
A Joaquín Caparrós (Utrera, 1955) le importa un rábano cómo; con la tripa, de tacón, atacando, defendiendo, con la uña, en fuera de juego, con la mano, colgándose del palo, en propia puerta. Lo que le interesa es el producto final -léase el marcador- y el proceso de cómo transformarlo en favorable es un mal (in)necesario que debe estar al servicio de su verbo preferido: ganar. El técnico sevillano, un hombre que ha consagrado su vida a los banquillos, nervioso y visceral, explosivo en la línea de cal y amable y educado vestido de 'civil', continuará un año más al frente del Athletic convencido de que el fútbol lo gobiernan los resultados, no el juego. Un superviviente con mayúsculas hecho a sí mismo, que empezó desde el escalón más bajo hasta colocarse bajo los focos de Primera. Por eso, asegura, ya lo ha vivido todo y no hay nada que le dé miedo. Quizás sólo el cielo.
Caparrós dejó su puesto de funcionario en un pueblo de Cuenca para ser entrenador. Lo tenía claro. Se lo pedía el cuerpo. Nunca se le olvida su padre, su jugador número doce, que le hizo amar al Sevilla por encima de todas las cosas. Suele contar que, de pequeño, iban los dos al Sánchez Pizjuán y disfrutaban con unos colores que siguen estando en su corazón. «Se puede cambiar de partido político, de periódico y hasta de religión, pero jamás de equipo», llegó a proclamar en más de una ocasión. Su carrera como futbolista no dio para mucho y se centró en los banquillos. Los comienzos fueron duros, sin dinero, en los campos de categorías regional y Tercera, que le enseñaron lo más genuino de un deporte injusto y bello como la vida misma.
Cuando vienen las mal dadas tira de la memoria. Es impulsivo, impaciente y supersticioso. Aunque lo niegue, los malos resultados a punto estuvieron de costarle el puesto en su segunda temporada en el Athletic. En una semana crucial para su futuro en el banco de San Mamés, con el Numancia vestido de juez, exhibió ante la Prensa las cicatrices que le ha dejado la profesión. Como el guerrero curtido en mil batallas sin miedo a morir. Recordó que, en sus comienzos, tenía que conducir cientos de kilómetros para poder entrenar y que en una ocasión nevaba tanto que se vio obligado a quitar la nieve de los cristales de su coche con la mano porque los parabrisas dejaron de funcionar. Una perfecta alegoría de su personalidad, mensajes que calan en cierto sector del público y, por otro lado, fidelidad a una idea que lleva hasta las últimas consecuencias. Por cierto, Llorente resolvió aquella 'final' con dos goles.
Nada más llegar al Athletic de la mano de Fernando García Macua, hombre que le ha apoyado siempre, incluso cuando varios miembros de la junta pedían su cabeza, Caparrós se interesó por los productos de Lezama. Es un entrenador que apuesta por la juventud y que no duda en hacer debutar a niños de dieciséis o diecisiete años si ve algo especial en ellos. Lo puso en práctica en el Sevilla con los Reyes, Ramos, Gallardo, Capel y Navas, entre otros, y en Bilbao se fijó en Susaeta, primero, y Muniain después. Dos jugadores que han logrado hacerse con un puesto en la primera plantilla y juegan con regularidad. Claro que ha habido otros, estrellas fugaces de corta duración. El técnico ha hecho debutar a doce canteranos -otra cosa es que algunos no han trascendido más allá de la anécdota- y ha abierto las puertas de Primera a un total de 19 futbolistas. Ahí están Toquero y Koikili, aún dando las gracias.
Claro que el 'método Caparrós' puede llegar a desesperar. Le encanta la pillería, la picaresca -¿se acuerdan cuando quiso estrechar el campo de San Mamés días antes de la llegada del Espanyol de Valverde?- y el estilo de juego le da lo mismo mientras se consigan los resultados. Es un técnico poco dado a conversar con los jugadores, lo delega en su segundo, Luciano Martín, y es muy exigente con sus ayudantes. Demanda información de manera constante y la quiere para ayer. Para ya. Y se la tienen que dar. Luego está su vena motivadora, muy pronunciada, y en más de una ocasión ha llegado a empapelar el vestuario con los recortes de prensa para subir la adrenalina a sus hombres. Lo vive todo con intensidad y quiere que los que viajan con él le sigan con igual entusiasmo.
Educado en trato
La manera en la que hace jugar al Athletic, reservón y con poca querencia de la pelota, la propuesta basada en el físico y el estado de ánimo, le ha granjeado más de un crítica. Y es en este punto donde ha demostrado un encaje y una profesionalidad altísimas. En contadas ocasiones dice una palabra más alta que otra y siempre se muestra respetuoso con las opiniones ajenas, por muy contrarias que sean a su forma de entender el fútbol. Es consciente de que los 'palos' también están presupuestados en su nómina, que se verá incrementada a partir de la próxima campaña. Acude con puntualidad a los actos programados por el club y, en estos tres años que lleva en Bilbao, nunca se le ha oído hablar mal de nadie. Los problemas con los jugadores -que los ha tenido- siempre los ha tratado de puertas para dentro.
Dicen sus allegados que fuera del terreno de juego se transforma en otra persona. Más pausada, más tranquila. Tiene mucho sentido del humor, le gusta bromear durante las cenas y las comidas e incluso intenta cantar flamenco. Aseguran que no lee nada de fútbol, que devora libros de psicología -para mejorar su faceta de director de grupo- y que está atento a la economía, política y asuntos sociales. Siempre que puede hace una escapada a su tierra para visitar a la familia y, además, es el mejor 'marchante' de su hijo Adrián, que es pintor. Pero su vida es el fútbol, gira en torno al fútbol y lo vive con la pasión y la intensidad de un adolescente. Una profesión en la que, según el propio Caparrós, «se pasa de puta a monja en cinco minutos». Lo dictan los resultados, el marcador, el maldito marcador.
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