EL ANÁLISIS/ La gestión de los resultados |
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MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN
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Si es cierto que se puede aprender de las derrotas, el partido de Riazor podría proporcionar nítidas enseñanzas. Si yo fuera Caparrós, les pondría varias veces el vídeo del partido a los jugadores, aunque todos preferiríamos olvidarlo cuanto antes. El entrenador puede encontrar, también, algún motivo para la reflexión. Dejar en casa a Susaeta no era sólo prescindir de uno de los jugadores que se han ganado una parcela muy concreta sobre el campo, sino también enviar, implícitamente, a sus jugadores, el mensaje de que el partido ya no importaba tanto. No salió bien retocar la alineación pensando en otras cosas, importantes, pero de una importancia de segunda B. Ni Susaeta puede ser un hombre determinante incorporándose a otro equipo, el Bilbao Athletic, en el que hace tiempo que no juega, ni David López, su sustituto en la alineación titular, acaba de dar, treinta partidos después, muchas señales de vida.
Podría hacerse un buen reportaje repasando la larga lista de fichajes y preguntándose las razones por las que Osasuna se enfada tanto con nosotros. El entrenador fue también más protagonista de lo conveniente durante la semana, en contraste con su encomiable discreción del resto del año. Tal vez estuvo algo tremendista en el balance de una temporada que aún no ha terminado. También se habló demasiado de las ganas que le tenían algunos suplentes de sus tiempos en Riazor, como si nos empeñáramos en buscarles estímulos a los futbolistas rivales. A la vista del resultado, se diría que esos nuevos titulares del Deportivo se tomaron cumplida revancha.
Tras seis partidos consecutivos en los que el Athletic obtuvo excelentes resultados, forma parte del orden natural de las cosas perder el séptimo, pero fue decepcionante el modo en que lo hizo. El Athletic se puso a tocar en Riazor como si pensara que era un equipo de toque, se puso a hacer rondos que no llevaban a ninguna parte, a dar pases sin mucha sustancia, horizontales y previsibles, carentes de imaginación. Se puso a tocar con un ritmo cansino. Jugó sin intensidad, y sin intensidad no pueden jugar en Primera ni los equipos mejor cualificados, ni siquiera los que saben tocar de forma inigualable, como el Barça, a quien los equipos más modestos saben que pueden poner en apuros si le presionan.
El Athletic le puede poner en apuros a cualquiera, y naturalmente también al Deportivo de La Coruña, que ahora mismo no es un equipo extraordinario, si aprieta los dientes, empuja con fuerza y juega con todos los sentidos bien despiertos, como hizo en los penúltimos partidos. Un Athletic sin intensidad muestra, todavía, notables carencias. El contundente resultado de Riazor es ejemplarizante a esos efectos.
Casi todos los balones pasaban por Yeste, quien recibía en una posición muy retrasada, a pesar de que el Deportivo jugaba a la contra y dejaba hacer en dos tercios del campo. Yeste recibía sin problemas y entregaba fácil, pero sin chispa. Para hacer eso no hace falta ser Yeste. Recibir libre de contrarios en un radio de quince metros, girarse con estilo y entregar en horizontal, lo hace cualquiera. Bueno, tal vez cualquiera no, otros estuvieron más desafortunados.
Tal vez sea injusto señalar, especialmente cuando el equipo entero hizo un mal partido y sería un problema, precisamente, que tuviéramos que destacar a alguno, pero las limitaciones técnicas de ciertos jugadores y la falta de temperamento de otros fueron especialmente llamativos. El Athletic perdió haciendo posturas, como si de pronto, nada más salir de apuros, le hubiera dado un ataque de petulancia. Habrá que confiar en que tenga la humildad necesaria para aprender de la derrota, y del modo rotundo en que se produjo.
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