
Muy justo de fútbol, sin suerte y desquiciado en unos últimos minutos vergonzosos, el Athletic aceleró ayer en Vallecas su cuesta abajo. Incapaz de superar a un Rayo lleno de suplentes y negado hasta la exasperación frente a la portería rival, el equipo de Joaquín Caparrós quedó en una situación más que comprometida en su torneo predilecto. El 2-0 es un resultado muy complicado de remontar y más pensando en el estado de agobio y confusión en el que se encuentra el subcampeón de Copa. Mucho tendrá que cambiar el Athletic y mucho tendrá que apretar San Mamés en el partido de vuelta para que este año la aventura copera no se cierre lastimosamente en el primer capítulo.
Tras el partido del domingo ante el Getafe decíamos que al Athletic siempre le pasa algo. Algo malo que le empuja a la derrota, se entiende. En el Coliseum Alfonso Pérez fueron dos expulsiones absurdas y un penalti de sainete. Ayer, buena parte del disgusto se debió a la desastrosa puntería de los rojiblancos, que, a pesar de realizar un juego poco potable, lo cierto es que dilapidaron media docena de ocasiones clarísimas para marcar. En ese sentido, llegado el minuto 80, el 2-0 no podía ser más injusto con el Athletic y más afortunado para el equipo de Pepe Mel. Ahora bien, lo ocurrido en la recta final del encuentro, con el Athletic sacando la bandera blanca y el Rayo empalmando una ocasión detrás de otra -dos de Pachón, dos de Quero y una de Ángel-, fue como para dejar de pensar en el infortunio y celebrar que Fernández Borbalán pitara el final del partido.
Una falta que no lo fue comenzó a complicar ayer la vida al Athletic cuando sólo se llevaban cinco minutos de juego y los dos equipos todavía estaban observándose. Rubén Reyes se cayó delante de Amorebieta y el árbitro se inventó un libre directo que Néstor Susaeta transformó con maestría. Armando, titular ayer, no vio el balón y se quedó haciendo el Don Tancredo. Los rojiblancos encajaron el golpe con bastante aplomo y se fueron hacia arriba. Una vez más, tocaba espabilar. Un disparo cruzado de Joseba Etxeberria y un remate de cabeza de Etxeita a la salida de un córner pudieron ser el 1-1. Pero no hubo suerte.
La ocasión de Pérez
La fortuna comenzaba a mirar para otro lado. Si un futbolista del Athletic pudo dar fe de ello éste fue Íñigo Pérez, que debutaba con el primer equipo. El navarro, que sacó todas las faltas y los córners, dejó algunos detalles excelentes con su zurda. Si se le da confianza, el chaval puede tener recorrido. Ahora bien, como el fútbol puede ser muy ingrato, lo más recordado de su estreno será, sin duda, la clamorosa ocasión que desperdició para marcar el 1-1. Con toda la portería para él, le pegó al muñeco. El partido podría haber dado un giro radical si Pérez hubiese acertado. Pero no sólo falló, lo que le impidió convertirse quizá en el héroe de la noche, sino que, tres minutos después, Pachón hizo el 2-0 en una jugada que volvió a dar la razón a Caparrós cuando dice que el Athletic no sabe defender.
Lo que hay que preguntarse es qué sabe hacer bien este Athletic, quizá el equipo con el sentido menos lúdico del fútbol de toda Europa. Quedamos en que no sabe defender. Por lo visto, tampoco debe saber circular el balón porque sólo lo hace de Pascuas a Ramos. Y se está viendo que atacar, lo que se dice atacar, tampoco es que lo haga como para tirar cohetes. De hecho, es uno de los equipos menos realizadores de la Liga. No es extraño, por tanto, que el panorama sea tan deprimente y que cualquier rival pueda provocarle al Athletic un destrozo. Ayer fue el Rayo, un equipo bien trabajado que conoce su oficio. Si encima tiene el santo de cara y su portería acaba pareciendo inexpugnable, se convierte en un enemigo peligrosísimo.
El Athletic tuvo carácter y remó de lo lindo. Por ese lado, por el del escaqueo, los jugadores de Caparrós no merecen ninguna crítica. Su actitud no está en cuestión. Se dieron cabezazos contra la pared durante los noventa minutos. Su problema volvió a radicar en el juego, al que le faltaron pausa y criterio, dos virtudes indispensables para tener un mínimo de continuidad. Por cierto, pausa y criterio es lo que tuvo el Rayo cuando salió Movilla. En ese cuarto de hora final, el veterano mediocentro rayista demostró, de forma magistral, que tener la pelota es la mejor manera de defender un resultado y hasta de ampliarlo.
Hay un punto agónico en el fútbol del Athletic que no augura nada bueno. Por esa línea, es muy normal acabar perdiendo los papeles en los últimos minutos, que fueron un disparate, con la defensa rota, Castillo haciendo kung-fu y centrando a los balcones, y los delanteros sin saber a dónde correr. Una pena, pero así están las cosas. Sólo queda encomendarse a San Mamés.
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