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La alegría más grande

Un primero de mayo como hoy, hace 25 años, el Athletic rompió los pronósticos y conquistó en el estadio Insular su séptimo título de Liga

  
CANAL ATHLETIC. Manolo Sarabia, autor de dos goles, llora abrazado al directivo Javier Hernández ante la presencia del periodista José Ramón de la Morena. /El Correo
CANAL ATHLETIC. Manolo Sarabia, autor de dos goles, llora abrazado al directivo Javier Hernández ante la presencia del periodista José Ramón de la Morena. /El Correo
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El 1 de mayo de 1983, el Athletic vivió la que ha sido, quizás, la alegría más grande en sus 110 años de historia. Puede que a algunos esta afirmación les resulte demasiado contundente, incluso algo arbitraria si pensamos que este club tiene en su palmarés 8 Ligas y 24 Copas. Habiendo, pues, 32 grandes títulos en las vitrinas, ¿por qué la conquista de la séptima Liga hace 25 años fue un acontecimiento superior en emotividad a los demás?¿Por qué fue tan especial, hasta el punto de convertirse, para los hinchas rojiblancos, en uno de esos momentos estelares de la vida que la memoria conserva con una nitidez única?

Hay varios motivos que lo explican. El primero es el ansia de gloria que consumía entonces a la afición del Athletic; un deseo ferviente de victoria que se veía acrecentado por la sana envidia que inspiraba la mejor Real Sociedad de todos los tiempos. Aquel Athletic de 1983 llevaba 27 años sin conquistar la Liga y 10 -desde la Copa de 1973- sin ganar nada y sufriendo, además, decepciones tan dolorosas como las que se vivieron en 1977, cuando el estupendo equipo de Koldo Aguirre perdió las finales de la UEFA y de la Copa. Era mucho tiempo sin levantar un trofeo y entre la afición comenzaba a extenderse la sospecha de que, para volver a ver un Athletic campeón, se iba a necesitar un milagro.

La batalla y la guerra

Por otro lado, estuvo la sorpresa, el dulce sabor del placer inesperado. Y es que aquel día el Athletic necesitaba una carambola muy complicada. Tras haber perdido tres semanas antes en el Bernabéu, la tropa de Clemente parecía destinada a morir en la orilla. No sólo necesitaba ganar en el Insular a una Unión Deportiva que se jugaba la permanencia sino algo todavía más complicado: el Real Madrid que dirigía Alfredo Di Stéfano tenía que perder en el Luis Casanova ante un colista por méritos propios, el Valencia de Koldo Aguirre. Y por aquel entonces -todavía no habían llegado los naufragios blancos en Tenerife que dieron dos títulos de Liga al Barça-, el Madrid no solía cometer ese tipo de pifias.

«Se puede ganar la batalla y perder la guerra», recordaba este periódico en los días previos. Esa era la impresión general entre los miembros de la expedición rojiblanca que el viernes 29 de abril partieron hacia Las Palmas en dos aviones abarrotados. Todos confiaban en la victoria propia, pero que el Real Madrid, apoyado por 10.000 hinchas, perdiera en la ciudad del Turia no pasaba de ser una quimera. «Sabíamos que lo teníamos muy complicado, pero Javi (Clemente) nos dejó muy claro durante toda la semana que sólo teníamos que pensar en nosotros mismos, en ganar nuestro partido. En nada más. Y salimos muy mentalizados», recuerda Dani, capitán de aquel Athletic.

Ya en Las Palmas, a pesar de las jugarretas del rival -los canarios dejaron el Insular casi sin césped y anegaron el campo de Barranco Seco, donde el sábado entrenó el Athletic-, los rojiblancos se fueron animando entre ellos. «El campo estará mal, pero es un sitio tan bueno como cualquier otro para quedar campeón», proclamaba Manolo Sarabia. Los jóvenes de la plantilla prendían la llama de la ilusión. «Venimos a cantar el alirón. El Valencia ganará. Seguro», declaraba Luis de la Fuente, que sería titular al día siguiente en un once que Clemente nunca ocultó. Goikoetxea y Gallego eran bajas, con lo cual había pocas dudas. Jugarían Zubizarreta, Urkiaga, Liceranzu, Núñez, De la Fuente; Sola, De Andrés, Urtubi; Dani, Sarabia y Argote. También los aficionados, mientras recorrían la ciudad a la compra de transistores, videos y radiocasettes, se iban cociendo juntos en un sueño compartido. ¿Y si daban la campanada y podían disfrutar de por vida del privilegio de haber estado allí viviendo en directo un acontecimiento histórico?

