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El Athletic juvenil supera al Madrid en un duelo serio y se cobra una doble venganza con el torneo del k.o.
27 de junio de 2010
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JUANMA MALLO.-

El Athletic se cobró ayer en Almuñécar una doble venganza. Primero, con la Copa del Rey que se embolsó; ese título que el año pasado le arrebató el Sevilla en una prórroga forjada en el descuento, cuando los bilbaínos ya celebraban la victoria. Y luego, con el Madrid, el cuadro que les ha ganado en tres ocasiones este curso; el equipo que hace 29 años, en el Vicente Calderón, 'robó' el trofeo a los vizcaínos con un tanto de Míchel que perforó la red, pues entró por un agujero que tenía la malla. De esta manera, 18 años después de aquel triunfo en Soria en la tanda de penaltis, la Copa juvenil regresa a Bilbao gracias a los goles de Peña y Villa, pero por el genial e intenso trabajo de un equipo repleto de calidad. «¡Campeones, campeones!», se despidieron del césped del Francisco Bonet.

Salió bien plantado el cuadro bilbaíno para lograr el noveno título de esta competición. Como decía en la previa Bingen Arostegi, el Athletic juvenil es un «bloque». Y vaya si lo demostró. Los vizcaínos emplearon hormigón de la mejor calidad para levantar un muro delante de su área. A pesar de que el Madrid lo intentó, sobre todo, con las piquetas de sus extremos, Sarabia -un diablo por ambas bandas- y Lucas, apenas realizó simples arañazos en la férrea zaga de un campeón valiente desde el arranque.

Porque los rojiblancos no se limitaron a defender la portería de Magunazelaia. Para nada. De hecho, suya fue la primera ocasión seria de un encuentro en el que destacó la animosa hinchada del Athletic, fiel, que no dejó de corear consignas en favor de los bilbaínos. En el minuto siete, después de varios recortes, Guillermo Fernández lanzó el primer aviso. Tímido, sí. Pero fue una forma de decir al Real Madrid que, pese a su favoritismo, pese a los tres encuentros que les habían ganado los de Javier Toril este curso (el último hace poco más de un mes), el Athletic tenía cosas que decir, que no iba a ser un simple convidado de piedra. Vamos, que nada de hacer el paseíllo a un equipo que ha ganado la Liga y la Copa de Campeones con cierta solvencia.

Corpulencia contra picardía

Pero ayer se quedó sin triplete por el empuje de una escuadra bilbaína que prosiguió con sus llegadas a la portería de Pacheco. Quizá los blancos eran más fuertes, más corpulentos, también mayores en edad. Los de Arostegi, en cambio, poseían más velocidad y más pillería. Y fruto de esa picardía, se adelantaron justo en el primer cuarto de hora. Un disparo perdido, sin rumbo, encontró a Álvaro Peña, que controló, y con la izquierda se la coló al conjunto de la capital.

Alegría y nada de miedo. Porque los rojiblancos no se echaron para atrás. La valentía marca la identidad de este equipo, que siguió con su defensa cerrada, bien construida, con sólidos cimientos, y con unas efectivas ayudas de un centro del campo muy enchufado en las labores de destrucción y un ataque que impidió que los blancos sacasen con tranquilidad el balón. El Madrid no encontraba aire. El Athletic, sin embargo, sí lo hacía en la otra parte. Después de varios acercamientos, Villar, un futbolista veloz, con desparpajo, controló un pase en profundidad y, mano a mano con el portero rival, en un duelo cara a cara, no titubeó para picársela por encima a Pacheco y firmar la segunda diana.

El Madrid, la necesidad manda, pareció reaccionar. Pero de forma tímida. Sólo un disparo desde fuera del área de Jaime al filo del descanso asustó a Mangunazelaia, que disfrutó de un partido plácido, en líneas generales, si se puede calificar así una final. Estuvo seguro y soberbio en la única jugada blanca que hizo temblar a la afición del Athletic en la segunda mitad. Fue un contragolpe, forjado en un error defensivo rojiblanco, que dejó a Sol con el meta nacido en Bilbao. Y éste rechazó el disparo con seguridad.

Y poco más dieron de sí los blancos, un cuadro que se plantó en la costera ciudad granadina, cuna del turismo, con la vitola de ser un destructor, un conjunto que respiraba con la misma facilidad que mataba al oponente. Pero los pupilos de Arostegi no les dejaron en ningún momento plasmar su juego. Habían asumido los bilbaínos que meterse atrás quizá fuera la muerte, dar alas a los blancos. Por eso, no dejaron de insistir con su velocidad en rápidos despliegues para ampliar su renta. No lo consiguieron, y eso que Alkuaz gozó de una buena oportunidad en los últimos minutos. Dio igual. Al fin y al cabo, da igual ganar por dos o por tres. Lo que importa es que 18 años después, la Copa del Rey regresa a Bilbao en autobús.

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