
Los pícaros se salieron con la suya. Fernando Lamikiz (Busturia, 50 años) era el presidente del Athletic en la última visita a Viena de los rojiblancos, en 2005, cuando el cuadro dirigido entonces por Ernesto Valverde se vio obligado a viajar en dos ocasiones para medirse al Austria; el partido del 16 de febrero fue suspendido a causa de una capa de nieve y hielo de cinco centímetros que dejó impracticable el terreno.
El abogado narra multitud de detalles de aquella eliminatoria perdida, que en muchos ámbitos fue considerada el inicio del hundimiento de su directiva. Lamikiz explica los trucos que emplearon los dirigentes y técnicos locales, y concluye: «El asunto se les escapó de las manos. Quisieron jugar al límite y les salió mal. Al final no les dio tiempo a solucionar el problema».
EL CORREO advirtió el martes 15 de febrero (un día antes del encuentro) que el duelo podía suspenderse. Un enviado especial de este diario accedió al estadio Ernst Happel (antiguo Prater) y constató que los jardineros trabajaban a contrarreloj para retirar una «placa de hielo de cinco centímetros». Como pasa con todas las noticias inesperadas, hubo muchos que la recibieron con incredulidad, aunque los hechos demostraron que la advertencia de este diario de que «el partido corre serio riesgo de suspenderse» estaba fundamentada.
La víspera del partido el Athletic puso pie en Viena. «Hacía frío, pero lo que caía era aguanieve». Y el club envió inmediatamente un emisario a ver el estado del césped. En el entrenamiento (20.30 horas) los jugadores se dieron cuenta de que allí sería muy difícil jugar. Pero el Austria mantuvo el pulso. «En la cena oficial les dijimos que estábamos muy preocupados, pero ellos estaban muy tranquilos. 'Se juega seguro', garantizaron».
Dado que los vieneses, que no tenían calefacción bajo el césped, están acostumbrados a estos escenarios, Lamikiz daba por hecho que solucionarían el problema. Es un gran admirador de la cultura germana. Tras licenciarse en Derecho en Deusto completó sus estudios en Múnich, donde aprendió alemán y se hizo socio del Bayern. Pero todo el nivel de eficiencia que esperaba según su experiencia vital quedó en nada. El Austria cayó en la negligencia organizativa.
Lamikiz salió de la cena, vio nevar de foma copiosa y decidió presentarse en la reunión organizativa de la UEFA, convocada a las diez de la mañana y a la que los presidentes de los clubes no son invitados. «El campo estaba hecho una piedra y empezaron las discusiones. Ellos insistían en que se podía jugar; nosotros, que no». Llegaron a un pacto. Nueva cumbre a las 13.00 horas, ya con el árbitro, el israelí Alon Yefet, en el Prater.
Reuniones y más reuniones
Pero el colegiado no era un tipo de los que toman una decisión a la ligera. Consciente de que a sus jefes de la UEFA no hay nada que menos les agrade que un partido suspendido, convocó una nueva cita a las 17.00 horas. El pitido inicial, previsto para las 20.45, se acercaba y Lamikiz ya estaba 'harto' de pedir la suspensión sin lograrlo todavía.
El israelí necesitó una nueva cumbre, una hora antes del partido. Para entonces, Lamikiz ya tenía la consigna de Valverde de no jugar bajo ninguna circunstancia. En un campo helado, las rodillas de los jugadores corrían peligro en los giros. «Llegué un momento antes de la reunión de las 19.45 y por primera vez en el día vimos gente intentando retirar la nieve. Era un paripé porque no había manera de sacar el hielo».
A las ocho, el árbitro, como si tal cosa, salió a calentar. Nada más pisar el césped patinó y se pagó una costalada tremenda. El letrado vizcaíno siempre ha sido un hombre de decisiones impulsivas. Vio su oportunidad y la aprovechó. «Vamos a hacer una prueba sencilla. Dejamos caer un destornillador desde la altura de un hombro. Si se clava, está para jugar. Si no, no», propuso. La herramienta salió despedida. «El árbitro se convenció y comprendió que no se podía jugar», aunque el delegado de la UEFA y el entrenador del Austria insistieron.
Poco después de las 20.00 horas, la megafonía del estadio anunció la suspensión. A los hinchas rojiblancos la noticia les cogió fuera. Su enfado era monumental. Habían pagado cerca de 1.000 euros por el viaje, se quedaban sin encuentro y, para colmo, la Policía austriaca tuvo un trato muy desconsiderado con ellos. «Les hicieron bajarse de los autobuses a un kilómetro del campo, les obligaron a andar entre nieve y cuando llegaron al estadio les negaron el acceso».
Incidentes
El asunto derivó en incidentes en las inmediaciones del campo y con la intervención de agentes antidisturbios. Lanzamiento de botes de humo y algunas pequeñas cargas solventaron las algaradas. Unos 5.000 rojiblancos se habían desplazado a Viena. Pensaban que habían sufrido el mayor chasco del mundo. Pero la desgracia no había acabado. La semana siguiente se jugó por fin, con 0-0. En la vuelta el Athletic se adelantó por medio de Yeste, pero el Austria dio la vuelta al marcador y ganó 1-2. Ni siquiera el fútbol pudo reconfortar a los aficionados vizcaínos. El desplazamiento a la encantadora Viena acabó convertido en pesadilla.
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