Era la noche de Halloween y Caparrós se puso gótico y truculento: «Las tres competiciones nos pueden costar la vida», dijo mientras gesticulaba con cada músculo de la cara, movía la mandíbula y abría mucho los ojos, presa de una gran desazón. El Athletic había ganado el partido con potencia y presión en la primera parte, y tocando madera en la segunda. Una victoria trabajada, afortunada y necesaria parecía el mejor pretexto para la relajación y el buen humor, pero ni siquiera en las victorias se le escapa a Caparrós una sonrisa, no se le vaya a helar en el próximo partido. Me cae bien Caparrós, me parece simpático lo bien que han encajado en Bilbao sus excesos retóricos, su sentimiento trágico de la vida, su tremendismo, su barroquismo ansioso de retorcida imaginería, que contrasta con su querencia, en el juego, por la verticalidad más escueta.
Es un hombre de contrastes llamativos, Caparrós, resultadista pero innovador, que plantea unos partidos muy físicos, venga de correr y de correr, y luego se queja de que los jugadores están doblados, partidos vehementes, pasionales, agonísticos, con lo que desgastan las emociones. Caparrós está encantado de la vida en un banquillo que dice que le quema, quejoso de los inconvenientes de jugar en tres competiciones, cuando son su mejor credencial, se lamenta de no contar con todos los jugadores, incluso aquéllos con los que apenas contaba, cuyas ausencias le dan la oportunidad de sacar nuevos futbolistas (lo que más le gusta, seguramente, de su profesión, probar que tiene buen ojo), como ese nuevo Íñigo Pérez, que no sabemos hasta dónde llegará, pero tiene buenas maneras y la rompe con la zurda.
Trallazos de Forlán y Kun
Los aficionados le entendemos muy bien a Caparrós. Sabemos que las alegrías no suelen ser duraderas en el fútbol, y que hacemos mejor no dejándonos llevar por el entusiasmo de la última victoria, hasta el punto de olvidar penúltimas derrotas. Cómo no le vamos a entender, si antes de celebrar los goles miramos por el rabillo del ojo al árbitro y al juez de línea, nos quedamos un instante eterno y neurótico atentos a que no haya sido un error de percepción, un efecto óptico, un espejismo, un gol fantasma, pueda ser anulado por fuera de juego o por alguna falta que no hayamos advertido o que se invente el árbitro. Sólo entonces, tras comprobar maniáticamente que todo está en orden, con la imagen del árbitro señalando el centro del campo superponiéndose al cabezazo en escorzo de Javi Martínez, nos atrevemos a gritar «gol», aún un poco estupefactos, como los incrédulos que en el fondo somos.
Cómo no vamos a entenderle, si nos pasamos los partidos temiendo que nos remonten si vamos por delante, temiendo no remontar si vamos por detrás. Los trallazos de Forlán y el Kun restallaron en San Mamés y vibraron sobre el silencio porque los espectadores se habían quedado mudos siguiendo sus trayectorias. Cómo no vamos a entender las agonías de Caparrós, si aunque aspiramos a ser racionalistas geómetras que trazan rectas y curvas perfectas desde la grada y el bar, somos sobre todo irracionalistas impresionables.
Claro que sería mejor tomarnos las cosas de un modo más sereno. Conformarnos con cuatro, cinco, ¿diez? magníficos partidos y algunos otros sencillamente correctos, ganarle de vez en cuando a alguno de los grandes, mantenernos mientras se pueda en todas las competiciones, sin alejarnos demasiado del sexto puesto que lleva a la Liga Europa... Y aceptar con naturalidad los contratiempos del resto de la temporada. Los resultados, que a veces dependen tanto de la fortuna, no deberían llevarnos de modo tan automático a la sonrisa boba o la tristeza metafísica. Deberíamos aprender de esas aficiones inglesas que cantan con el mismo entusiasmo, o al menos lo parece, gane su equipo o pierda. El fútbol, el Athletic, deberían ser un pretexto para pasar un rato agradable, y no un sufrimiento semanal, como lo es para Caparrós, venga de sufrir y de sufrir, que sufre hasta cuando gana.
Intimidación
Hubo apuntes interesantes ante el Atlético de Madrid, que es un magnífico equipo por más que esté pasando apuros. La intensidad del juego en la primera parte, la rapidez en el cruce de los centrales, la viveza de Iraola, la eficacia de Koikili, la distribución de Orbaiz, la potencia de Javi Martínez, la capacidad de intimidación que tiene Llorente. Disfrutemos moderadamente, mientras podamos, en las tres competiciones. Carpe diem, Caparrós, vamos a disfrutar un momentito, aunque mañana moriremos.
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