
Se escapó la victoria cuando menos se esperaba, cuando el Athletic ya no se encontraba en inferioridad y disfrutaba de una ventaja ganada a pulso, pero el partido de los rojiblancos obliga a digerir bien el disgusto. Más allá del empate, el equipo de Caparrós salió relanzado de su envite contra el Getafe, al que sólo la fortuna -la tuvo en sus dos goles y en la clamorosa ocasión final de Llorente en el descuento- le libró de la derrota. Y no se trata tan sólo de que el Athletic se metiera ayer en la zona europea tras la pifia del Deportivo ante el Valladolid, sino de la impresión general que ofreció el equipo, muy puesto, seguro de sí mismo, ambicioso incluso con diez, como le gusta a la afición. Y a todo el mundo. El tiempo dirá cuál es el resultado final de esta batalla por Europa, pero hay algo que está claro: con la actitud que mostraron ayer, descabalgar a los rojiblancos va a ser una tarea muy complicada. No parece, desde luego, que vaya a hacerlo el Getafe, que decepcionó por su falta de mordiente. Se jugaban mucho los de Míchel y lo cierto es que nunca dieron esa impresión.
El partido fue un galimatías, sobre todo a partir del primer gol de los madrileños, obra de Manu del Moral en un centro chut que se envenenó de mala manera al pasar entre Amorebieta y Mikel San José. Hasta ese momento, allá por el minuto 32, el pulso era bastante equilibrado, aunque siempre pareció que el Athletic jugaba mejor sus bazas. Tenían buena factura los rojiblancos, con los centrales muy abiertos, Javi Martínez por el medio y los laterales en la zona de carrileros. Alternando la salida del balón por abajo con los envíos en largo, como debe ser, los de Caparrós buscaban bien las caídas a las bandas de Llorente y Toquero. El plan era bueno. El Getafe, por su parte, intentaba tocar, pero encontraba las bandas muy tapadas y se acaba enredando por el centro. Durante todo el choque, los de Míchel dieron la impresión de hacerlo muy difícil. Y el fútbol es sencillez. La ausencia de Soldado, de sus desmarques y de su navaja afilada, les abocó a un exceso de retórica que pudo salirles muy cara.
Empieza a desquiciarse
El choque empezó a desquiciarse en en el minuto 37. Y es que la tensión del fútbol provoca a veces comportamientos muy extraños. Casi paranormales. Así hay que interpretar la actitud de Pablo Orbaiz, que se eliminó de forma lamentable. Ya resultó sospechosa, hace unas semanas, la expulsión que se ganó en Villarreal tras estirar del pelo a un rival caído en el suelo. Aquel arrebato de histeria no era, desde luego, lo que se espera del futbolista que luce el brazalete del Athletic, pero al menos se le podía buscar la excusa de la irritación por un marcador adverso. Lo de ayer, en cambio, fue completamente gratuito. El partido estaba abierto y él estaba siendo uno de los destacados. No sólo mandaba con criterio sino que, además, había marcado el primer gol en un perfecto disparo, bien colocado, desde la media luna. Por fuerza, el hombre tenía que estar feliz y contento. De ahí que resulte inexplicable su agresión desde el suelo a Cortés, delante del árbitro. Por mucho que el lateral rival le hubiera hecho una entrada fea, su reacción no pudo resultar más desproporcionada.
La expulsión hizo algo más que condicionar el partido en lo estrictamente futbolístico. El público se puso de uñas y acabó de despertar a ese peligro público llamado Pérez Burrull. Venía el colegiado cántabro de pasar unos días en la nevera tras su rutilante exhibición en el Vicente Calderón, donde la lió parda junto a sus dos jueces de línea, Abbot y Costelo, perdón, Aguilar Rodríguez y Lamsfús Bartolomé. Pues bien, en cuanto el tema se puso un poco crudo, Pérez Burrull comenzó su recital, perfectamente secundado por sus asistentes. Leyes de la ventaja incomprensibles, faltas tontas, faltas increíbles y algún fuera de juego como para comer cerillas. Fue el caso del que señalaron a Llorente al filo del descanso, cuando se iba solo hacia la portería de Codina, sustituto ayer de Ustari, lesionado en el calentamiento. El delantero rojiblanco estaba casi un metro en posición reglamentaria. Un esperpento, vaya, que se fue recrudeciendo en la segunda parte con nuevas insensateces, hasta el punto de que, por primera vez en muchos años -uno, la verdad, no lo recuerda-, San Mamés se puso a insultar a coro al árbitro llamándole por sus dos apellidos.
Con valentía
Entre tanta estridencia, el Athletic apuntó buenos detalles. El mejor, su ambición tras el descanso. En el minuto 50, de hecho, Iraola estuvo a punto de hacer el 2-1 tras una buena combinación entre Llorente y Muniain, que había salido en la segunda parte por Gabilondo. La jugada, con un lateral en posiciones de gol estando su equipo con uno menos, lo dice todo sobre la valentía de los rojiblancos, que se mantuvieron muy firmes en defensa y merecieron el premio del segundo gol. Lo marcó Llorente de penalti -¡buena noticia!-, tras una barrabasada de Codina que terminó también con la expulsión de Torres por agarrar a Susaeta. San Mamés se disparó con una ventaja que presumía definitiva. Si con ventaja numérica el Getafe sólo había dado un par de sustos a través de Miku, malo sería que, en igualdad, hiciera algún destrozo. Lo acabó haciendo, sin embargo, a cuatro minutos del final, en un disparo de Pedro León que tocó en San José. Fue una pena, pero el fútbol tiene estas cosas y, en ocasiones, obliga a mirar más del resultado. A las buenas sensaciones que ofreció el Athletic, por ejemplo.
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