
Hasta aquí hemos llegado. El Athletic se va de vacaciones y un servidor, haciendo gala de su fidelidad a los colores, se va con ellos. Bromas aparte, me da la sensación de que todos agradecemos que se eche el telón a una temporada larga e intensa. El equipo ha llegado a la última playa desmayándose. Decimos adiós al año de lo que pudo haber sido y no fue. ¿o sí? Lo despedimos con una mezcla de orgullo y melancolía. Reafirmados en nuestras convicciones por la maravillosa experiencia colectiva compartida en torno a la final de Copa, la temporada nos deja un regusto amargo en el ámbito estrictamente deportivo. Como argumentaba ayer mi admirado Txetxu Rojo, el juego del equipo ha dejado mucho que desear. Esperábamos más. Si a eso le añadimos que por el camino ha perdido buena parte de la solidez sobre la que se apuntalaba el proyecto de Caparrós, la cosa adquiere caracteres de paradoja. Si analizamos con calma los números, y nos atenemos a los resultados (como le gusta al utrerano) me temo que pintan bastos, Veamos.
El equipo ha encajado la friolera de diecinueve goles más que en la campaña anterior (62). Números peores que los del colista y ya descendido Recreativo (57). Seis puntos menos que en la Liga precedente han alojado al Athletic en una mediocre decimotercera posición. Sin el bendito atajo de la Copa, la palabra Europa seguiría sonando a chino mandarín, ya que nos hemos quedado a dieciocho puntos (un mundo) del objetivo inicial de la sexta plaza. No es de extrañar la distancia sideral que nos ha separado de los gallitos de la Liga. No hay más que mirar los resultados de los duelos directos con los grandes. En los Alpes ligueros, el Athletic de Caparrós se ha comportado como un sprinter belga pasado de kilos. Afortunadamente, el equipo se ha comportado como esas traineras que son capaces de aprovechar una corriente favorable para sacar la regata adelante con una maniobra salvadora. La Liga pasada fue un perfecto mes de marzo y esta vez un final de la primera vuelta especialmente inspirado. Surfeando sobre una buena ola, el Athletic de la Liga ha llegado a la playa. Como dijo aquel, es lo que hay. ¿O no?
Como siguen sin despejarse las dudas razonables sobre el verdadero techo de este equipo, conviene concentrarse en los aspectos positivos cara al futuro. Como es bien sabido, el ser humano tiene la tendencia a idealizar lo de fuera y a no valorar lo que tiene en casa. Cuentan que Enriqueta, la hermana del gran Pessoa, afirmaba en unas memorias que «a Fernando no le hacíamos mucho caso en casa». Otro Fernando se ha ganado mucho más que la atención general en el año de su consagración. Esta ha sido la temporada de Llorente. Súmenle la confirmación de Javi Martínez y ahí tienen a las piedras angulares de cualquier proyecto de futuro. Mantener a las perlas dentro de la ostra rojiblanca es algo más que un compromiso electoral. Los necesitamos para seguir subiendo los peldaños de unas escaleras que nos eleven de nuevo a la añorada altura que habíamos frecuentado hace demasiado tiempo. La mejor afición del mundo nos ha recordado que sigue ahí. Más viva que nunca. Nadie debería defraudarla. Y no me refiero a los jugadores.
Es el momento de decir adiós. Durante estos meses he tratado de compartir con vosotros (permitidme el tuteo respetuoso pero cómplice en la despedida) un puñado de ideas, reflexiones y sentimientos relacionados todos ellos con nuestra pasión común: el Athletic. Sin más limite que el ejercicio del sentido común. Ya se sabe que ser sincero no es decir todo lo que se piensa, sino no decir nunca lo que no se piensa. Lo he hecho utilizando la muleta de grandes pensadores, ya que como dijo Vila Matas, citar es respirar y no ahogarse en los tópicos castizos que le vienen a uno a la pluma cuando se empeña en esa vulgaridad suprema de no deberle nada a nadie. Gracias por vuestra paciencia y complicidad. Hasta siempre. ¡Aupa Athletic!
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