
«Les tenemos ganas», avisó Joaquín Caparrós en la víspera. Si algo espolea a los rojiblancos es el deseo de darle un revolcón al Barcelona, que le ha ganado las dos únicas finales en las que los rojiblancos han asomado el morro en los últimos 25 años -Copa y Supercopa-. Para el utrerano ha resultado además desalentador su balance con los azulgrana: Guardiola le ha derrotado en los cinco partidos en los que se han medido y su estadística como entrenador contra los catalanes es casi más decepcionante, sólo un triunfo en veinte partidos, incluido el de anoche.
Con estos recuerdos en su mente, Caparrós decidió barajar sus cartas. Desde el inicio de la semana se barruntaba en Lezama que el técnico iba a presentar cambios en su formación. Harto de doblar siempre la rodilla ante los azulgrana, el entrenador optó por medidas drásticas. Todo empezó bien. No faltaba Llorente, que pudo jugar tras superar las molestias musculares que arrastra desde el partido de Madeira. «No queríamos forzarle, pero nos ha dicho que está bien», explicó Luciano Martín, el segundo de Caparrós, a pie de césped. Una buena noticia. A este equipo nada puede venirle peor que la baja del riojano. Por atrás puede resistir casi cualquier ausencia, pero adelante le sobra menos.
A partir de aquí, Caparrós tomó una decisión difícil. Dejó a Toquero en el banquillo y colocó al lado del riojano a Susaeta. El eibarrés conoce la posición de segundo punta. En ella le hizo debutar el utrerano tres años atrás. Aún así, no es el puesto más idóneo para él. Anoche se vio. Tuvo problemas para desequilibrar y desde luego no aportó la presión sin cuartel del jugador al que dejó en el banquillo, Toquero.
El Barça más lujoso de la historia compareció en San Mamés lastrado por las lesiones (Ibrahimovic) y la gripe A (Abidal, Toure Yaya y Márquez). El Athletic no sólo recuperaba a Llorente sino que además volvió a alinear a Yeste. El basauritarra saltó al campo después de un mes de baja y seis partidos ausente. Cayó lesionado ante el Nacional en San Mamés, un día que pasará al recuerdo por la espantada que protagonizó al ser sustituido en el descanso.
Remate cruzado
Ubicado la mayor parte de las ocasiones por Caparrós como medio centro, anoche saltó en el costado izquierdo. No era un partido para tener una vida tranquila. Ante los fabulosos jugadores del Barcelona, se vio obligado a socorrer a Koikili para cerrar a Pedro, una bala que metió en graves problemas al lateral zurdo rojiblanco. Como sucede a mucha gente ante el Barcelona, tanto rondo acaba por agotar y provocar que se pierda la tensión. Así sucedió en el primer gol azulgrana, en el que cedió unos metros a Alves, autor del remate cruzado. Aunque apenas tuvo incidencia en el ataque, suyo fue el magnífico centro que Javi Martínez envió fuera en el descuento de la primera parte pese a rematar a apenas tres metros de la portería.
Pero, sobre todo, el gran sorpresón fue ver a Pablo Orbaiz como interior derecho, un puesto inédito para él. En los primeros minutos ese sitio fue ocupado por Gurpegui, pero Caparrós optó por cambiar sobre la marcha a los pocos minutos. Envió al de Andosilla, hasta entonces en la derecha, al centro para tapar a Xavi y después ordenó a Orbaiz que se colocara en la derecha para cerrar a Iniesta y de paso colocar centros.
Con este dibujo el Athletic se vio por detrás al poco de comenzar la segunda parte. A Caparrós no le quedó más remedio que echar marcha atrás. Dio entrada a Toquero en lugar de Orbaiz y recompuso su puzzle para volver al dibujo tradicional.
Susaeta volvió al costado derecho, en donde por fin ofreció algún chispazo de peligro. Llorente se encontró así por fin a su lado con Toquero, su compañero más habitual. A partir de aquí, sólo hubo que esperar a una jugada clásica -prolongación por arriba de Llorente y remate de Toquero- para que llegara el empate. Supo a triunfo. No hubo más que ver cómo saltó Orbaiz como un resorte desde el banquillo para abrazar a sus compañeros cuando Teixeira Vitienes pitó el final y el Athletic ya podía sumar el punto.
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