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ANÁLISIS
1 de septiembre de 2009

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Ari, ari, ari...
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN.-

...Toquero, lehendakari. Se trata de una rima poco imaginativa, en consonante elemental, podríamos decir simplona (sin ánimo de molestar), a lo popular, que nació en otros ámbitos y luego pasó al fútbol, lo que es mucho más inocuo, como de broma, desmitificador, en plan 'Vaya semanita', cuando los aficionados pensaron, pensamos, que Toquero era un jugador voluntarioso que no llegaría muy lejos. Bueno, no sé, tal vez ya sea tiempo de reconocer que estábamos equivocados.

Sólo el tiempo dirá lo que le queda a Toquero por delante, pero nadie le discute, en San Mamés, el afecto del respetable, y aun del resto del público y de la afición. Antes de ser retirado para hacerle el boca a boca, después de meter el gol con que el Athletic ganó el primer partido de la temporada tras la era de Acuarius, quiero decir de Lamikiz, Toquero interceptó dos pases peligrosos, consecutivos, esta vez en la inmediaciones de su área, cuando estaba a los suyo, cada cual atiende a su juego, subiendo y bajando sin parar, como corresponde a unos futbolistas de veintitantos años que se fueron de vacaciones virtuales el día después de la final de la Copa, es decir, el 14 de mayo. Si todos los jugadores de nuestro Athletic, los mejores, los peores y los regulares, tuvieran esa disposición, ese entusiasmo, esa entrega, ese afán, nadie nos desplazaría, entonces, como quiere el presidente y queremos todos, de la primera mitad de la tabla. El partido ante el Espanyol estaba empantanado, pero entonces llegó Toquero y controló con el pecho un pase mitad inteligente/mitad de rugby, como la mayor parte de los del resto del partido y de la pretemporada, patada más o menos a seguir, a ver si hay suerte. Entonces orientó el balón con el pecho y, a bote, lo pegó con la misma intención que soñaban los espectadores. Ari, ari, ari. Toquero merece, por derecho propio, estas líneas de la primera crónica del primer partido de la temporada (si excluimos de nuestra cuenta otros partidos previos y horrendos, como el segundo con el Barça o el destronche con el Tromso, por más que nos hayamos clasificado, lo que nos alegra a todos, pero fue, lo diga quien lo diga, o lo calle quien lo calle, de la forma en que todos sabemos).

Ahora vamos a detenernos unos instantes en la brillante entrevista de Javier Ortiz de Lazcano a Joaquín Caparrós. Como en los cuentos de los grandes escritores norteamericanos del XX, quienes a su vez leyeron atentamente a los rusos del XIX, se diría que en esa entrevista aparece tan sólo una parte del iceberg, pero se intuye el peso del bloque sumergido. Se diría que el tono de Caparrós es el de alguien que aún no se ha ido pero se lo está pensando, puesto que insiste en los balances, es decir, en la historia, más que en los proyectos. Pudiera ser que luego las cosas fueran estupendamente, como salió estupendo (al menos en cuanto al resultado) este primer partido de Liga sin que nadie se atreviera a imaginarlo, y menos después de los nervios y los pelotazos a ninguna parte. Entonces, si las cosas se pusieran estupendas, todos estaríamos, de nuevo, encantados de habernos conocido. Sin embargo, da la impresión de que el entrenador ha cambiado su discurso. De estar entusiasmado en el banquillo de este club singular, cuya afición llena el estadio y anima sin cesar aun cuando el equipo esté en riesgo de descenso, que invade pacíficamente una ciudad como Valencia con motivo de la final de la Copa y bla, bla, bla, ha pasado de repente a considerar lo duro que resulta ese puesto, por exigente, tan sólo dos años después de haber venido. En qué quedamos, ¿es una suerte o es un castigo? ¿Pretende realmente Caparrós que la crítica diga que fueron potables partidos como el de Barcelona o el de Laponia, o la mayor parte de los ensayos de pretemporada, Lepe incluido?

Basora, el extremo del Barça de la canción de Serrat, dijo el otro día que es un problema que todos los partidos sean televisados (aunque se haga de la manera preindustrial y tenebrista como lo hizo Euskaltel el pasado domingo) porque, aunque siguieran en activo los grandes locutores de entonces, no tendrían otro remedio que contenerse en el uso de la épica y la mitología. El otrora simpático entrenador de Utrera tal vez haya dado en pensar que hubiera hecho mejor marchándose a final de temporada, con el viento a favor, cuando por lo visto le llegaron ofertas superferolíticas desde Italia, o tal vez tema que a nada que las cosas se pongan medio regular, la sombra de Irureta pueda ser alargada.

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