
Durante la semana se habló del dificilísimo partido ante el Xerez, que es colista con 11 puntos. Se recordó cuántas veces un colista nos mojó la oreja en San Mamés, y fueron varias en los últimos años. Pero bueno, ¿no habíamos quedado en que esta temporada era la del definitivo olvido de los años en los que vivimos el fútbol peligrosamente? Tal vez uno de los problemas de los futbolistas y los entrenadores en el fútbol moderno sean las comparecencias obligatorias. Nadie está ingenioso cada semana, naturalmente, pero hay semanas en las que llama la atención la sintonía en los mensajes gallináceos. «El partido ante el Xerez es un partido trampa». Qué cosas. Con tanta insistencia, llegué a temer que la profecía se autocumpliera, ya saben de lo que les hablo, aquel experimento de psicología social en el que los expertos diagnosticaron, tras exhaustivos análisis, que determinados niños serían brillantes estudiantes. Y sucedió. Los niños señalados demostraron a lo largo de los años que los expertos habían acertado, fueron los mejores estudiantes de sus cursos. Sólo tras la demostración del teorema, los psicólogos confesaron, años después, que había en el experimento otro experimento secreto, y era que no habían hecho caso de los datos y eligieron a los niños al azar. Seguramente los profesores, los padres, los compañeros, les dijeron con la mirada a esos estudiantes seleccionados que esperaban mucho de ellos, y ellos se esforzaron para demostrar que tenían razón quienes les miraban de ese modo, y así sucesivamente. Estuve todo el partido ante el Xerez temiendo que, de tanto temerle, el Xerez fuera un equipo temible. Con tanto decir que era un equipo difícil, el Xerez pondría todo el empeño en demostrar que el diagnóstico era acertado y la profecía podría autocumplirse. Al final no sucedió, pero estaría bien que alguien reflexionara sobre el subidón que debió de darle al Xerez tanto temor y tanto reconocimiento.
Una cosa es tenerle respeto al Xerez, porque todos los jugadores y todos los equipos merecen respeto, faltaría más, y porque es verdad que cualquier equipo te puede dar un susto, y otra exagerar las precauciones. Es como ese supersticioso temor a decir que el Athletic en esta temporada va a pelear por Europa. Pues claro que va a hacerlo, debe hacerlo, se diga o no se diga. Luego, las cosas salen o no, pero seguramente es más estimulante, y más eficaz, tener altos objetivos que otros más mediocres. Una cosa son las ínfulas y otra las legítimas aspiraciones. Verbalizar una ilusión no supone gafarla. Al revés, las ilusiones razonables pueden convertirse en profecías autocumplidas. Si no se cumplen, que no sea por no haberlo intentado.
Ante el Xerez no sólo se dieron prevenciones verbales, también prevenciones tácticas. El trivote que ha sido tan práctico ante los equipos grandes o jugando fuera de casa, resultó una armadura lenta y pesada. Se ganó cuando el partido fue un correcalles con escasas prevenciones tácticas, cuando se confió en que los jugadores con más clase, como Susaeta y Llorente, desnivelarían la balanza. «Lo que son las cosas -me dijo un amigo -. Con lo mal que ha estado Llorente&hellip» Y él mismo sonrió sin terminar la frase, consciente de la paradoja que estaba a punto de perpetrar. «Ya podría estar así de mal todos los domingos», convinimos.
Decíamos la semana pasada que era una pena que Iker Muniain hubiera perdido presencia en el equipo. En las previas del partido se argumentó sobre la conveniencia de que los jugadores jóvenes no pierdan la humildad. Puede ser, pero sin renunciar por ello al vuelo más alto del que sean capaces. Como Llorente, Iker no tuvo ante el Xerez su mejor día pero metió un gol y por momentos armó el lío. Y hablando de líos, debería evitar meterse en tantos. Recibió una tarjeta por fingimiento. A mí no me gusta verlo caer fulminado incluso cuando nadie le toca, como en el caso de la tarjeta, ver que sus compañeros se meten en broncas para defenderlo, especialmente cuando nadie le ha hecho nada. Ignoro si alguien le ríe esas gracias. Sería una pena. Si el discurso de la nobleza y el buen estilo le pareciera blando, hay otro aparentemente más práctico que conduce al mismo sitio. En cuanto los árbitros le pongan la etiqueta de piscinero, dejarán de pitar las faltas más flagrantes y, lo que es peor, más lesivas, pensando que son teatrales. Será entonces cuando, en una versión futbolística del cuento de 'Pedro y el lobo', se abrirá la veda y empezará a correr de verdad los riesgos más serios.
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