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el athletic, subcampeón de copa
Una muchedumbre poseída invade San Mamés en un alarde de fe ciega en los colores
14 de mayo de 2009

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J. M. CORTIZAS |.-

Ha dejado unas cuantas filas entre su ubicación y el inicio de la marabunta. Su delicada salud lo aconseja. Lleva seis meses de casa a las sesiones de ‘quimio’. Ida y vuelta al único recorrido que un cáncer le permite mientras se resiste a verse derrotado. Bajo el córner entre la tribuna este y el fondo norte, se ratifica. «Ha merecido la pena». Ver ‘La Catedral’ llena ante cuatro pantallas gigantes, 40.000 personas unidas por un nexo tan invisible como lo es la genética, y él allí, en una esquina pero con las constantes con más vitalidad que nunca. Es la respuesta a sus plegarias. «Dios me lo debía». Impresiona escucharle previa promesa de anonimato.

Como abruma comprobar la capacidad de convocatoria de unas señas de identidad únicas en el fútbol mundial, ‘L’Equipe’ dixit. San Mamés fue ayer el destino de una magna peregrinación. La muchedumbre aguardó la apertura de puertas casi dos horas antes del momento decretado para que sonara el pitido inicial de un viaje sin retorno. Tanta juventud arremolinada invita a pensar que no hay nada perdido, que si se puede creer, mostrar la máxima de las fes en un escudo y un compromiso histórico, la humanidad puede estar salvada pese a los intentos tozudos por acabar con este bendito planeta y con los que en él cohabitamos.

«Joder, se me pone la piel de gallina. Aquí jugué con el Gernika y marqué un gol allí», señala a la portería de la tribuna sur. «Perdimos 4-2, pero fue inolvidable. Como esta pasada de gente». Carlos Uribe, guitarra de ‘El mentón de Fogarty’, tiene, como sus compañeros, los ojos húmedos. Su adrenalina se desborda cuando desde el miniescenario instalado entre los banquillos incitan a las masas a mostrar sin rubor su bilbainismo. Falta una hora y cuesta apreciar huecos en las gradas salvo en las zonas acotadas y en la parte superior de los ángulos del campo.

A simple vista, en la parafernalia se encuentra de todo. Camisetas y banderas, ‘of course’; txapelas, bufandas, bocinas, alguna de las vetustas carracas de la época de la general, copas hechas de papel aluminio, disfraces de león, ikurriñas, manos hinchables con el signo de la victoria, paraguas por si acaso con los gajos combinados en rojo y blanco –faltaría más–, bocadillos de todas las dimensiones y rellenos, bebidas alcohólicas –prohibidas– más o menos camufladas... «A ver si el año que viene nos rebajan el precio del carnet, porque con lo que han sacado con el merchandising...», barrunta un seguidor que, por si acaso y como la inmensa mayoría, hoy habría desertado del trabajo en caso de victoria.

Las miradas están perdidas. Inyectadas en sangre por la sobreexcitación. Se reconoce ‘sotto voce’ la superioridad del Barça, pero la fe mueve montañas y aleja Artxanda y el ‘Paga’ para que el ambiente rojiblanco se expanda, para que la nube de globos soltada antes del partido no encuentre topes a su vuelo triunfal. Patxi, digamos que se llama así, sigue acurrucado los acontecimientos. Está cansado, pero sabe, lo dice, que ésta es su última oportunidad de vivir algo parecido. Las circunstancias le llevaron a residir muchos años fuera de Euskadi, donde sus tuétanos se rebozaron del sentimiento Athletic, el que ahora comparte con tantos desconocidos tan cercanos.

Gritar, animar, sufrir

Que este Athletic tiene un tesoro en su afición, nadie en su sano juicio osaría ponerlo en duda. Parece surrealista gritar, animar y sufrir con los decibelios desbocados ante una pantalla como se vivió en el templo de los templos. Aparece el Rey, bronca. Asoma el Athletic por el túnel de vestuarios, locura. Comienzan los leones en plan dominador, delirio. Marca Toquero, histeria y éxtasis irrefrenable. Los rezos encuentran de momento eco. Desde el minuto 9 el Athletic es campeón. No prolongó tal estado mucho tiempo, pero fue suficiente para atisbar lo que puede suceder el día en que vuelva a levantar una copa.

De camino al estadio, alguien se percata de que en un club de alterne del centro dan el partido en pantalla gigante. En la entrada, junto al insinuante perfil de un cuerpo femenino, una bufanda rojiblanca y a ella grapadas imágenes de la ‘Amatxo’, que no entiende de oficios para proteger a los suyos. Ese también es el Athletic. El de un público que jaleó, sufrió y lloró con los suyos. El que también en San Mamés ovacionó a Xabi cuando se retiró. El que encumbró a Toquero como héroe. El que volvió a pitar al Rey. Y el que no se movió de su sitio hasta que vio a los leones recoger la medalla de subcampeones.

Peregrinos que abandonaron San Mamés con la digestión cortada, entendiendo lo vivido como otra prueba de fe. «Cuando me operaron puse sobre la tele de la clínica una foto de Sarabia». Doy fe, dice el acompañante de la mujer que estira más que nunca la cabeza para salir lozana de un velatorio a la jamaicana, donde las sonrisas y bailes flotan junto al finado.

Hay quien no pudo con el cansancio o con el castigo culé. Con el 1-3, la esquina entre las tribunas este y norte está desierta. Patxi volvió a casa tras ajustar cuentas con el de arriba. Se marchó feliz.

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