
Quizá ni él se lo explique, pero lo cierto es que Pablo Orbaiz perdió ayer los nervios de nuevo. Como le sucedió ante el Villarreal, reaccionó de la peor forma posible con el juego parado y fue expulsado. La segunda roja que ve en sus cuatro últimos partidos, una cifra desproporcionada para un jugador de sus galones y que en toda su carrera con el club (288 partidos) sólo había abandonado el campo por cartulina en cuatro ocasiones.
Lo peor de todo es que lo de ayer en San Mamés fue mucho más grave que lo de El Madrigal. Entonces, al fin y al cabo, agarró del pelo a Marco Rubén y de un brazo al árbitro después de que le pitaran una falta inexistente. Esta vez reaccionó de forma mucho más violenta. Recibió una falta de Cortés y respondió lanzándole una patada a la entrepierna. En las mismas narices del penoso Pérez Burrull.
Entonces, se encontró con dos partidos de sanción, uno por acumulación de amarillas y el otro por la roja. Ahora debe prepararse para un castigo al menos similar. El acta arbitral le coloca en una incómoda posición. Según este documento, fue expulsado por «dar una patada desde el suelo a un adversario cuando el juego acababa de ser detenido».
En todo caso, es casi seguro que se dará la paradoja de que cumpla la sanción en la enfermería. Al concluir el encuentro, el club anunció que sufre un esguince de ligamento lateral externo en el tobillo izquierdo. A la espera de las pruebas que determinen el grado del contratiempo, puede estar en torno a cuatro semanas de baja. Aquí encuentra su único atenuante. Ser consciente de que el rival le lesionó y responder así. Pero fue una escena que sobró y que mancha una hoja de servicios que hasta ahora era impecable. Se trata de un jugador del que el aficionado y los rivales guardan una buena imagen. Por su discreción, su elegancia en las declaraciones y porque, hasta ayer, no se le habían visto brusquedades de este calibre.
A las 48 horas de ser expulsado ante el Villarreal, salió ante los periodistas y pidió disculpas. Quizá ayer estuviera aún más abochornado y por eso eludió hablar en público. Sus compañeros relataron que estaba hundido en el vestuario. «Está muy dolido por lo que ha pasado», indicó Javi Martínez.
Uno de los presentes en el vestuario rojiblanco al concluir el partido relató que Orbaiz preguntó cómo se había visto la jugada por televisión. «Se aprecia que le das en la entrepierna», le explicó. «Ya me he dado cuenta», admitió el jugador. Lo peor de todo es que el capitán se fue a la calle en un partido que había arrancado con él como héroe. A los trece minutos entendió a la perfección el movimiento de Llorente, se colocó al borde del área y convirtió su asistencia en un certero disparo de interior ante el que Codina nada pudo hacer.
Mientras los compañeros le felicitaban, sonreía con plenitud. Tenía motivos para ello, su undécimo gol como rojiblanco en 287 partidos, el primero en el último año. Una tarde que lo podía haber sido todo para él se convirtió en la peor de las pesadillas. Por el momento, para no hurgar en la herida, Caparrós prefirió hacer como el protagonista, pasar el asunto sin ningún comentario. «No es el momento de hablar de esa jugada», zanjó.
Pero a nadie se le escapó que fue una jugada que condicionó el encuentro. Para empezar al propio entrenador del Getafe, Míchel. «Me ha dado la sensación de que con uno menos el Athletic daba por bueno el punto en la segunda parte».
En el bando rojiblanco, el análisis de los jugadores es que el punto hay que darlo por bueno porque se jugó casi una hora en inferioridad. «Estamos satisfechos porque el partido se ha complicado con la expulsión», indicó Susaeta. «Lo importante es que nos hemos sabido rehacer», añadió Javi Martínez. La segunda pérdida de papeles en el últimos mes de Orbaiz había marcado el partido del asalto a la plaza europea.
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