Fue el mejor futbolista del Athletic, sin duda. Llevaba un par de encuentros sin jugar como titular en los partidos como visitante de la competición doméstica y se reivindicó una vez más. Toquero no para mientras el balón esté en juego. Luchó, corrió, defendió y atacó. Incluso provocó el penalti tras robar el balón en una jugada de pillo. El vitoriano lo dio todo pero su equipo no consiguió más que un punto. Es igual que a lo largo de la semana hubiera arrastrado una sobrecarga en los gemelos del derroche frente al Valladolid -partido en el que consiguió dos tantos-. Dejó claro que se había recuperado de sobra. Porque él no sabe jugar de otra forma. Su cabeza no entiende de reservarse para determinados momentos. Por eso corrió tanto para recuperar balones como para atacar. Al final, como es comprensible tuvo que ceder al cansancio. Miró al banquillo, levantó los brazos y dijo que no podía más. Era el minuto 90.
Los aficionados rojiblancos presentes en el estadio le rindieron una gran ovación agradeciendo su esfuerzo. Atraviesa por un buen momento de forma y se entrega. De eso no hay duda. Para nadie.
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