EL ANÁLISIS/ La naranja podrida |
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ANDONI AYARZA
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Todo tiene un límite. También la exigencia. Sería complicado, si no imposible, poner en duda la devoción de la hinchada 'ché'. Una afición que, ni siquiera en los momentos más delicados (recordemos su paso por el infierno en la temporada 1986/87) ha abandonado el estadio. Pero hay amores que matan, y su insaciable inconformismo complica y mucho hallar el sosiego necesario para levantar los cimientos que sitúen definitivamente a un club entre los grandes de Europa.
El propio devenir del presente campeonato podría dibujar esta sensación. Ante el clamor popular, la presidencia sacaba el pañuelo y concedía, a las primeras de cambio, la destitución de su técnico, Quique Sánchez Flores. Y mira que en Bilbao no es precisamente santo de devoción el técnico madrileño, pero al César lo que es del César. Con el equipo situado en cuarta posición y con un currículum de 'Champions', el aburrimiento o el capricho se imponían a la coherencia y la llave del vestuario pasaba a manos de un interino Óscar Fernández, que firmaba una de cal y otra de arena antes de ceder su puesto a una pareja de ilustres futbolistas, Ronald Koeman y José Mari Bakero. A partir de ahí el club de Mestalla no ha hecho sino vivir una de las historias más extrañas y confusas de su ya dilatada historia.
Tras varios partidos de tanteo y preocupantes resultados, el holandés prescindía de tres de los más emblemáticos y laureados jugadores del vestuario -Cañizares, Albelda y Angulo-, dos de ellos habitualmente utilizados en sus alineaciones e incluso defendidos en los momentos delicados. Seguramente ante un juez, como así ocurrió, se pueda enmascarar tanto la raíz del conflicto como la verdadera situación de los afectados; pero difícilmente ante una 'caseta' donde, salvando excepciones, se ha sembrado la discordia y el recelo hacia un cuerpo técnico que de la noche a la mañana, por inspiración propia u obligación jerárquica, entraba como un elefante en una cacharrería en busca de la supuesta naranja o naranjas podridas que salvasen el cesto. Más allá de todos esos matices que únicamente conocen quienes allí conviven, resulta evidente que no las encontraron. Así, aquella honorable cuarta posición clasificatoria que heredaron se ha transformado en una preocupante decimoquinta a tan sólo cinco puntos del descenso y con un calendario por delante escasamente halagüeño.
En fin, ese es el Valencia que rendirá visita esta noche a la Catedral. Pero que nadie se despiste ni olvide guardar el disfraz de Riazor. Un conjunto con los innegables talentos que adornan a la escuadra "ché" siempre puede emerger y pintarte la cara. Y mucho más cuando la noche y los murciélagos se convierten en protagonistas.
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