Llegó por fin la hora H del día D. Las 16.30 (hora canaria) del 1 de mayo de 1983. El Insular era una caldera. Lo mismo que el Luis Casanova. Comenzaba la batalla y lo hizo de la peor manera posible para el Athletic. Sólo se llevaban tres minutos cuando De Andrés desvió una falta lanzada por Pepe Juan e introdujo el balón en su portería. Los rojiblancos, sin embargo, encajaron el golpe con entereza. Eran un equipo con carácter. En el minuto 12, Sarabia hizo el empate a pase de Dani. En el minuto 41, cambiaron los papeles. Fue el de Gallarta el que asistió al de Sodupe, que hizo el 1-2. El gol desató la euforia de los dos mil hinchas rojiblancos presentes en el campo y de las decenas de miles que seguían el partido por la radio. Y es que, tres minutos antes, Tendillo había adelantado al Valencia tras rematar un córner sacado por Rives.

Pensando en Valencia

Al descanso, pues, el Athletic era campeón. En los vestuarios, Clemente mantuvo la serenidad. Animó a los suyos y pidió que continuaran con la misma tensión en la segunda parte. Había que amarrar la victoria. En su asiento del palco, junto a otros directivos, Txetxu Lertxundi comenzó a sentir una comezón en el estómago que se disparó cuando Ramos Marco ordenó la reanudación. «Fue tremendo. Además, no habíamos llevado transistor al palco y eso nos fue poniendo de los nervios. A un señor del público le tuvimos que prometer un piso en la Gran Vía, ja, ja, para que nos fuera diciendo cómo iba la cosa», recuerda. En su asiento del banquillo, Patxi Salinas se mordía las uñas junto a su hermano Julio, a Cedrún y a Noriega. El de San Adrián se buscó en la grada un informador que le contaba lo que iba sucediendo en Mestalla. A partir del 1-3 de Sarabia en el minuto 57, eso era ya lo único que importaba. «Imagínate la tensión. Nosotros lo teníamos encarrilado, pero el Madrid seguía vivo. Hubo un momento en que se escuchó que había empatado, pero fue un remate al poste», recuerda Patxi Salinas. Efectivamente, Metgod había estado a punto de batir a Bermell de un chutazo en el minuto 56.

Incluso los jugadores del Athletic que estaban en el campo acabaron pensando más en el partido de Valencia que en el suyo propio. Andoni Zubizarreta, que se había enterado del gol de Tendillo porque provocó un murmullo detrás suyo, sólo pensaba en no volver a escuchar murmullo alguno. No news, good news. «A partir del 3-1, mi sensación era que el partido se jugaba fuera del campo. Y cuando Estanis hizo el cuarto, mucho más. Sólo pensaba en que el tiempo pasara rápido y no sucediese nada», rememora.

Un susto de muerte

El partido del Athletic estaba a punto de terminar cuando Santillana tuvo la Liga en su cabeza. Era el minuto 87. El remate a bocajarro del delantero madridista se estrelló en el cuerpo de Bermell y Tendillo acertó a despejar. Devastados por la emoción, decenas de hinchas del Athletic estuvieron a punto de despedirse de la luz del mundo en ese instante agónico. Cuando se recuperaron del susto, Ramos Marco pitó el final. Hubo un estallido de alegría que hubo que dominar por las bravas. En Mestalla, los pupilos de Di Stéfano seguían atacando a la desesperada. La Liga se les escapaba de las manos. «Fue un minuto y pico terrible. Nos abrazábamos, pero la verdad es que no sabíamos ni lo que hacer pensando en que acabaran en Valencia», recuerda Dani, que nunca olvidará esos momentos de incertidumbre escalofriante antes de que Jiménez Madrid pitara el final en la ciudad levantina.

