
Ningún jugador corrió por el césped. No hubo balón. San Mamés vivió ayer una ficción con escalofríos reales, un partido virtual que transportó a los hinchas a 653 kilómetros de distancia. Un sueño colectivo que duró 45 minutos de gloria, una primera parte de ilusión. Era como en 'El show de Truman': aparecía el rostro sudoroso de Toquero en primer plano y una ciudad paralizada contenía la respiración. Las pantallas polícromas y más brillantes que el sol de Times Square viajaron a 'La Catedral'. Las 40.000 entradas se habían agotado en tres horas a través de los cajeros y la página web de la BBK. Ni los Stones vendieron aquí tan rápido el pescado.
Entre tanto entusiasmo no hacía falta entretenimiento previo, formar mosaicos rojiblancos con láminas bajo el asiento o admirar a los mejores 'freestylers' del mundo haciendo magia con la pelota, la misma que derrochó el Barcelona en el segundo tiempo. La pasión mantenía pegada a las gradas a la chavalería dos horas antes de comenzar el partido. El Mentón de Fogarty les hizo botar y cantar a Mikel Laboa. La Mala Rodríguez despertó extrañeza. ¿Rap en San Mamés? Le habían prohibido pisar el césped con tacones -no es broma-. Cobró 12.000 euros por una canción de siete minutos. Se tanteó a Manu Chao, quizá hubiera dado más suerte.
Un 'speaker' con panamá blanco y la suelta de globos conferían a la fiesta previa un aire de convención electoral americana, por algo hasta los pósters de Obama se habían sumado al 'we can' rojiblanco. El preludio de algo grande. Seis pantallas, una en cada fondo y cuatro frente a las gradas laterales, acogían el mejor cine de verano del mundo. La estampa insólita de un campo en penumbra hacía más sobrecogedor el rugido continuo. No faltaba nadie: periodistas, guardias de seguridad, empleados del campo... Sólo los protagonistas de la noche.
Además, repeticiones
La sincronía con Mestalla era absoluta, incluso el césped televisado parecía continuar en Bilbao. Casi era mejor que el partido en vivo, porque repetían las jugadas. El temor del club a una invasión del campo se desvaneció por culpa de Messi. Al menos, la retransmisión radiofónica impedía escuchar los olés con los que la afición culé empezó a corear los toques de su equipo.
El pitido final no movió a nadie de su asiento. El Barça recogía la Copa en las pantallas y miles de bufandas estiradas con honor y rabia gritaban ¡Athletic! hasta ahogarse. Cuando San Mamés abrió sus puertas y la masa, al fin, se desparramó resignada pero orgullosa por las calles de Bilbao, un observador ajeno podría haber pensado en el absurdo de llenar un campo para ver un partido televisado. Se hubiera equivocado.
Fue la única final de la historia jugada en dos campos al mismo tiempo.
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