
Aquí la tienen. Tres años después, la semifinal de la Copa de Rey vuelve a ser una realidad. Disfrútenla. En toda su intensidad, en todo su color. Esta vez no está enfrente el Sevilla, aquel gran Sevilla que hizo hasta ruido al caer con todo su peso en San Mamés, sino el Mirandés. Da igual, el premio es el mismo. Un puesto en la gran final y también la posibilidad de restañar la herida de Mestalla y de regalar a la familia rojiblanca una sensación ya casi olvidada, la de conquistar el título de su competición preferida y coser una brecha de 28 años de espera. Pero hay que ir paso a paso, minuto a minuto, olvidarse de la categoría en la que compite el rival y pensar que Anduva es poco menos que Old Trafford y su inquilino, el diablo rojo. En la exageración está la medida y la llave que cierra la puerta al exceso de confianza. Superioridad es lo que no puede sentir hoy el Athletic, sino el deber de una entrega incondicional si pretende subir al cielo.
Los jugadores entienden la importancia del partido de esta noche y cuentan con tres ejemplos clarificadores de lo que no debe hacerse en esta edición de la Copa cuando el adversario es el Mirandés. Villarreal, Racing y Espanyol, tres Primeras que quizás se tomaron la eliminatoria de aquella manera al tratarse de un Segunda B, besaron la lona después de cruzar los guantes con los chicos de Carlos Pouso. Una lección que jamás olvidarán. «Es mejor que no especulemos», dijo el domingo Íñigo Pérez. Vio como todo el mundo lo que le pasó al conjunto perico, que se hernió para levantar el 0-2 en el Cornellá (3-2), y, cuando ya daba por seguro el pase a la semifinal, llegó el gol de César Caneda en el descuento y Anduva dio sepultura al equipo entrenado por Mauricio Pochettino. «Tenemos que ir a ganar y jugar como lo hacemos habitualmente en San Mamés», concluyó el medio navarro, quien esta vez quiere vivir la final en el césped y no en la grada.
Es la quinta semifinal que jugará el Athletic en el último cuarto de siglo -Real Sociedad, Real Madrid, Betis, Sevilla y Mirandés- y de las cuatro anteriores tan sólo una se canjeó por un sitio en la ronda decisiva. El 4 de marzo de 2009 cayó el conjunto hispalense en 'La Catedral' (3-0) y el campo se convirtió en un volcán del que brotaba el sentimiento rojiblanco, en un crisol de sensaciones y de emociones a flor de piel que terminaron de un plumazo con una sequía de 24 años. Antes no hubo suerte contra el Madrid (temporada 2001-2002), el Betis -¿recuerdan aquella fatídica noche del 11 de mayo de 2005, cuando todo se fue al traste desde el punto de penalti?- y la Real, que frenó a los bilbaínos en San Mamés en junio de 1987 (0-1) tras el empate a cero en Atocha. El fútbol brinda ahora una nueva oportunidad a un equipo que se siente en deuda con su afición, entregada y fiel en la victoria y en la derrota. Está a 180 minutos de hacer un gran regalo a su hinchada y darle la oportunidad de ilusionarse con un título que asoma en el horizonte, donde más de uno divisa colores de su camiseta.
Portería a cero en la Copa
El caso es que hay motivos de sobra para ser optimistas. El Athletic atraviesa por un gran momento de forma y se ha mostrado intratable en la Copa. En los seis partidos jugados hasta la fecha acredita un balance de cinco victorias y un empate, el que cosechó en el Carlos Belmonte, y todavía mantiene su portería a cero. Nadie ha sido capaz de batir a Iraizoz y, por contra, el equipo ha marcado un total de nueve goles: cuatro al Albacete, dos al Oviedo y tres al Mallorca. Unos antecedentes que transmiten confianza y que invitan a seguir pensando en positivo de cara al choque de hoy en Anduva, donde a pesar de todo habrá que tener mucho cuidado porque el Mirandés no sabe lo que es perder en su campo en esta edición copera. Ha superado seis eliminatorias y ninguno de sus rivales ha sido capaz de ganarle en casa.
La ilusión se tiñe de rojo y blanco con el transcurso de las horas y la gente deja volar la imaginación. Quien más quien menos evoca el ambiente vivido antes y después de la última semifinal contra el Sevilla y piensa que otro mayo es posible. Banderas en los balcones, iluminación urbana y nocturna color sangre, entrenamiento previo al viaje con 20.000 personas en las gradas, colas para las entradas... El retrato robot de una pasión que no entiende de credos, religiones, fronteras. Cientos de miles de aficionados y un escudo en el que cabe todo el mundo. El equipo realizó ayer su última sesión en Lezama antes del duelo de hoy y pernoctó en un hotel de Haro. Es posible que Marcelo Bielsa durmiera lo justo, quizás unas pocas horas, viendo quién sabe qué jugada y qué partido. Sabe que él y sus hombres están a punto de llamar a la penúltima puerta en su ascención al cielo.
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