
Hubo que esperar al minuto 86 para que Fernando Llorente deshiciera el embrollo y el Athletic, tras una de sus habituales riñonadas, colgando balones a troche y moche sobre el área de Renan, remontase con bastante fortuna un partido que se le puso muy negro en la primera parte, cuando se dejó superar por un Xerez más que digno. La victoria fue muy celebrada por los rojiblancos y hay que entenderlo. Aparte de que los tres puntos vienen de perlas para continuar en la planta noble de la clasificación, a nadie se le escapa que un empate o una derrota ante el colista, unida a los malos resultados obtenidos en las dos últimas salidas, hubieran extendido una preocupante sensación de incertidumbre. Y ya se sabe que no hay nada peor que las dudas para los equipos que, como sucede con el Athletic de Caparrós, han hecho de la pelea, de los mandobles y las estocadas, su forma de vida.
El partido fue todo lo contrario de lo que pareció que iba a ser cuando Muniain, titular ayer en sustitución de Fran Yeste, adelantó al Athletic a los dos minutos de juego. En su primera llegada al área, los rojiblancos sacaron petróleo. Toquero dibujó un centro magnífico al segundo palo y allí apareció el joven de La Chantrea para picar el balón al fondo de la portería, libre de marca. Tras el 1-0, sucedió lo inevitable: la mayoría de los aficionados presentes en San Mamés se hizo ilusiones. Imaginó goles, fútbol y diversión, una de esas tardes de fiesta por las que siente tanta nostalgia. Se trataba de una reacción lógica, ya que esa esperanza de disfrute estaba basada en unas premisas sólidas. Éstas se podrían resumir en una pregunta: si estando con ventaja en el marcador, jugando delante de tu público ante el peor equipo de la Liga y disfrutando de una posición más que desahogada en la tabla el equipo no se da una alegría, ¿cuándo se la va a dar?
Bastaron unos pocos minutos para comprender que la respuesta es nunca. De este equipo, que ya ha interiorizado hasta el tuétano el sentido trágico del fútbol de su técnico, se pueden esperar otras cosas: sacrificio, afán, tesón, coraje, garra y una insuperable capacidad para la agonía. Gracias a estas virtudes remontó ayer al Xerez y suma ya 33 puntos, a tan sólo 4 de la 'Champions'. Las celebraciones, pues, deben ir por ese lado, por la vía pragmática. Se trata de aplaudir al mirar la tabla como el tío Gilito al contar las monedas. Lo del buen fútbol no pasa de ser una ensoñación bastante ingenua. Paparruchas. Se vio ayer, muy pronto. Lejos de mejorar, el juego del Athletic se fue espesando durante toda la primera parte. Abusando de los pelotazos, el equipo no encontró la forma de prosperar.
Sin bandas
Las bandas, que siempre son el mejor termómetro para calibrar el juego del Athletic, eran un erial. En ambos costados tenían problemas los rojiblancos. Por la izquierda, Castillo volvió a decepcionar, dejando de nuevo la impresión de que el equipo no ha ganado nada con su llegada y la marcha de Balenziaga. Es más, parece que ha perdido bastante. Muniain, por su parte, poco tenía que hacer viendo volar balones. Sólo cuando el cuero comenzó a bajar al suelo en la segunda mitad pudo dejar algunos detalles. Por la derecha, la cosa tampoco pintaba bien. Gurpegui, tan valioso para dar consistencia al equipo cuando se mueve más cerca de los medios centros o se dedica a tapar la banda lejos de San Mamés, jugaba ayer muy pegado a la raya de cal. Demasiado. Ello hizo inevitable que el público se acordara de Susaeta, al que Caparrós dejó en el banquillo.
El centrocampista eibarrés salió tras el descanso y, aunque sus prestaciones tampoco fueran como para echar cohetes, lo cierto es que no pudo estar más enchufado y participó en los dos goles que hicieron posible la remontada. Sólo por ello se puede decir que fue clave en el partido. Lo mismo que Llorente, otro que tampoco tuvo una tarde muy afortunada pero acabó dejando el sello de los grandes delanteros: los dos únicos buenos balones que recibió, los embocó; el primero de cabeza, en el minuto 64, y el segundo, a cuatro minutos del final, metiendo el pie en un centro-chut.
Los dos goles fueron un castigo excesivo para el Xerez de Gorosito, que hizo méritos para llevarse un empate. Lejos de dar la impresión de estar casi desahuciados, los andaluces parecieron un grupo animoso y con todo el futuro por delante. Su respuesta al rejón que recibieron en el minuto 2 no pudo ser más digna. Mantuvieron la compostura y esperaron sus oportunidades. La primera llegó en el minuto 8, cuando a Mario Bermejo se le quedó corta una vaselina sobre Iraizoz. El ex rojiblanco, que quiso reivindicarse en San Mamés, se resarciría poco antes del descanso, al culminar muy bien un contragolpe de Momo nacido en una pérdida de balón de Muniain. Mucho antes, Moreno había logrado el empate con una volea soberbia desde fuera del área. Fue lo mejor del partido, sin duda.
Al abordaje
El problema de los jerezanos es que no les llegó para hacer el tercer gol en alguno de los dos o tres contragolpes que dibujaron en la segunda parte -en el descuento, Alustiza estuvo a punto de hacer el empate-, ni tampoco para salir indemnes del abordaje rojiblanco. Seguro que Gorosito quedó impresionado de la capacidad del Athletic para meter centros en el área, de su tremenda insistencia. Y no importaba que el equipo, con los cambios, acabara siendo una cosa irreconocible y un punto dislocada, con Toquero en la medular, Díaz de Cerio arriba, y Susaeta y Muniain picoteando por donde podían. Daba lo mismo. Había sonado la corneta -o el grito de guerra- y los rojiblancos se deslomaban poniendo cerco a la portería de Renan. Salvo algunas jugadas aisladas por el flanco derecho, el juego fue bastante impreciso. Al final, sin embargo, fue suficiente.
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