
N o debutó Muniain, y Gainza sigue siendo el más joven debutante en el Athletic. A lo mejor Caparrós consideró un exceso birlar el récord de tan brillante antecesor en un partido en el que afortunadamente no nos jugábamos nada. Vamos a pensar que le pareció una irreverencia ese debut, un adorno demagógico en estos tres últimos partidos que no fueron sino un apéndice, una protuberancia, un pegote, un estorbo de esta temporada altisonante, espídica e irregular, por más que no olvidemos, y nos sentimos afortunados y agradecidos por ello, el subidón de entusiasmo que nos produjo la Copa. Se ha caracterizado, Caparrós, por patrocinar algunos debuts llamativos, de jóvenes de los equipos inferiores y de impecables guerrilleros de otros equipos aún más modestos, pero han sido en muchos casos unos debuts de abrir y plegar. Han debutado muchos pero han permanecido pocos. Da la impresión de que el entrenador se debate entre una propensión al barroco y el tremendismo, que refrena en las declaraciones, y un improbable clasicismo de sentido común. Da la impresión de que Caparrós contiene en ocasiones su propensión al arabesco, para ensayar una pose que no acaba de resultar verosímil. Arruga con humildad el gesto y la frente, se hace el moderado mientras el corazón le late a la velocidad y con la impaciencia con que mastica el chicle. Se diría disciplinado, Caparrós, para saltar de la imaginería andaluza a la castellana, en un esfuerzo encomiable de contención, pero algo le traiciona en el gesto, cuando pone esa cara humilde ante las alcachofas de los periodistas audiovisuales y dice cosas almibaradas y demagógicas para complacer a la afición. Es un rictus contenido, que se le borra, por lo visto, en cuanto se cierra la puerta de un vestuario en cuyo interior empieza a sonar un ruido de cacharrería.
Caparrós tiene contrato en vigor, pero tal vez debería dedicar un cuarto de hora de su probada profesionalidad a preguntarse adónde vamos. No tuvo su día mejor, seguramente, cuando habló, con explícita impaciencia, de las reiteradas lesiones de Ustariz. Ahora bien, dónde quedaron, ubi sunt, los defensas centrales del Athletic que hacían temblar la tierra bajo su trote, mientras temblaban las rodillas de los rivales y se tambaleaba el ánimo de éstos al sentir sus alientos en el cogote. ¿Alguien podría imaginar a 'Rocky' Liceranzu entristecido porque el entrenador no le miraba al mismo centro de los ojos? ¿A qué delantero del equipo contrario confían en impresionar estos defensas centrales del Athletic de ahora? ¿Dónde están el carácter, el temperamento, la disciplina, la sobriedad, el olvido de sí para la gloria común? ¿Cómo es posible que tantos jugadores parezcan de acuerdo en declarar que el objetivo de la próxima temporada sea conservar la categoría? No sé que pensará Muniain de todo esto, pero el joven Piru Gainza hubiera dado un respingo ante semejante falta de entusiasmo. Alguien debería leer la cartilla a estos muchachos, darles algunas lecciones de Historia Contemporánea. No es sólo un problema de falta de ánimo sino de sentido común. Cualquiera que haya vivido un poco sabe que no siempre se consiguen, en el fútbol y en la vida, los objetivos propuestos, y por eso es imprescindible ser más ambiciosos, por si toca conformarse con menos.
Ignoro cuál sea el ánimo de Joaquín Caparrós, el entrenador al que nos sentimos agradecidos porque nos hizo disfrutar, un cuarto de siglo después, con la posibilidad de la Copa. Ahora bien, si como demasiados de los jugadores del Athletic, considera que la meta de este equipo es no pasar apuros, haría mejor rescindiendo amistosamente su contrato, y haciendo sitio a quien no se conforme con tan poca cosa. Es el Athletic, Caparrós, Ustariz, Muniain, García Macua. Me cae bien Caparrós, lo he dicho otras veces, pero el fútbol directo y elemental sólo se sostiene con resultados. Su hallazgo fundamental ha sido seguramente Susaeta, quien tampoco debería conformarse con menos de lo que puede llegar a ser. Han llegado también futbolistas con más voluntad que estilo, y otros que han sido titulares tan sólo durante un rato, pura estadística, luz fugaz y engañosa de pasarela. Es lógico que un equipo se estructure sobre la base de unos quince jugadores, y que no estén encantados de la vida quienes no estén en ese grupo, pero a veces ha dado la impresión de que el entrenador ha tenido más paciencia con unos que con otros. Un equipo de cantera necesita una virtud fundamental, en el entrenador, la directiva y los aficionados, la paciencia. La paciencia que dura uno o dos partidos no es propiamente paciencia.
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