Txetxu Lertxundi tampoco, aunque ahora, 25 años después, casi agradece aquel sufrimiento. «Por pasarlo tan mal y ser algo tan inesperado nos hizo más ilusión. Creo que ha sido la alegría más grande que me ha dado el Athletic», comenta el ex-presidente rojiblanco, por entonces directivo de Pedro Aurtenetxe, que apenas llevaba unos meses en el cargo y ya celebraba un título. La Liga. Ni más ni menos. Su conquista provocó en Vizcaya una explosión de alegría inenarrable. Las calles se llenaron de gente feliz, de jóvenes entusiasmados y viejos que se consumían entre dulces lagrimones. Se lloró mucho aquel 1 de mayo. Lloraron de emoción hinchas, directivos y jugadores. La foto de un desconsolado Sarabia, abrazado a Javier Hernández, ya forma parte de la historia del club.

La alegría era tan absoluta que tenía algo de irreal. Zubizarreta recuerda una anécdota en este sentido. Se vivió en el hotel Reina Isabel, durante la cena. Los jugadores estaban sentados a la mesa cuando comenzó 'Estudio Estadio'. Había una televisión en una sala contigua al comedor y todos se levantaron para ver el programa. Cuando comenzaron a emitir el resumen del Valencia-Real Madrid se cuajó un silencio inquietante. En la sala no se oía ni una mosca. El Madrid atacaba y sólo verlo daba miedo. Sarabia no pudo evitarlo. «¿Que no empatan, coño!», tronó, entre las carcajadas de todos los presentes. Comenzó entonces un fiestón inolvidable que se prolongó hasta el amanecer y quedó resumido en la imagen de Gainza bailando junto a Clemente. El gran Piru, el futbolista del Athletic más laureado de todos los tiempos, era un hombre feliz. «No sabéis lo que habéis hecho», les había dicho a los jugadores.

La apoteosis

Tenía razón. Los futbolistas del Athletic comenzaron a percatarse del valor de su conquista a su regreso a Bilbao, la mañana del martes 3 de mayo. (El lunes, tras volar por la tarde desde Las Palmas, pernoctaron en Madrid). En Sondika, 5.000 personas invadieron la pista y rodearon el avión que traía al equipo. Por la tarde, tras una comida en el Club Marítimo, se produjo la histórica singladura en la gabarra, cuyos preparativos corrieron a cargo del entonce gerente Fernando Ochoa, que se había quedado en Bilbao en previsión de que hubiera algo que celebrar. ¿Vaya si lo hubo! La celebración fue un absoluta apoteosis, la mayor concentración humana que se recuerda en Vizcaya. Alrededor de 800.000 personas festejaron el título y aplaudieron a los jugadores en ambas márgenes de la ría y luego en Bilbao, en Begoña, en la plaza del Ayuntamiento y en la Gran Vía, frente a la Diputación.

«Como lo de la gabarra era la primera vez que se hacía no sabíamos bien cómo iba a funcionar. Recuerdo que, antes de salir del Marítimo, Guisasola se cayó al agua. Fue al llegar a Portugalete cuando empezamos a comprobar las dimensiones que iba a tener aquello», evoca Lertxundi. Entre los jugadores, el recibimiento es un recuerdo único. Durante unos días vivieron en una burbuja, en una especie de Olimpo. «Mi sensación fue la de que estaba flotando, de que iba a dos centímetros del suelo», explica Zubizarreta. Patxi Salinas se emociona al recordarlo. «Con 19 años, eres un poco inconsciente. Los que entonces apreciaron de verdad el título fueron los veteranos, gente como Dani o Goiko que llevaban años en el equipo y sabían lo difícil que era ganar algo. Yo he necesitado que pase el tiempo para darme cuenta de lo que supone ganar una Liga con el Athletic. Es ahora cuando veo las imágenes y digo, joder, ¿qué grande!».

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