
El Athletic recibió anoche, ante el Barça tricampeón, verdugo suyo y de tantos otros, lo que podría considerarse un premio al mérito laboral. Fue sólo un punto, pero fue de los que cimentan la moral de un equipo cuyo espíritu de combate está fuera de toda duda. Un gol de Toquero igualó una contienda que al equipo de Guardiola se le escapó en la primera parte, cuando perdonó a los de Caparrós, dejándoles vivos y coleando para una segunda parte intensa, llena de fragor. San Mamés despidió a los suyos a lo grande y con razón. Bien mirado, habían hecho una hombrada.
El Athletic salió ayer con traje nuevo. Caparrós quiso llenar el centro del campo y, por una vez, decidió jugar con un solo delantero, Se trataba, por supuesto, de Llorente, al que Susaeta acompañaba como media punta. Gurpegui primero y, a partir del minuto 20, Orbaiz ocuparon la banda derecha. La cuestión, no hace falta decirlo, era dificultar la exquisita circulación del Barça por el viejo método de espesar el tráfico en el centro del campo. La apuesta tenía contraindicaciones evidentes, sobre todo si se tiene en cuenta lo replegado que iba a jugar el Athletic. Sin posibilidad de sorprender por las bandas, el juego ofensivo de los rojiblancos se reducía a hilvanar un contragolpe de 40 metros, una especialidad para la que este equipo no está precisamente dotado.
No es extraño, pues, que el Athletic se pasara casi 40 minutos mirándose las costuras y sin rondar la portería de Valdés. Lo hizo al final de la primera parte, cuando el Barça comenzó a sufrir las dentelladas de Gurpegui por el centro, bajó el pistón y el equipo se fue hacia arriba sin mirar atrás. A las bravas, con el viejo lema de 'Que sea lo que Dios quiera' en el estandarte. Fue durante ese breve arrebato cuando Javi Martínez, en la última jugada antes del descanso, tuvo el 1-0 en su cabeza. Solo delante del portero culé, con toda la portería a su merced, el navarro le dio con la oreja. San Mamés hizo cuentas, comprendió que una ocasión así iba a ser complicadísimo que se repitiera y se tiró de los pelos con toda la razón del mundo. Guardiola se fue suspirando a vestuarios, quizá recordando lo ocurrido en el partido de ida de la Supercopa, cuando el Athletic también aprovechó la desatención de su equipo en la recta final del primer tiempo para ponerse 1-0 con un gol de De Marcos.
Hubiera sido casi un milagro, por otra parte, que el equipo de Caparrós se pusiera en ventaja ante un Barcelona que recitó un monólogo estupendo durante más de media hora. Hasta que perdió el hilo, podría decirse. En su versión habitual, el equipo de Guardiola sacó el péndulo desde el minuto uno y se puso a moverlo, dejando al Athletic durante un buen rato al borde de la hipnosis. Su fútbol tuvo momentos sublimes, de esos que resulta imposible no admirar, aunque quizá le sobró un poco de retórica. Entre eso y la mala suerte, el caso es que el Barcelona desperdició tres o cuatro ocasiones claras para marcar. La mayor de todas, una de Messi al cuarto de hora. El argentino se plantó solo delante de Iraizoz y le dio al muñeco, algo extraño en él.
De modo que, al descanso, había partido, lo que no dejaba de ser una magnífica noticia desde la perspectiva del Athletic. Eso sí, había que continuar remando y había que hacerlo de una forma equilibrada, sin venirse abajo a partir del minuto 70, extenuado, como tantas veces le ha ocurrido al equipo bilbaíno. Y es que, ante el Barça, tomarse un respiro es morir.
Ración de épica
El partido, sin embargo, pronto cambió de rumbo. En ocho minutos, concretamente. Lo que tardó Xavi en encontrar a ese portento llamado Alves entrando con el cuchillo en el área por su costado. El gol del Barça provocó la segunda apuesta de la noche por parte de Caparrós. Ya no había nada que defender. Las consignas de la pizarra eran inútiles. El traje no servía. De modo que sacó a Toquero en lugar de Orbaiz. Tocaba, por tanto, una ración de épica que podía deparar cualquier cosa. San Mamés se encendió con la entrada del aguerrido vitoriano, uno de los mejores intérpretes del fútbol en su versión visceral, jugado a toque de corneta. Todo un símbolo de este Athletic. Pues bien, cuando sólo llevaba siete minutos en el campo, Toquero se encontró un balón de oro tras una prolongación afortunada de Llorente y acertó a fusilar a Valdés. El gol provocó unos segundos de éxtasis, pero nadie se olvidó de que todavía había que seguir sufriendo.
El Athletic lo hizo con un empeño descomunal. A este equipo se le podrán criticar muchas cosas. No, desde luego, la actitud, siempre inmejorable. El trabajo de los pupilos de Caparrós no pudo ser ni más intenso ni más ceñudo. Había muchos frentes que atender y la exigencia era descomunal, pese a que el Barça no acababa de tocar con la excelencia de la primera parte. Xavi, incluso, llegó a perder algún balón, lo que siempre es noticia. A tope hasta el final, los rojiblancos tuvieron su premio. La verdad es que, a su modo, se lo ganaron.
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