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Los aficionados jalean a su héroes en una jornada que también consideran un premio a su fidelidad y entrega
16 de mayo de 2009

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JUAN PABLO MARTÍN.-

Koldo, Idoia, Oier, Ekaitz, Belatz o Haizea. Eran nombres que lucían a la espalda algunas de las elásticas rojiblancas que ayer estuvieron en el Ayuntamiento. Se podían ver perfectamente porque todas las portaban niños de entre tres y cuatro años subidos a los hombros de sus padres. Ninguno perdía detalle de lo que ocurría en la balconada del Ayuntamiento. Su cara era una mezcla de asombro y alegría. Estaban en medio de una marea humana que jaleaba un himno. Por debajo de sus cabezas todo el mundo saltaba y animaba. Una fiesta por todo lo alto. Vistos los prolegómenos y cómo transcurrió, la Copa no podía tener otro colofón.

Entre la variopinta afición había de todo. Pero destacaba la presencia de numerosos matrimonios con niños pequeños. Querían que vivieran un acontecimiento del que ellos tienen vagos recuerdos. Allí estaban José Mari León y los suyos. Acababa de llegar de Valencia, pero no se lo quería perder. Socio desde hace 36 años estaba dispuesto a animar otra vez a los suyos. «Ya sé que no han ganado nada, pero para perder hay que estar allí. Y esta afición es bastante más de lo que tiene el Barça, por mucho que sean», resumió.

Desde su punto de vista, un homenaje así era merecido. «No sabemos cuando volveremos a vivir otro como éste. El Athletic tiene el equipo que tiene, y cada vez es más difícil competir contra los grandes. Y aquí todavía seguimos con los once aldeanos, por eso somos el mejor equipo y la mejor afición», sentenció.

Dos horas antes de que llegaran los jugadores, ya había gente frente al Ayuntamiento. Pertrechados cada uno con su particular indumentaria, poco a poco comenzaron a manchar de rojo y blanco las inmediaciones. Entre ellos estaba Miren de Mungia. ¿Que le parece la renuncia de los jugadores al autobús descapotable? «Eso es mentira. Acabamos de verlo pasar», zanjó. Se refería al bus turístico de la ciudad. Este fue uno de los temas de conversación entre los asistentes. Aunque algunos no se habían enterado, otros conocían las declaraciones realizadas por los jugadores en Lezama y no estaban de acuerdo. «Nos lo merecemos. Aunque no tengan mucho ánimo, que lo hagan por nosotros», señalaron Mabel y Martín.

La espera no se hizo muy larga. Para pasar el tiempo los asistentes se dedicaron a jalear a los invitados y contrayentes de la boda que se celebró minutos antes de que llegara la expedición rojiblanca. Cuando lo hizo, el reloj marcaba poco más de las siete de la tarde. Y todo estalló. Una vez más la afición estuvo allí. En masa. Dando la cara y animando. Porque ellos también se lo merecían.

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