
Ciertas cosas no se pueden explicar con palabras. Como la de ayer. Dentro de muchos años, con el álbum de fotos desplegado en la mesa del salón familiar, en una de esas tardes dedicadas al recuerdo, sólo cabrá un comentario lógico para describir el momento de la instantánea: «Yo estuve allí». ¿Y qué? Los apelativos apenas alcanzarán a reflejar lo que se vivió el 15 de mayo de 2009 en las calles de Bilbao. Un viernes cualquiera que, gracias al Athletic y su afición, quedará grabado en la memoria social de la ciudad. El día fue rojiblanco, color de un sentimiento, escenificación de una actitud ante la vida, más fuerte que la derrota y la tristeza, que estalló en toda su intensidad tras 24 años de espera. Faltó la Copa, el símbolo; sobraron pasión y entrega para premiar al subcampeón.
Las calles del centro de la ciudad parecían un laberinto en el que todo el mundo sabía hacia dónde tenía que ir. Las piezas del puzzle humano conformaron un colorido y hermoso mosaico que abrazó el Ayuntamiento. Abrigo de los deseos. Dentro, en la casa de todos los bilbaínos, emoción y nervios. Fuera, un caos ordenado que confluía en el grito desgarrador de «Athleeeetic, Athleeeetic». El equipo todavía no había llegado y unas 30.000 personas aguardaban con impaciencia a la expedición rojiblanca. Los futbolistas, aún 'tocados' por la derrota, magullados tras chocar contra el muro blaugrana, mascaban tristeza en el autobús. Un sabor amargo, casi metálico, que se diluyó en la alegría de las masas.
El acto de ayer tuvo poco de deportivo y mucho de fenómeno social. Confirmación de una filosofía que se comporta igual en las derrotas y en las victorias. «¡Sois la mejor afición del mundo!», rugieron los leones desde el balcón del Ayuntamiento. Si el Liverpool nunca caminará solo, el Athletic jamás dejará de contar con el apoyo de una hinchada que acude como la sangre a la herida. Su entrega y complicidad van más allá de los títulos y los triunfos; se transmiten de padre a hijo, de generación en generación, y se asumen como un dogma que, en ocasiones, como la de ayer, causa perplejidad. Jamás una final perdida había desatado tantas muestras de agradecimiento.
Cómo si no se explica lo que ocurrió en las calles de Bilbao. Después de 24 años de espera, insoportable por excesiva, el Athletic alcanzó la última ronda copera. En frente, el mejor equipo del mundo. El Barça desguazó la ilusión rojiblanca, atravesó el pulmón del león hasta en cuatro ocasiones, pero nunca pudo con su corazón. Seguía latiendo en las gradas. En las calles. En los hogares. En las cunas. Los futbolistas no querían homenajes, invadidos por un sentimiento de culpa de quien se sabe derrotado, pero chocaron contra una realidad policromática que les regaló todo su apoyo y entusiasmo. Comprendieron que no se les quiere por ganar o perder, sino por llevar el escudo del Athletic en el pecho.
El autobús del club apareció poco después de las siete de la tarde. Un estruendo anunció la llegada del autocar, que concentró las miradas de más de 30.000 almas. Niños, jóvenes, padres, madres, abuelos... Banderas, camisetas, bufandas, boinas, gorros, trompetas... Lanchas en la ría, botes que apenas flotaban, yates con escudos de un club centenario... «Yo estuve allí». La frase para el futuro. Los jugadores, vestidos de negro, algo desconcertados -aún recordaban el varapalo en forma de un inapelable 1-4-, observaban con incredulidad la estampa que presidía su entrada al Ayuntamiento. Irreal, sacada de otros tiempos. Iban con las manos vacías, sin la Copa, sin la gloria del vencedor, y aún así fueron recibidos como héroes. Como campeones. Aunque no lo fueran.
«Vosotros sois el Athletic»
Las caras de los futbolistas, en vez de la felicidad, estaban esculpidas por el agradecimiento. Denotaban una cierta perplejidad ante lo que estaba sucediendo. No se lo esperaban; les superó el fervor social de una hinchada que les premió a pesar de regresar como subcampeones. Una vez en el Ayuntamiento, tomado por los invitados y los medios de comunicación, el primero en hablar fue Fernando García Macua. El presidente dedicó sus primeras palabras a la afición. «Vosotros sois también el Athletic». Dio las gracias a todo el mundo, a los que esperaban fuera y a los que estaban dentro, mientras se preparaba para pronunciar la frase de la tarde: «Os pedimos perdón».
Sólo encontró gestos de aprobación, sonrisas de complicidad. «Hemos acudido aquí con un sentimiento de agradecimiento y de frustración por no haber podido regresar con el título», confesó el máximo responsable de Ibaigane. Instantes después, entre aplauso y aplauso, Iñaki Azkuna tomó la palabra para dar ánimos a la familia rojiblanca. «Lo fácil es celebrar las victorias, lo difícil es asumir la derrota y superarla en el futuro (...). Presidente -en alusión a Macua-, no hace falta pedir perdón, sino preparar la siguiente Copa». Y luego señaló hacia abajo, crisol rojiblanco, donde aguardaban más de 30.000 almas. «Aquí no sólo homenajeamos al club, sino también a la afición». La misma que ha esperado un cuarto de siglo para verse en una final.
Entonces los jugadores salieron al balcón del Ayuntamiento. El exceso de decibelios castigó los oídos. Joseba Etxeberria dio un paso al frente y, al igual que el presidente, pidió perdón. «Siento no haber traído el título. Pero es más importante teneros a vosotros que a la Copa». La multitud rugió, entonó el himno del Athletic y aplaudió al capitán. Querían escuchar a Caparrós, a 'Jokin', que les regaló un sonoro 'arratsaldeon'. «Os garantizo que tanto los jugadores como los técnicos trabajaremos mañana y noche para que el año que viene estemos aquí con la Copa». Una promesa que asumieron casi todos los integrantes de la plantilla.
El puzzle humano, cada vez más numeroso, no dejaba de expandirse a ambos lados de la ría. El Athletic demostró una vez más su capacidad aglutinadora, elemento integrador, en el que caben todas las ideologías, banderas y sensibilidades. Con la zamarra rojiblanca, sin importar la edad ni condición social, se entra en una comunidad de iguales.
Después de la recepción en el Ayuntamiento -los jugadores dejaron el edificio y tuvieron que regresar para salir por una puerta lateral-, la caravana se dirigió hacia la Diputación. Atravesaron el túnel hecho de las almas rojiblancas y se dieron otro baño de masas. El diputado general, José Luis Bilbao, resumió en cuatro palabras un sentimiento colectivo . «El Athletic es grande». Desde ayer aún más. Porque hay cosas que, aunque causen incredulidad e incluso desaprobación, no se pueden explicar con palabras.
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