
Era un niño cuando vino a mi pueblo la mujer de hierro, Linda Baker, pequeñita y musculosa pero bien proporcionada, con bañador de lentejuelas y una fuerza descomunal. Rompía quíntuples barajas con un gesto sencillo de las manos, dejaba que le pasara por encima un automóvil de aquellos antiguos, contrarrestaba, tirando de una soga con los dientes, el arranque de un motocarro, que no se movía del sitio por más que acelerara el conductor. Han pasado unos cuantos años desde entonces, mejor no entrar en detalles. No sé qué habrá sido de Linda Baker, pero el domingo me acordé de ella y de nuestras miradas neorrealistas e impresionables de entonces, viendo las carreras de Toquero, Iron Man, el hombre de hierro del Athletic de Bilbao. A Toquero le dan pelotazos y se levanta al momento, como si fuera de goma, se le sube la bola, ahora se dice el gemelo, y se le pasa en seguida, sin toda aquella parafernalia de piernas estiradas, un compañero debajo, otro sujetando las botas por los tacos hasta que los músculos volvían a su ser...
Seguí el partido por la tele, en la grada Kop del bar Drake, rodeado de amigos. Se lo cuento para que sepan que no nos quedó más remedio que enfadarnos hasta la carcajada con los comentarios del speaker televisivo y de su asesor. En el primer tiempo el Athletic metió dos goles, y tuvo otras dos o tres ocasiones más, y el Valladolid no tiró a puerta una sola vez. Pues bien, el speaker y el experto que le acompañaba se pusieron de acuerdo para asegurar que «futbolísticamente hablando, si no hubiera porterías (sic), el Valladolid había sido durante toda la primera parte técnicamente superior». Sucede que este bendito deporte tiene porterías, y el juego consiste precisamente en meter el balón en su interior. Pero aún hubo más. El acompañante exégeta dijo literalmente que Toquero, el autor de los dos goles, tenía muchos detractores en Bilbao, que dudaban de sus condiciones técnicas. Y eso sí que no. Toquero, en Bilbao, carece de detractores. No sólo no tiene detractores sino que es uno de los futbolistas más queridos de la afición, que conoce su historia de jugador calvo que vino con el Sestao, y Caparrós dijo que era una pena que fuera tan mayor, y entonces, alguno de esos eruditos que siguen las ligas de primera, de segunda y de segunda B le sopló a Caparrós que Toquero era más joven de lo que parecía, y entonces el entrenador, que nadie le quite ese mérito, se empeñó en su contratación. Caparrós puede caer mejor o peor, eso es libre, parte del peaje que pagan los personajes públicos, pero nadie le va a negar su mérito en el fichaje y la continuidad de Toquero, un tipo tan humilde, a su vez, que nunca pensó en regatear en la prórroga de su contrato, dejando a criterio del club la cláusula de rescisión, diciendo que sería un disparate pensar que otro equipo estuviera dispuesto a pagar tanto para contratarlo. Toquero es el Iron Man del Athletic, un estímulo para sus compañeros y uno de los jugadores más queridos de la afición, un jugador ejemplar en cuyo espejo pueden mirarse los niños y los adultos. Y mucho mejor futbolista de lo que suele decirse. Le dan barrenazos cuando está tendido en el suelo y se levanta como si no se hubiera dado cuenta, presiona, cae a las bandas, centra bien con las dos piernas, permanece a la expectativa de las prolongaciones de Llorente, es delantero, centrocampista o defensa, según toque, está atento a los saques de esquina, a favor y en contra, y a veces mete goles como los que le metió al Valladolid, ese equipo tan bien dotado, según los estupendos visionarios de la televisión, que llevó la iniciativa y fue superior técnicamente, y habría ganado si en el fútbol no hubiera porterías, es decir, si el fútbol fuera otra cosa.
Parece que Caparrós ha renovado, con cuarenta puntos y a falta de trece partidos para el final de la temporada, con el Athletic a un punto de la Liga Europa y a tres de la Champions League. Hay aficionados y comentaristas que esperan que su equipo les dé mayores satisfacciones aún, y todos nos apuntamos a eso, cómo no, pero quienes tenemos alguna edad, tanta como para recordar a Linda Baker cuando estaba en plena forma, nos sentimos agradecidos a tipos como Toquero y Caparrós, que tal vez no sean unos genios, pero el equipo estaba donde estaba y ahora mismo está donde los números, esos comentaristas infalibles, dicen que está. Vinieron jugadores que nadie esperaba, prometedores chicos jóvenes y meritorios del fútbol de bronce que cambiaron el rumbo general. Seguro que todos los aficionados, incluidos los perfeccionistas, no tendríamos inconveniente en estar cada temporada, a estas alturas, en una situación similar. Al menos mientras se juegue al fútbol con porterías.
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