
Decía Churchill que de las derrotas hablase el enemigo. Es una buena recomendación para mantener el ánimo de la tropa, pero eso no significa olvidarlas. Por el contrario, parece sensato analizar en qué fueron superiores los rivales, dónde nos equivocamos. El Athletic se presentó en Sevilla después de dos partidos contrapuestos, cuatro a uno y cero a cuatro. Con esos antecedentes, el empate se diría un resultado mejor que simétrico, considerando que el Sevilla es superior a los otros dos. El meneo al Tenerife nos lo devolvió cumplidamente el Anderlecht, ya fuera por un exceso de responsabilidad, por la tensión extradeportiva, porque tocó la caraja o porque extrañamente nos presentamos en el partido más importante del año más desguarnecidos que de costumbre. Hay en el fútbol cierta condescendencia de monjita guitarrera. Un futbolista da un mal pase, y el compañero que lo sufre sonríe y aplaude, levanta el pulgar, agradece el melón creyendo que ayuda aplaudiendo una torpeza. No digo yo que deban extremarse los reproches, ni en el campo, ni en la grada, ni en la prensa, pero tampoco conviene pasarse de comprensivos, y menos ser condescendientes. La condescendencia es una variante de la falta de confianza. El Athletic se despidió de la Liga Europa recibiendo una tunda de un equipo que tampoco es lo nunca visto.
No parece que haya ocho goles de diferencia entre el Tenerife y el Anderlecht. Salen partidos así, ya lo sabemos, pero tampoco hay que aceptar las derrotas como si fueran el resultado de una inexplicable fatalidad.
No estoy de acuerdo con la idea tan extendida de que Caparrós sea tan previsible. Yo no acabo de entender su disposición de las cautelas, que mantiene incluso en superioridad numérica, ante el Sevilla, y en cambio renuncia a ellas en el partido más importante de la temporada. En Bruselas se vio muy pronto que el medio campo hacía aguas, en especial por las bandas, sin que en ningún momento se apuntase alguna capacidad de reacción. Dice Guardiola que sus jugadores le oyen más en el descanso cuando van ganando que cuando van perdiendo, porque cuando pierden bastante se lo reprochan ellos. Tal vez Guardiola sea un monje zen, pero Caparrós no lo es, desde luego. Tampoco alguien tan fácil de clasificar como se pretende. Parece un entusiasta de la seriedad táctica, y en cambio a veces, él también, como a menudo sus jugadores, se mueve por impulsos. No sé qué es más contradictorio, presentarse en Bruselas a un intercambio de golpes en el que nos las dieron todas, como se vio desde el principio que iba a suceder, sin que supiéramos reaccionar adecuadamente, cuando la eliminatoria, a fin de cuentas, estaba igualada y cualquiera hubiera entendido que se tomaran precauciones similares a las habituales, o conformarse en Sevilla con un empate, empeñarse en la contención ante un equipo con uno menos. Tal vez una cosa tenga que ver con la otra, tal vez Caparrós consideró prioritario, tras la derrota en Bruselas, no volver a Bilbao de nuevo derrotados, aunque fuera renunciando a la opción de victoria. Sorprende que quien se ha negado a hablar de objetivos durante toda la temporada, se ponga de pronto a hablar de la Champions, que quien sale a jugarle al Anderlecht con un equipo que en seguida mostró una fragilidad a la que no se le supo encontrar remedio, volviera a acorazarse en Sevilla incluso con superioridad numérica con un equipo que siguió pegando pelotazos cuando el cansancio, unido a la desigualdad de fuerzas, reclamaban sosiego y toque, a la vista de los huecos que se iban abriendo.
Es bueno un empate en Sevilla, sobre todo si nos lo dan a firmar el día anterior. También puede entenderse la eliminación de la Liga Europa, aunque nunca debemos resignarnos a que sea de ese modo. El Athletic tiene diversas alternativas de juego, que se resumen en dos, el equipo pegajoso, aplicado en el cierre, que suele ser, y el equipo más alegre y creativo que alguna vez aparece. El problema es que se atasca en la transformación de una cosa en otra. Da la impresión de que se enreda en el cambio de estilo, traza la maniobra con gran lentitud, se lía con el nuevo despliegue de las velas cuando no queda otro remedio que cambiar su disposición porque la fuerza y la dirección del viento han cambiado. Pero bueno, seamos positivos, anotemos la vuelta de Gorka a su altura, las notables mejorías de Castillo y De Marcos, la fiabilidad de Iturraspe. Pensemos, si no en la Champions todavía, al menos en volver a la Liga Europa.
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