
El domingo, al salir de San Mamés, mientras repasaba mentalmente lo sucedido ante el Sporting y lo padecido durante el último mes, este cronista se convenció de que debía de entonar algo parecido a un 'mea culpa', de que le había llegado el momento de abordar una rectificación. Me explico. Durante dos temporadas y lo que se lleva de la actual, es decir, desde que Joaquín Caparrós está sentado en el banquillo rojiblanco, uno ha estado criticando con mayor o menor denuedo la falta de personalidad del Athletic, un equipo que nunca se sabe si va o si viene, incapaz de mostrar un rendimiento regular; por no hablar de un fútbol mínimamente sugerente.
Pues bien, desvanecidas ya las esperanzas de regeneración que surgieron tras las victorias ante el Austria y el Villarreal, me temo que ha llegado la hora de aceptar que el Athletic de Caparrós, al contrario de lo que algunos hemos estado diciendo, tiene una personalidad de lo más acusada. Otra cosa es que nos hayamos negado a aceptarlo durante demasiado tiempo porque esa personalidad no era de nuestro gusto; más bien todo lo contrario. Pero cuando un equipo es tan constante en su forma de actuar como lo es este Athletic no tiene ningún sentido seguir negando la realidad. Como tampoco ha tenido ningún sentido confiar en que el buen trazo que mostraron los rojiblancos ante austriacos y levantinos fuera a tener una continuidad. ¿Por qué iba a tenerla esta vez si nunca la ha tenido? ¿Por qué iba a tenerla si a cada pequeña racha de buen juego y resultados que ha disfrutado el Athletic en estos dos últimos años siempre le ha seguido una caída al vacío?
Resignémonos. Este equipo es lo que es y continuará funcionando como hasta ahora, alternando el blanco y el negro dentro de un tono mayoritariamente gris. Nada va a cambiar, entre otras razones porque el entrenador no cree que haya nada fundamental que cambiar. El Athletic seguirá siendo, pues, una incógnita permanente, un ejemplo de fiabilidad en la inconstancia. La incertidumbre continuará siendo su principal seña de identidad, como lo es de tantos equipos mediocres. La calidad de su juego dependerá exclusivamente del día que tengan sus mejores futbolistas. Si resulta que dos o tres están entonados, las cosas podrán ir bien y se ganarán algunos partidos. De lo contrario, ya sabemos lo que hay: derrotas y un fútbol deprimente y neolítico. El grupo, en fin, nunca tirará de las individualidades, como es preceptivo. De hecho, esto es lo que distingue a los equipos bien cimentados y dirigidos de los que a duras penas se sostienen en pie. O si no que se lo pregunten a Leo Messi, que a este paso va a acabar sufriendo un trastorno bipolar de tanto pasar de un grupo excepcional como el Barça de Guardiola a esa banda del Capitán Tan que es la Argentina de Maradona. Tiene que ser muy fuerte, la verdad, ser Ava Gardner con tu equipo y Gracita Morales con tu selección.
Desengañémonos. Los buenos equipos tienen un camino claramente trazado, saben lo que quieren y cómo lo quieren, crecen y se ilusionan en torno a una idea de juego. En ese sentido, el Athletic de Caparrós nunca será un buen equipo. Como tiene una plantilla apañada y San Mamés todavía ejerce su influjo benéfico, lo normal es que sobreviva sin grandes angustias en la máxima categoría y quizá supere algunos escalones en la UEFA o en la Copa. A esto deben reducirse las esperanzas. Salvo los fans declarados de Caparrós, entre ellos el presidente, el resto de los mortales continuaremos aburriéndonos como maceros de parlamento. Pero que ese aburrimiento no nos lleve más a engaño. Personalidad, lo que se dice personalidad, este Athletic la tiene arrolladora.
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