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15 de mayo de 2009
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Los pájaros de Gil de Biedma
Llorente llora la derrota.
MIGUEL GONZÁLEZ SAN MARTÍN.-

B ueno, aquí estamos en el día siguiente, vamos a decir pensativos. Qué les voy a contar que ustedes no sientan. Soñamos que el día de hoy sería de otra manera, pero nadie va a quitarnos la plenitud que vivimos el miércoles casi durante todo el día. Nunca hay que arrepentirse del optimismo, del entusiasmo, de la bendita ingenuidad, de la alegría. Volveríamos a tener fe, si hubiera otro partido igual mañana mismo, y a mí me parece que haríamos bien. Esto no es vender humo sino regalar buen rollo y camaradería.

Nunca fuimos unos ilusos, siempre supimos que sería arduo, incluso improbable, pero precisamente por eso nos conjuramos, nos fuimos contagiando la expectativa, unos a otros, incluidos los jugadores, de que era posible la hazaña de ganarles, a un partido, a los mejores del mundo. En todas partes se hablaría de nosotros. Créanme, pocas veces como el miércoles estuve tan convencido, aunque ahora pueda parecer una chaladura, de la victoria. Confié en ella con pasmosa convicción, incluso cuando esos diablos azulgranas, tan jóvenes y ya legendarios, se pusieron a hacer virguerías como quien resuelve cotidianos expedientes.

Yo creo que una de las grandezas del género humano es forjarse ilusiones y sostenerlas apasionadamente, mientras pueda, por mucho que eso le exponga a la resaca de la decepción. La cautela emocional protege de las decepciones, pero nos rebaja nuestra humanidad hacia los vegetales y las piedras. Ya sabemos que las cosas, en el fútbol y en la vida, no siempre salen como nos hubiera gustado, pero las contrariedades se llevan mejor cuando, como en este caso, hicimos cuanto pudimos. Sólo eso está enteramente en nuestra mano. Y hoy hablo en primera persona del plural no sólo por esa licencia deliciosa que a veces se toman los cronistas de fútbol cuando se incluyen (aunque no estén muy en forma) entre los que juegan los partidos, los ganan y los pierden, sino de una manera plenamente consciente, porque me parece de justicia. Llegamos hasta donde llegamos entre todos. Es una primera persona del plural que compartimos con los futbolistas y el cuerpo técnico, pero también con los colegas, con los aficionados que reventaron Mestalla y San Mamés, colmataron las calles y los bares de Bilbao y sus pueblos.

Era un partido que no podía verse en la salita de estar. Compartimos ese 'nosotros' con aficionados de diversas geografías, donde reverdecieron el respeto y el afecto que casi siempre nos tuvieron. Fue un homenaje que nos dimos. Los seguidores del Athletic e incluso personas que tienen la mala suerte de que no les guste el fútbol, se vistieron el miércoles de futbolistas y calentaron por la banda, en previsión de que el mister pudiera convocarles a última hora por cualquier contingencia. Nos pusimos bufandas, pegatinas, insignias, se las pusimos a los coches, a los perros y las estatuas.

Ahora intentamos planchar ese rictus que se nos ha quedado, para disputar ese otro campeonato que jugamos todos cada día, el del estilo, el de saber ganar y perder guardando la compostura más o menos a la inglesa. Fuimos a la final para ganarla, pero hay que aceptar con deportividad que en el fútbol y en la vida sólo está en nuestra mano poner todo en la pelea. Después, las cosas salen o no salen. Es así, no hay que darle más vueltas. El Athletic perdió, podría decirse que perdió de largo, pero fue un digno representante de un pueblo unido por unos colores y unos gritos que nos emocionan a todos y no le hacen daño a nadie. Pensábamos seriamente en ganar, y dimos algunas razones para ello, porque ellos estaban más cansados y podrían conformarse, en sus subconscientes, con ganar todo lo demás, porque nosotros, los aficionados, nos habíamos merecido después de tanto tiempo una alegría así de gorda, porque los jugadores disputaban el partido de sus vidas...

No pudo ser, a pesar de adelantarnos tan pronto en el marcador, algo con lo que no contábamos y que tal vez, visto lo visto, descolocó un poco a los jugadores. Y descolocó al árbitro, que se armó un lío con el cronómetro y no pitó en ese «instante infinito», el final del partido. Seguimos animando durante mucho tiempo después del final, Estábamos jodidos, pero orgullosos.

Les había seleccionado unos versos de Borges, aquel compatriota de Messi no menos virguero, para cerrar el artículo y celebrar la victoria. Ya habrá ocasión. Hoy todavía, mientras recompongo lentamente el ánimo, me zumba en la cabeza aquel otro verso de Gil de Biedma: «Y silbarán los pájaros -cabrones- desde los plátanos».

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