Su acordado romance era, desde hace ya un tiempo, poco menos que un secreto a voces. Sólo faltaba el 'atrezzo' deportivo idóneo para escenificar públicamente el 'Sí quiero'. Y ayer llegó ese momento. Debo confesar que siempre aposté por su adiós. Fundamentalmente por dos razones. La primera y primordial porque, tras la notable trayectoria liguera en la presente temporada y, sobremanera, tras la inolvidable final de Copa -el mejor regalo de emoción y orgullo en los últimos 25 años-, presiento que lo mejor ya ha llegado con el actual técnico en el banquillo.
Y la segunda -más como una maquiavélica prueba del nueve- porque, sin considerarme un ferviente defensor de Caparrós, me hubiese encantado comprobar hasta dónde hubiera llegado otro técnico con los recursos de la actual plantilla, al parecer de algunos tan mal aprovechados. Aun con todo no quisiera acabar sin felicitarle por una renovación que deportivamente se ha ganado con mayúsculas. Su propuesta gustará más o menos pero hay una realidad incontestable: los números. Ese juez infalible que no entiende de filias ni fobias. Y mucho menos del subjetivismo del placer.
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