La posibilidad de que la final de Copa del Rey entre Athletic y Barcelona se jugara en París, por remota que sea, no suena nada estrambótica en Italia. Es más, podría sorprender que no se haya hecho antes, pues el valor internacional de marca del fútbol español o del propio Barcelona en este momento ofrece un campo de negocio.
Es la razón por la que la Supercopa italiana -que enfrenta al campeón de liga con el de la Coppa Italia- se ha jugado ya cinco veces en el extranjero. Y no precisamente al lado de casa. Se empezó en 1993 en Washington para promocionar entre los estadounidenses el fútbol antes del Mundial del año siguiente. Ganó el Milan al Torino por 1-0. Pero en la última década se ha convertido en algo casi normal: 2002, Trípoli; 2003, Nueva York; 2009 y 2011, Pekín. Es más, la capital china se ha asegurado dos finales más en los próximos tres años, según un acuerdo firmado por la Lega Calcio con United Vansen International por 10 millones de euros.
Todo es que alguien ponga dinero encima de la mesa por tener por un día el espectáculo y las estrellas del 'Calcio'. A ello se añaden los derechos televisivos y el aumento de la venta de camisetas de Totti o Del Piero en países raros. Promoción del fútbol italiano, en definitiva, y también visibilidad para países que desean meterse de lleno en este deporte. Además la Supercopa está patrocinada en Italia por una de las principales compañías telefónicas.
A los jugadores les hace menos gracia por las palizas de los viajes, y mucha menos a los aficionados, que lo ven como un síntoma más de la progresiva degeneración del fútbol a manos del dinero. El año pasado, Inter y Milan querían jugar en San Siro, por mucho Nido de Pájaro que hubiera en Pekín, pero al final la Lega impuso su criterio.
Pero en este curioso historial de finales en el extranjero a todas luces la más delirante fue el Juventus-Parma de 2002 en Trípoli. Era la época buena de Gadafi, accionista de 'Juve' y la Fiat, también propiedad de los Agnelli, que quiso contentar a su hijo El Saadi, 'tifoso' del club turinés, con un caprichito. Puso 400.000 euros para cada equipo y no hubo más que hablar. El viaje fue una aventura surrealista, por las 5 horas de retraso del vuelo, porque se rompió el avión que les enviaba Gadafi. Jugaron sin aficionados italianos en las gradas, pues era imposible conseguir el visado, a 42 grados en junio. Fueron 70.000 libios, aunque la entrada costaba un cuarto de un sueldo medio, y estaban a muerte con la 'Juve', siguiendo la consigna oficial. Ganaron Del Piero y compañía por 2-1.
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