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Gris como en sus tardes más espesas, el Athletic cae ante el Sporting, que le apuntilló en la segunda parte con dos goles de De las Cuevas
19 de octubre de 2009

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Tropiezo ante el rival predilecto
Los futbolistas del Sporting celebran uno de los goles anotados por De las Cuevas en San Mamés, que presenció un fútbol espeso y gris por parte de los hombres de Joaquín Caparrós. / FOTOGRAFÍAS: FERNANDO GÓMEZ, LUIS ÁNGEL GÓMEZ Y BORJA AGUDO
JON AGIRIANO.-

A la incertidumbre estructural del Athletic de Caparrós había que añadirle ayer tarde la que provocan, se quiera o no, los parones ligueros. Nunca se sabe bien por dónde van a salir los equipos después de dos semanas sin competir. Pues bien, el Athletic eligió la peor opción. Salió por la puerta de servicio y acabó encajando una derrota dolorosa por lo que supone de grave traspiés y porque llegó frente a un equipo, el Sporting, con el que los rojiblancos tienen uno de sus mejores ratios de victorias por partido. Vamos, que eso de sumar por anticipado los puntos en disputa frente a los gijoneses pasó ayer a mejor vida.

El equipo de Preciado rompió su maleficio en San Mamés y lo hizo con justicia. Es cierto que las ocasiones se repartieron de forma bastante equilibrada durante los noventa minutos y que un empate tampoco hubiera sorprendido a nadie. Aún así, el Sporting, con De las Cuevas como protagonista en la segunda parte, se mereció su gran conquista. Jugó con actitud, ambición y las ideas muy claras en un escenario que sólo les trae malos recuerdos. Todo lo contrario que un Athletic gris, sin lucidez ni nervio, primario de nuevo hasta la exasperación. ¿Será posible que este equipo demuestre alguna vez una cierta regularidad en sus prestaciones? Cada día parece más difícil, la verdad. Todo indica que habrá que seguir arrastrando esta cruz.

El partido arrancó con el guión cambiado, lo que no auguró nada bueno. Por el perfil de los dos equipos se esperaba un duelo de ida y vuelta, chispeante y alto de revoluciones. Diversión, en fin. Y sucedió lo contrario. En la primera mitad, Athletic y Sporting jugaron uno de esos partidos desangelados, sin chicha ni limoná, a los que San Mamés asiste en un resignado silencio hasta que empieza a perder la paciencia. Mala señal cuando en el viejo estadio rojiblanco se escucha el toque del balón y los gritos de los jugadores. Suele ser sinónimo de aburrimiento, de que la cosa no marcha, de que algo falla. En el caso del Athletic, lo que fallaba era la intensidad del juego. Es decir, casi lo más importante, la condición 'sine qua non' para que su fútbol sea competitivo.

Como si las dos semanas de parón les hubieran desinflado, los pupilos de Caparrós salieron al campo al trantrán, incumpliendo por tanto su primera obligación de presionar desde arriba para intentar desactivar al Sporting, un equipo que sabe tocar -Rivera le ha dado mucha vidilla- y nunca se esconde. Poco exigidos, los asturianos se sintieron pronto muy cómodos. Otra cosa es que sus largas posesiones durante la primera mitad no les sirvieran de mucho y que Gorka Iraizoz no tuviera casi trabajo. Pero eso ya no era cuestión del juego sino del talento de los delanteros de Preciado, que tienen la mala costumbre de rizar demasiado el rizo.

Intrascendencia

Más allá de esa contingencia y de que, casi por pura inercia, aprovechando algunos movimientos de Susaeta, el Athletic creó incluso más peligro que su rival hasta el descanso, había una diferencia esencial entre los dos equipos. Se podría hablar de la fidelidad a uno mismo. El Sporting jugaba a lo que sabe, con su patrón de siempre, el sello que ese gran entrenador que es Manolo Preciado ha puesto a un bloque que mantiene sus líneas maestras de la pasada temporada pero ha ganado quintales de solidez defensiva. Aquella candidez de colegial que estuvo a punto de costarle la categoría ha pasado a mejor vida. El Athletic, por el contrario, nunca se sintió a gusto. Sin tensión para recuperar balones, los rojiblancos cayeron rápidamente en la intrascendencia. Su juego devino en un trasiego inane que provocaba bostezos. Como tantas otras veces, el fútbol del Athletic había dejado de ser un ejercicio colectivo para convertirse en un cántico desesperado a la inspiración individual. Como ésta llegó con cuentagotas -Llorente no tuvo su día-, el Athletic volvió a ser ayer poco más que una tropa ceñuda y voluntariosa.

La segunda parte tuvo un protagonista: De las Cuevas. Nada más comenzar se le fue por un palmo un magnífico zapatazo desde fuera del área. La jugada tuvo su importancia porque fue como si en ella el canterano del Atlético presentara sus credenciales de buen futbolista. En el minuto 65, poco después de que Orbaiz saltara al campo en lugar de Gurpegui -Caparrós quería más posesión, pero no la consiguió con ese revelo-, el centrocampista del Sporting se encontró con una falta en la media luna del área. Los que se pusieron a santiguarse y a temblar en la grada no eran unos exagerados. De un tiempo a esta parte, Iraizoz es una bicoca en esas jugadas. Ayer volvió a serlo. De las Cuevas se la clavó por su palo. Una vez más. El Athletic no supo reaccionar al 0-1. Siguió con su tremendismo y eso le valió el 0-2, obra de nuevo de De las Cuevas en un contragolpe. Aunque Toquero acortó distancias, no hubo forma de que el Athletic remontara. Como no la hay de confiar de verdad en este equipo.

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