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2 de septiembre de 2009

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La impensable autocrítica
Caparrós da instrucciones a Ustaritz.
JON AGIRIANO.-

Esperar que un entrenador haga autocrítica, como bien saben todos los aficionados al fútbol, es una pérdida de tiempo. Salvo casos excepcionales, lo más lejos que llegan estos profesionales es a reconocer que han tenido alguna duda en la confección del once o que han podido cometer algún pequeño error de matiz en un esquema de juego o a la hora de decidir un cambio. Poco más. La historia del fútbol está llena de ejemplos grandiosos de la impecable soberbia de los técnicos. Es famosa, por ejemplo, la sobrada de Alf Ramsey después de que su equipo perdiera en el Mundial de 1970 con el Brasil de Pelé, Jairzinho, Gerson, Tostao, Rivelino y compañía, quizá el mejor equipo de todos los tiempos. «No tenemos nada que aprender de esta gente», sentenció el seleccionador inglés, que había sido campeón del mundo cuatro años antes y por lo visto no tenía el cuerpo para recibir lecciones de nadie. Y uno todavía recuerda a Johan Cruyff defendiendo con vehemencia su estrategia después de que el Milán de Fabio Capello le triturara en la final de la Copa de Europa disputada en Atenas. Cuando acabó aquel partido, el Barça estaba como Filemón tras caer de un décimo piso. Aún así, nadie escuchó al genio holandés un solo 'mea culpa'. Ni entonces ni nunca, me temo.

¿A qué se debe esta incapacidad gremial de los entrenadores para admitir en público errores que muchas veces son evidentes? Si la cosa sólo afectara a los de Primera se podría decir que una persona que gana esos dinerales acaba teniendo el orgullo del mismo tamaño que la cuenta corriente. Sin embargo, la realidad demuestra que tampoco en las categorías inferiores abundan los técnicos que confiesan sus pifias al acabar los partidos. Me da la impresión de que la clave está en las excusas. A los entrenadores nunca les faltan. El juego se las brinda sin cesar. De este modo, siempre tienen a mano una justificación para todo lo malo que puede ocurrirle a su tropa. Y esto les hace invulnerables.

En ese sentido, ningún lector podía esperar que Joaquín Caparrós hiciera autocrítica en la entrevista que concedió a este periódico. No sería justo exigirle al de Utrera lo que tampoco se exige a sus colegas. ¿Que podía haberse estirado un poco y haber esbozado una ligera disculpa, algo parecido a una cierta aflicción, por la desoladora actuación de su equipo en Tromso? Pues hombre. Después de dos años en el banquillo de un club que se ha gastado 17 millones en ficharle a 15 futbolistas, hubiera sido un bonito detalle. Pero no había que contar con ello. Caparrós, que por lo visto estos días ha encontrado en Amorebieta a un discípulo aventajado, como Anaxímenes de Anaximandro, vaya, ha dicho más de una vez que él sólo mira el resultado y que todo lo demás son chorradas. ¿De qué iba a disculparse, por tanto, si el Athletic había pasado la eliminatoria?

Reconozco que cada día se me atraganta más el ventajismo de estos resultadistas extremos. Por no hablar de lo insólito que resulta que alguien cobre millonadas para que luego la calidad de su trabajo no dependa de sus conocimientos, dedicación y acierto sino de factores que no controla. Se preguntaba Caparrós, dolido, en qué se había equivocado para recibir tantas críticas. El interrogante tenía su miga y daba pie a otro más interesante. ¿Se habría equivocado en algo si el árbitro no llega a regalar un penalti al Athletic con el que le tangó media eliminatoria al voluntarioso y mal relacionado equipo lapón? O dicho de otro modo: ¿hubiera cambiado en algo la calidad de su trabajo si ese partido en Tromso se llega a perder? Un poco de sinceridad en la respuesta no estaría mal para fomentar la unidad en la masa social, como pedía el técnico de Utrera.

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