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Los rojiblancos resucitan en la segunda mitad para vencer al Braga
22 de julio de 2010
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El Athletic parte la roca
Aurtenetxe, que comenzó en el lateral izquierdo y terminó de central junto a San José, se lleva un balón ante la presencia de tres contrarios. :: AIOL
ROBERT BASIC ENVIADO ESPECIAL.-

El Athletic partió ayer en dos al subcampeón de Portugal. Una apisonadora. Tal y como suena. Metáfora de la superioridad. Lo que en un principio se asemejaba a un calvario, a un callejón sin salida, derivó después en una bella resurrección. Si los rojiblancos se pasaron la primera parte dormitando, sin apenas claridad, en la reanudación renacieron de sus cenizas y dieron una auténtica lección de fútbol al Sporting de Braga. Toque, manejo del balón, pases en profundidad y acierto. Dos nombres clave: Susaeta e Igor. El primero, el que desatascó al equipo; el segundo, el que puso la chispa y la velocidad, además de marcar el segundo gol. Dijeron abracadabra y los lusos desaparecieron.

El escenario del partido era un lugar maravilloso. La postal de un cuento, con futbolistas como protagonistas de la fábula. El estadio AXA, levantado con motivo de la Eurocopa de Portugal, es un auténtico caramelo arquitectónico. Está ubicado en el terreno minero, en la cantera de Monte Castro, y cuenta únicamente con dos fondos de gradas capaces de absorber 30.000 personas. A un lado, la roca, materia prima que se empleó para su construcción; al otro, vistas panorámicas de la ciudad. Un sitio mágico. Y abajo, sobre el césped, estaba el Athletic, ajeno a la belleza del anfiteatro y pendiente de su rival. Duro como una piedra, material del que está hecha su casa, su carácter norteño. Pero cedió bajo el peso del martillo bilbaíno. Juguete roto.

El once rojiblanco se ajustó a lo anunciado por Caparrós. Siete cambios respecto al choque de Ayamonte y un centro del campo -Iturraspe y Orbaiz- reforzado con la presencia de Gurpegui en la banda derecha. Arriba, De Marcos, con Susaeta de enganche. Conviene aclarar que el Braga nada tiene que ver con el Olhanense, dos mundos distintos que conviven en una misma galaxia. El Athletic, conocedor del potencial bracarense, cimentado sobre un buena defensa y la solidaridad del bloque, quiso dar una alegría a su entrenador y trató de mimar el balón. Es lo que demanda con insistencia el utrerano: que sus hombres tengan más confianza a la hora de manejar y distribuir el esférico. Dar importancia al objeto ganador y, de paso, limitar la posesión del rival. Todo eso, claro, en teoría.

Porque la práctica es otra cosa. El Athletic pasó apuros al principio a la hora de sacar la pelota. Un jabulani, nada más y nada menos, que complicó algún que otro control rojiblanco. Pasaba bastante más por las botas bracarenses, que presionaron muy arriba para recuperar el esférico. Lo tenían claro: tapar a Orbaiz y dejar que sean San José o Ustaritz los que organicen. Los dos, eso sí, estuvieron inconmensurables en las labores defensivas.

La resurrección

Sin balón en la sala de máquinas, el bagaje ofensivo del Athletic en la primera mitad resultó escaso. Un remate de cabeza de Aurtenetxe, que sufrió en el lateral, con Alan y Lima permutando posiciones y poniéndole en apuros, y un lanzamiento de falta de Gabilondo fue todo lo que ofreció el equipo. Demasiado poco como para intimidar a un conjunto mucho más rodado. Avisaron en el minuto 18, tras una bonita jugada por el costado derecho, que el camerunés Meyong cabeceó fuera. Golpearon poco antes del descanso. El árbitro señaló penalti por una mano dudosa de San José, momento 'casero', y el propio delantero africano se encargó de transformarlo.

Y entonces llegó la resurrección, la mejor versión rojiblanca, forjada en la intimidad del vestuario. En el descanso. A Caparrós no le gustó nada lo que veía y movió el banquillo. Sacó a Ion Vélez y a Igor Martínez y sentó a Orbaiz y a De Marcos. Mano de santo. Agua bendita. Nada más salir, allá por el minuto 58, el navarro se fue de sus marcadores en la banda derecha y sirvió un gran pase que materializó Susaeta. La primera llegada con peligro y gol. Croché en la mandíbula. Luego vino el gancho en el hígado, de los que duelen. El brazo lo armó el propio eibarrés y lo ejecutó Igor, soberbio sobre el 'verde', la vitamina colectiva, que batió por bajo a Felgueiras y allanó el camino hacia la victoria.

El Braga estaba contra las cuerdas, con la mirada fijada en la lona. Y ahí dio con sus huesos. De nuevo Susaeta, pesadilla local, sacó una falta y apareció San José para hacer el tercero. El subcampeón luso, convertido en gaseosa, ya no tuvo ni fuerzas ni ganas de levantarse. El Athletic bailaba sobre el campo, entre las rocas, en la vieja cantera de Monte Castro, que se partió en dos bajo el peso de un equipo superior.

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