N unca olvidaremos la final. Todavía hoy parece increíble que el Athletic remontase aquel 1-4 en los últimos veinte minutos. Es como si nunca hubiese ocurrido. Todo cambió tras el gol de Xavi. El Athletic se conjuró y se lanzó a por el brillante Barça de Guardiola. ¿Cómo fue capaz Toquero de marcar aquellos tres goles consecutivos? ¿Y cómo fue capaz de hacerlo sin utilizar los pies? Nunca se había visto a un centrodelantero capaz de rematar con tantas partes distintas e insospechadas de su cuerpo.
Y el quinto gol, en fin: fotogramas para la leyenda. Ustedes lo recuerdan: Yeste se va por velocidad de Touré Yayá, dribla a Puyol y bate a Pinto con un zurdazo ganador. A partir de entonces, Mestalla fue un frenopático. El delirio. El Barça terminó temiendo encajar una goleada y las cámaras llegaron a captar cómo Eto'o le pedía al árbitro la hora. Aún así, nuestros jugadores se comportaron como caballeros. Tras el pitido final, una lección de 'fair-play'. Ahí están las fotos: Aitor Ocio consolando a un lloroso Bojan, Gurpegui dando la vuelta de honor con una senyera y una barretina.
«Hasta el año que viene, Mi Majestad», dicen que le dijo Etxeberria al Rey antes de alzar la Copa. Entre los flases y el tumulto, el lehendakari López declaró que el cambio comenzaba con buen pie. Por su parte, el diputado Bilbao subrayó varias veces que once aldeanos de casa de toda la vida habían ganado a los mejores jugadores del mundo extranjero. El alcalde Azkuna comentó mientras agarraba a un periodista por el hombro que no había nada en el mundo más maravilloso que ser de Bilbao.
La noche en Valencia fue larga y excesiva. También en la villa, donde hubo baños en las fuentes públicas y un consumo de alcohol tirando a mitológico. En las radios y las televisiones locales se repitieron durante horas algunas palabras mágicas: «orgullo», «historia», «pueblo», «niños». El jueves este periódico salió a la calle con una enorme foto de Koikili mordiendo la Copa y un único titular exclamativo: «¡Toma ya!»
Tras el triunfo, una dulce resaca que duró hasta la tarde de ayer. Fue entonces cuando el mecanismo sentimental de la provincia volvió a ponerse en marcha. Un millón de personas se agolparon en los cauces de la ría para ver pasar a los héroes en gabarra. Vizcaya es rojiblanca. Los jugadores saltaron en la barcaza y también saltaron en el balcón del Ayuntamiento, frente a un mar palpitante de banderas. Algunos de ellos no parecían en condiciones de pasar un control antidoping. El grito más coreado en la tarde de ayer quizás fue «Lo siento, Pinto, te cayeron cinco».
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