
Me quedó zumbando en la cabeza un comentario de Rojo. A él le gustaba jugar en miércoles y domingo. Por si la observación no fuera suficientemente nítida, daba la impresión de haber sido tecleada pulsando con mayor énfasis, parecía una réplica airada, por más que en su tarea de comentarista modere el carácter que se le desbordaba, a veces, en los estadios. Esa frase trajo a mi memoria al zurdo extraordinario, imprevisible y temperamental. Parecía enfadado educadamente. Los partidos de los miércoles, argumentaba, sustituyen a un entrenamiento, pero van más en serio, sólo eso.
A mí me parece que jugar dos días a la semana tiene la gran ventaja de que tengan su oportunidad los menos habituales, y encuentren la ocasión de reivindicarse ante el entrenador y la afición, la ocasión para convencerse de que pueden llegar más lejos. Jugar tres competiciones impide dormirse. Exige imaginación en el puente de mando y polivalencia en la tripulación. Concede oportunidades a los menos habituales. Integra, hace equipo, equipara, o al menos acerca, a unos jugadores y otros, quienes comparten, de ese modo, objetivos y responsabilidades no sólo retóricos. Jugar en tres competiciones no es un castigo, ¡cómo iba a serlo!, pero tampoco es sólo un premio sino una oportunidad múltiple de crecimiento. Los jugadores titulares se contrastan y los suplentes refuerzan su autoestima dando relevos fiables.
Pongamos algunos ejemplos. Un jugador tan leal como Gurpegui llegó a plantearse en la temporada anterior cambiar de aires. No cabe un aldabonazo más contundente. Pocos equipos, y menos el Athletic, podrían permitirse el lujo, y la arbitrariedad, de renunciar a un futbolista tan esforzado. En el gol de Santander, Gurpegui metió la cabeza con la valentía de siempre, sin acordarse de que pocos instantes atrás le habían dado el habitual codazo en la nariz maltrecha, uno más en su carrera de bravo fajador de los pesos superwelter. No tiene mayor mérito darle oportunidades a Gurpegui, pero las tres competiciones lo hacen imprescindible.
Ustaritz pareció entrar en un peligroso declive, al menos anímico, al final de la temporada anterior. Ahora, las circunstancias le han dado la oportunidad de formar en el eje de la defensa, en una alineación que puede fraguar y quedarse en la memoria futura de los niños de ahora, Ustaritz-Amorebieta. Pero tal vez el ejemplo más significativo sea el de Ion Vélez, quien desapareció misteriosamente de las alineaciones en la temporada anterior, y apenas había jugado en ésta. A mí no se me ha olvidado, y espero que a ustedes tampoco, que los mejores partidos de la temporada anterior fueron aquéllos en los que Caparrós apostó por un cuatro/cuatro/dos clásico, donde Vélez y Toquero se alternaban en una presión incansable de la que salía beneficiado Llorente. En aquellos partidos, Caparrós cambiaba de caballo, como hacían los correos en el siglo XIX, cuando el primero estaba extenuado. Entonces salía el segundo a completar el recorrido, con la misma entrega e idéntico propósito de vaciarse en el empeño.
La confianza
Ion Vélez estuvo magnífico en Santander, precisamente en el momento en el que era imprescindible conjurar el maleficio para el que supuestamente no teníamos antídoto, la ausencia de Llorente. Peinó muchos balones en el primer tiempo y se fue en slalom en tres ocasiones en el segundo, una de ellas, la que dio origen al penalti definitivo. Vélez sale con una gran potencia de los quiebros, en las dos direcciones, y tiene un sprint demoledor en veinte metros. Siempre he pensado que es un jugador con mucho potencial, que acabará demostrando en cuanto adquiera la confianza que sólo le pueden dar los partidos, esos partidos que le van a tocar jugar mientras el Athletic permanezca, venturosamente, en tres competiciones. Puede acabar siendo, cuando menos, eso que se llama un magnífico jugador de club.
Son tres casos ejemplares como vidas de santos. La teoría de la oportunidad no tiene nada que ver con la teoría de la rotación más o menos mecanizada. Es algo tan sencillo como que la confianza hace mejores a los jugadores (nos hace mejores a todos). El Athletic, vigente subcampeón de Copa, como escribirían los cronistas clásicos, tiene mañana una nueva cita con su historia, ante el Rayo Vallecano, para seguir en las tres competiciones que juegan temporada tras temporada los buenos equipos, esas tres competiciones que están consiguiendo sacar del Athetic, una con otra, lo mejor de sí mismo. Ya descansarán, los futbolistas, cuando lleguen a la edad de reconvertirse en cronistas deportivos.
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