N o es sencillo poner broche final al intenso idilio que el Athletic y su afición han vivido esta semana. El sueño de la Copa apenas duró 22 minutos -los que transcurrieron entre los goles de Toquero y de Touré Yaya-, pero los seguidores rojiblancos supieron transformar una abultada derrota en una ceremonia de orgullo colectivo que conmovió a los jugadores del Barça. Ahora bien, la magia es fugaz por definición; si la prolongamos más de lo debido corremos el riesgo de desvirtuarla. Más pronto que tarde, el Athletic habrá de sacar conclusiones. Como Pep Guardiola, tendrá que pisar el balón en el centro del campo y mirar a izquierda y derecha.
No cabe duda de que los leones de Caparrós han contraído una deuda con la hinchada. Y existen muchas formas de saldarla. La idea de saludar a la multitud desde el Ayuntamiento y la Diputación fue un éxito que no se olvidará en Bilbao. Los cánticos infantiles que se escucharon en la Gran Vía aseguran el relevo generacional en el nuevo San Mamés. Sin embargo, los jugadores del Athletic hubieran considerado más apropiado homenajear a su público en la vieja Catedral, durante el partido contra el Atlético de Madrid. La plantilla recalcó ayer a todos los que quisieron escucharla que había perdido la final. Por lo visto, nadie se acuerda del subcampeón más que en Bilbao.
Lo mejor que le ha ocurrido al Athletic es que ha conectado con los niños. Les ha descubierto la grandeza del club, el último equipo romántico que resiste en la élite del fútbol. Es un eslogan atractivo incluso para los publicitarios más descreídos. Pero cuando la marea rojiblanca remita y los chavales regresen a la ikastola habrá llegado la hora de la pedagogía. Bilbao ha sido siempre una ciudad farolera, pero en el pasado también hizo gala de cierta sobriedad.
El Athletic ha perdido finales mucho más importantes que la de Mestalla. Ya han pasado muchos años, es cierto, pero la Juventus ganó la UEFA en 1977 frente a los rojiblancos, pese haber salido derrotada en San Mamés. La balanza se inclinó hacia los italianos por el valor de los goles en campo contrario. Vizcaya se sintió entonces más orgullosa que nunca, aunque eran otros tiempos. Los leones peleaban con los grandes, y los socios del Athletic no tenían empacho en reconocer, al volver de la Catedral: «Menuda paliza les dimos... Ellos a nosotros».
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