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LARREA
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Se ha acabado, Carlos. Se terminó la pesadilla. Aquello que empezó en Donostia parecía eterno, pero el infierno ya ha pasado. Solamente tú y los tuyos sabéis lo que habéis sufrido, lo que habéis llorado y las vueltas que le has dado a la cabeza. Pero bueno, vamos a mirar hacia el futuro con una sonrisa y a olvidarnos de este bienio negro.
Si de todas las experiencias negativas que la vida nos depara es a veces posible extraer una lectura positiva, también de este calvario de dos años tú puedes y debes hacerlo. En las grandes pruebas se reconoce al aliado, a esos que te aprecian por cómo eres, y no por quién eres. Y es un privilegio al alcance de pocos.
Te has dado cuenta Carlos de qué gente te quiere de verdad, de quiénes han estado siempre a tu lado, de cómo te han ayudado tus compañeros, de los amigos que no te han olvidado en todo este tiempo, de cómo la gente te paraba por la calle y te daba ánimos, de todos los aficionados, de los peñistas... También, por supuesto, de quienes han intentado hundirte, de los que te han vilipendiado, de los cobardes que se han cebado contigo y con los tuyos, de aquellos de los que no merece la pena ni siquiera hablar.
Tú nos has sostenido con tu sonrisa. A masajistas, médicos, jugadores, técnicos... A todos. Ha habido días buenos, malos y peores. Algunos de más risas y otros de más llanto. Pero siempre has trabajado tanto en el campo, como fuera de él, y los que te conocemos estamos orgullosos de que seas jugador del Athletic y de que nos honres con tu amistad. Y para tu madre Gloria - que va a ser esta semana la mujer más feliz del mundo- y para tu aita, y para toda tu familia, un abrazo y mi profundo reconocimiento a esa labor sentida, de verdadero amor, que han realizado contigo, Carlos.
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