Alivio entre silbidos |
El Athletic fue despedido con muestras de desagrado por sus aficionados pese a que el raquítico triunfo ante el colista Levante le da una tregua en la clasificación
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J. ORTIZ DE LAZCANO
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CANAL ATHLETIC. Javi Martínez disputa un balón aéreo al defensa del Levante David. / FOTOS: LUIS ÁNGEL GÓMEZ, IGNACIO PÉREZ Y JORDI ALEMANY
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Además de inquieto, el público de San Mamés estaba irritado. Esas mismas gargantas han silbado en los últimos años a presidentes, directivos y entrenadores. Ayer tocó por primera vez el turno de los jugadores, a los que desde ahora se apunta como responsables del desplome. Los momentos más tensos los vivieron Yeste y Del Horno, sobre todo el primero de ellos, convertido en foco de atención de las quejas después de su comportamiento extradeportivo en medio de la grave crisis.
Pero el malestar no se quedó ahí. Se extendió al resto del equipo. Cuando al concluir el partido los futbolistas se dirigieron al círculo central para saludar a sus seguidores se encontraron con lo nunca escuchado, pitos por parte de los espectadores. Es una llamativa muestra de malestar por tanto extravío en tres años de continuos fracasos.
Y eso que el Athletic había conseguido ganar una tarde en la que los sentimientos de los aficionados antes del partido eran particularmente lúgubres. Quien más quien menos llegó a San Mamés con el recuerdo de lo sucedido la pasada campaña ante el Nástic, un colista que ganó 0-2. 'La Catedral' se ha convertido además en un chollo para cualquier equipo que llegue en el último puesto. Los antecedentes eran escalofriantes. De los catorce equipos que han venido con esa condición en los últimos diez años, cuatro habían ganado y cinco empatado. Ayer al menos los tres puntos se quedaron en casa y el equipo se despojó de una de esas fatalidades que parecen tatuadas en su piel.
Pero lo cierto es que al Athletic le cuesta ganar los encuentros más sencillos y se tiene que dejar un riñón en cada uno de ellos. Da igual la calidad de los rivales o su situación. El Levante es el colista y los pensamientos de sus jugadores están más en los números rojos de sus cuentas corrientes que en el campo. Aún así, fueron capaz de meter en serios problemas a los rojiblancos.
El equipo de Caparrós está agarrotado, preso del miedo al ridículo, consciente de que cada tarde puede convertirse en un suplicio. Falto de juego, la cuestión no pasó a mayores porque el rival no dio para más. Pero hubo demasiado equilibrio, excesivos sustos y un final innecesariamente emocionante para un partido que, en situación normal, debía tener claro signo local.
Con empate a cero, las primeras oportunidades de peso en cada tiempo fueron valencianas, como aquella pelota que sacó Del Horno cuando entraba dentro tras remate de Álvaro (minuto 25) o el balón que estrelló Miguel Ángel en el poste, con tiro posterior de Courtois fuera, en el 48.
Es verdad que antes del gol, y sin merecerlo por el juego, el Athletic estrelló dos pelotas en los largueros, un centro-chut de Yeste y un cabezazo de Llorente, pero el balance de ocasiones entre los dos equipos refleja que los rojiblancos simplemente ganaron porque tuvieron más suerte.
El gol salvador
La esterilidad en el centro del campo se ha convertido en un grave problema. Orbaiz hace lo que puede, pero es evidente que está muy lejos del nivel que tenía antes de sus lesiones de rodillas. El entrenador da vueltas y vueltas a la ruleta sin encontrar una solución. Caparrós se corrige en cada alineación. Ayer tocó el turno del joven Aitor Ramos. Se mostró bullicioso, pero sin pólvora. Un pisotón obligó a que fuera relevado en la primera parte. En su lugar entró Aduriz, que al menos dio un punto de verticalidad a la situación.
Cuando la grada se preguntaba si había remedio al empate ante el colista llegó la jugada del gol salvador. Un balón pésimamente golpeado por Kujovic fue recogido por David López en la medular. Buscó al incisivo Aduriz, que penetró hasta el fondo y centró para que Llorente tirara un desmarque inteligente en el segundo palo, desde donde remató de cabeza.
El final del partido resume a la perfección el mal momento rojiblanco. La afición se mordía las uñas, los jugadores estaban espantados incluso con ventaja y hasta un rival tan endeble como el Levante se permitió tomar aire e ir a por todas. El suspense y el cabreo fueron los dueños de las gradas de San Mamés hasta el final.
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