
Un empate a cero es un resultado poco glorioso y, sin embargo, en el Molinón pasaron muchas cosas interesantes. Creo que sería un error quedarnos tan sólo con el penalti fallado y con que se perdió una estupenda oportunidad de ganar. El Athletic fue mejor y el resultado tampoco es malo. Tuvo más ocasiones de gol, algunas bastante claras, y a medida que avanzaba el partido, su superioridad fue más evidente. Claro que fue una pena ese combate nulo ante un equipo que estuvo buena parte del tiempo contra las cuerdas, pero tampoco tiene mucho sentido decepcionarnos por no ganar siempre. No hemos perdido distancia con ninguno de los competidores y les hemos descontado un punto a dos de ellos. No sirve de nada pensar en dónde estaría el equipo de haber ganado. Quedémonos con las buenas sensaciones. Las sensaciones no son secundarias en el fútbol. Son indicios que señalan tendencias. Se nota cuando un equipo, como ahora le sucede al Athletic, tiene confianza en sí mismo. Si hubiera que poner algunos ejemplos, me quedo con el impulso de Toquero para ir al choque o al remate. Hubo dos entradas al remate en los que dobló en potencia y anticipación a sus adversarios. No se convirtieron en gol, pero esas acciones no sólo tienen valor en sí mismas sino también por la impresión que dejan. Seguramente imponen respeto. Otro ejemplo es Llorente, quien se las llevó casi todas, y cada día es más hábil en las dejadas, especialmente con el pecho, pero también con la cabeza y los pies. Y es inevitable citar a Gurpegui el otro hombre orquesta de este equipo, y una de sus referencias morales. Esta vez le tocó la banda derecha, una posición para especialistas, tras la lesión de Iraola, y el Sporting se puso a cargar el juego por ese lado. Entonces sucedió, como sucede en ocasiones en el frontón cuando se carga el juego sobre el rival teóricamente más débil, que éste se crece hasta convertirse en inexpugnable. Gurpegui está haciendo una gran temporada y su seriedad, su sobriedad, su tesón, su adaptabilidad, son un ejemplo para todos, para un equipo que intenta precisamente aprender a ser solvente y sereno.
Les hablaba de sensaciones. Conviene fijarse en las que el equipo provoca en los equipos contrarios. Al Athletic le han vuelto a coger respeto. Luego se gana, se pierde o se empata, eso es el juego, pero se lleva mucho camino andado cuando el equipo siente confianza en sí mismo y el rival sabe que no le va a resultar fácil sacar adelante el partido. Dio la impresión de que al Sporting, en ese sentido, nunca le pareció malo el empate y en cambio el Athletic, a partir de la primera media hora, fue por la victoria, por más que no lo hiciera de un modo desbocado, sino de esa otra manera mucho más organizada, aumentando paulatinamente la presión, apretando más y más las tuercas, como tantas veces hemos visto a esos potentes, sobrios y eficaces equipos europeos en los que están ahora ustedes pensando.
Hay otra sensación muy palpable en el fútbol, y es la que tienen los espectadores respecto de lo que sucedería si al árbitro se le parase el reloj. Me da la impresión de que los aficionados de uno y otro equipo hubieran pronosticado, en ese caso, una victoria del Athletic. Tal vez se estén planteando una objeción a esta teoría de las sensaciones, el penalti. Si el equipo está siendo cada vez más firme, si tiene mayor confianza, si madura los partidos hasta inclinarlos a su favor, cómo es posible que se sigan fallando tantos penaltis. En efecto, es una excepción en la tendencia, sobre la que conviene reflexionar, si bien se trata de una acción individual, no colectiva. Pero es cierto que en los equipos seguros de sí casi cualquier jugador, de los técnicos o de los potentes, estaría encantado por la ocasión de tirar los penaltis, con la convicción de que va a meterlos casi de cualquier manera. Termino con una pequeña consideración táctica. Me gustaría saber qué habría sucedido si el cambio de Toquero por Iker Muniain se hubiera producido veinte minutos antes. No le estoy quitando nada a Toquero, tal vez fue el mejor, pero para esas alturas, a veinte minutos del final, estaba visiblemente extenuado, y Muniain se las arregla habitualmente para tener alguna, especialmente cuando juega cerca del área. De hecho la tuvo, en cinco minutos. Se ha hablado mucho de la prudencia, pero tampoco conviene extremar las cautelas con un jugador que es muy bueno y que no se caracteriza precisamente por la timidez o el apocamiento, sino por las ganas de comerse el mundo.
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