
Se juntaron el hambre y las ganas de comer y del duelo de necesitados salió vivo el Athletic, que rompió su mala racha de resultados a costa de hundir a un Atlético muy digno pero sin un ápice de suerte. Los de Caparrós cimentaron su victoria, balsámica como pocas, en dos argumentos de peso: un trabajo a destajo y un carro de buena fortuna que les libró de milagro de un empate que los 'colchoneros' se merecieron de largo en la segunda parte. Pero así es el fútbol. A veces -y más en el estado de ansiedad en el que se encuentra el Athletic-, también hace falta que la suerte, otras veces esquiva, te bendiga para sumar tres puntos de un valor enorme.
Era una velada nocturna, con todo lo que eso suele significar de alta tensión y electricidad estática en San Mamés. El público entendió desde el primer momento que su equipo necesitaba un capotazo que le obligara a entrar en el partido con el cuchillo entre los dientes, sin un segundo de relajo. Porque aquello, estaba muy claro, iba a ser un duelo a cara de perro, sin concesiones. Una cosa de hombres. De hombres angustiados y obligados a la redención. No suelen pintar mal este tipo de partidos para el Athletic, siempre más cómodo en el frenesí que en la pausa, tirando de vísceras que de sesera. Aún así, los de Caparrós tenían ayer mucho hueso que roer. Y es que un Atlético en caída libre es como una bomba de mano sin la espoleta. Puede estallar en cualquier momento.
Fragor sin elaboración
Así las cosas, el partido arrancó bajo el guión previsto. Mucho fragor y muy poca elaboración. Se trataba de pelear en cada trinchera y avanzar lentamente hacia territorio enemigo. El pulso estuvo igualado hasta pasado el cuarto de hora, cuando Javi Martínez, que disfrutaba como el que más soltando mandobles en la batalla, adelantó al Athletic con un magnífico remate de cabeza a la salida de una falta muy bien puesta por Orbaiz. El gol animó a los rojiblancos y dejó tocado al Atlético durante un buen rato; en realidad, hasta que los de Quique Sánchez Flores se olvidaron de la doble ocasión que habían desperdiciado en el minuto 12. Lo cierto es que, tras una mala salida de Iraizoz, que dejó el balón a Maxi, los colchoneros tuvieron el 0-1 en la mano, pero primero el poste y luego Amorebieta, sacando bajo palos el remate de Agüero, salvaron al Athletic de lo que podría haber sido un rejón afiladísimo.
En ventaja y siempre espoleado por la grada, el equipo de Caparrós mantuvo a raya a su rival y hasta se permitió dibujar dos o tres llegadas con peligro a la portería de Asenjo. En una de ellas, por cierto, allá por el minuto 35, Ramírez Domínguez perdonó la vida al Atlético después de que Asenjo derribara dentro del área a Gaizka Toquero. El penalti y la expulsión quedaron en el limbo. Fue una jugada clave, pero el Athletic siguió a lo suyo con los cinco sentidos. No había otra manera. Hasta el descanso, el trabajo fue espléndido, especialmente el de Javi Martínez, el de Fernando Llorente, el de Amorebieta y el de Ustaritz, cuya primera parte fue para enmarcar. Sencillamente, el de Abadiño estuvo perfecto, a esa altura espectacular que, por unas cosas o por otras, tan pocas veces ha podido demostrar este magnífico futbolista.
En el comienzo de la segunda parte se encendieron las alarmas con dos disparos de Maxi que se fueron por muy poco. El Atlético tiró hacia arriba y quien más quien menos empezó a temer 45 minutos con un nudo en la garganta y viendo al Athletic entregado a una de las labores que peor se le dan: la de defender un resultado por la vía de dejar pasar el tiempo y poner en práctica ese otro fútbol, es decir, el no fútbol, al que suele referirse Caparrós. La cosa no fue tan flagrante, pero lo cierto es que el pulso del juego comenzó a inclinarse hacia el lado 'colchonero'.
Un taco descomunal
No podían permitirse una derrota los madrileños y lo dieron todo para evitarla. A su fútbol, sin embargo, le sobraba empeño y le faltaba calidad. Llevan penando desde hace varias temporadas los atléticos por la ausencia de un mediocentro con clase para distribuir y no es de extrañar. Les cuesta un horror enganchar con Agüero y Forlán, obligados casi siempre a buscarse la vida por su cuenta.
El problema para el Athletic es que, llegado el caso, estos dos jugadores se bastan por sí solos para liar un taco descomunal. Y esto es lo que ocurrió más o menos en el último cuarto de hora de partido. Verdugo del Athletic la pasada temporada, Forlán dejó su sello con un chutazo descomunal al poste y un zurdazo desde el borde del área que Iraizoz despejó por centímetros. Agüero, por su parte, se sacó un zapatazo al larguero. Todo sucedió en unos pocos minutos, los que van del 75 al 80, que fueron un sinvivir. El empate parecía estar al caer, pero finalmente no llegó. Y es que el Pupas es el Pupas por algo.
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