
Se jugaba ayer el Athletic en Funchal la posibilidad de cerrar la clasificación para dieciseisavos y rebajar de este modo su calendario laboral de los dos próximos meses. En este sentido, era un partido de muchos quilates. Es cierto que le faltaba el punto de angustia de los duelos decisivos, pero su importancia era evidente para un equipo tan necesitado como el rojiblanco de tomarse un respiro y ver la vida si tanta sensación de agobio. Pues bien, el objetivo se cumplió a medias. El Athletic no pudo sellar el pasaporte, pero con su empate en el Estadio da Madeira quedó a un paso -un punto- de la siguiente ronda. La mala noticia fue que perdió a Llorente en un momento fatal de la temporada, con el Racing y el Rayo Vallecano a la vuelta de la esquina.
En fin, que pudo ser mejor y pudo ser peor, habrá que decir, en un partido raro que pasó del aburrimiento en la primera mitad a una segunda mucho más divertida. El último cuarto de hora, de hecho, fue un tiempo delirante, con el árbitro escocés metiendo la mano en todos los enchufes y los dos equipos compitiendo en despropósitos y en ocasiones de gol flagrantes. Uno no recuerda, la verdad, un final de partido tan disparatado. Deberían editarlo en vídeo y ponerlo en la Escuela de Entrenadores como ejemplo perfecto de hasta qué punto se pueden descoser dos equipos. Y no unos cualquiera, sino dos equipos aplicados que salen al campo llenos de consignas, dos bloques muy dirigidos y a veces hasta maniatados por sus entrenadores. Pues bien, llega un punto en que los jugadores se lían la manta a la cabeza y aquello se convierte en un pandemonium.
El partido pareció que iba a ser muy poca cosa, un pestiño en mitad del Atlántico. Arrancó bajo de ritmo, con el Nacional y el Athletic obsesionados en no perder la compostura. Pronto se vio que iba a ser un duelo táctico y que el fútbol aparecería con cuentagotas. Como tantas otras veces, se trataba de no cometer errores más que de promover aciertos. En su fortín de Choupana, el Nacional salió con tres centrales y dos carrileros; algo bastante habitual en el equipo de Machado, cuyo juego no tardó en escorarse hacia la banda derecha. Bien vigilado Ruben Micael, que durante la primera parte sólo apareció un par de veces -ambas, por cierto, fueron ocasiones de gol, lo que habla bien del futbolista de Camara de Lobos-, los portugueses lo fiaron todo a su solidez defensiva y a la combustión de Pecnik y Patacas por la banda derecha.
Pulso igualado
El Athletic logró mantener el pulso igualado. Algo es algo. A poco que su fútbol hubiera tenido más ritmo y el equipo hubiera escarbado las bandas -Gabilondo no estuvo por la labor y David López centró mal casi todo lo que le vino-, los de Caparrós hubieran hecho mucho daño, pero decidieron no arriesgar. Probablemente, estaban convencidos de que Fernando Llorente acabaría sacando petróleo de algún desajuste defensivo de Halliche y Lopes. Cuando lo cometieron, allá por el minuto 34, el riojano estuvo ahí, pero su disparo cruzado, solo frente a Bracali, dio en el palo. Lo peor de todo es que Llorente se lesionó en esa jugada y tuvo que retirarse. De Marcos salió en su lugar. La cara de Caparrós era un poema. Natural.
Aunque Machado cambió de baraja tras el descanso -Cleber y Salino salieron en lugar de Mateus y Tomasevic-, nada indicaba que el guión fuera a cambiar en exceso. Sin embargo, poco a poco el partido fue entrando en una dinámica radicalmente diferente. El Athletic descubrió que el costado izquierdo del Nacional era una zona franca y comenzó a tocar y a explorar por ella. En el minuto 55, de hecho, entre De Marcos, Etxeberria y David López hicieron un jugadón que mereció ser el 0-1. Lo evitó Bracali, un portero estupendo contra el que los rojiblancos no dejaron de estrellarse. La jugada, pese a todo, activó la confianza del Athletic, mucho menos huérfano sin Llorente de lo que se presuponía. David López y Etxeberria se hicieron cómplices y el equipo se sintió mejor; de ahí que nadie entendiera la sustitución del riojano. Cuando mejor estaba jugando, Caparrós le mandó a la ducha.
Los dos penaltis
Tras unos minutos de desconcierto, el Nacional se rehízo y el partido se equilibró. Había oleaje en las dos orillas. El gol, sin embargo, cayó en la cuenta de los albinegros, tras un penalti tonto de Iraizoz a Pecnik que Edgar Silva tuvo que transformar en dos ocasiones. El árbitro escocés lo mandó repetir y hubo un momento en que pareció que no iba a dejar chutar por segunda vez al Nacional. Fueron unos segundos de incredulidad que fueron como el banderazo de salida a un final de partido tremendo. El Athletic empató con un penalti absurdo de halliche a Íñigo Díaz de Cerio y pudo marcar el segundo en tres ocasiones clarísimas. En una de ellas Etxeberria se tiró vilmente en lugar de chutar. Pero también pudo marcar y hasta en tres ocasiones el Nacional. Y eso que estaba con diez. ¡Qué locura!
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