeza atropella su voz, la encalla. Le quedan tres meses en su equipo, su casa, y dice que hará todo para despedirse con la Copa. Las cámaras no registran ningún gesto, pero sí los micrófonos: pese a que se contiene, a que ni frunce el ceño, la emoción le vence con sólo pensar en el título. Ha venido para hablar de las cenizas de su carrera como entrenador del Athletic, a evitar cualquier polémica, y por eso imaginar una alegría así le puede. Sería la última. Su mejor adiós. Su adiós.
Cuando las preguntas se cansan de ser iguales y concluye la rueda de prensa, Valverde y Lamikiz, en fila, abandonan la sala. Sonrisas de compromiso. Los fotógrafos, a lo suyo, piden un abrazo, una mueca amistosa. La obtienen. Hay incluso un mohín de complicidad. También estaba en el guión de «Motivos personales». Una película con final abierto, de los que dan que hablar. El abrazo de un desencuentro.
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