
La felicidad no pudo ser completa. El Barça triunfal de Guardiola impuso en Mestalla el peso de la lógica. Su superioridad fue abrumadora, casi cruel, tan incontestable como reflejó el marcador de una final en la que el sueño de victoria del Athletic, propulsado por un gol de Toquero en el minuto 8, apenas se sostuvo hasta el descanso. El 1-1 dejó una ventana abierta a la esperanza, al milagro podría decirse, por mucho que el gol de Touré Yayá a la media hora hubiera sido un golpe muy duro, una especie de descenso a la cruda realidad. El problema es que, en la reanudación, el equipo blaugrana salió en su versión supersónica y no hubo más que hablar. Aquello fue una apisonadora que aplastó a los rojiblancos con tres goles en veinte minutos de fútbol de otra galaxia. En descargo del equipo de Caparrós habrá que reconocer que muy pocos en el mundo hubieran resistido ese vendaval sin venirse abajo.
Fue una pena, pero es que la vida es así. Hoy por hoy, la distancia entre el Barcelona y el Athletic es enorme; quizás la más grande de la historia. Su fútbol pertenece a dimensiones diferentes y el equipo azulgrana lo demostró sobre el campo con la autoridad de los equipos destinados a marcar una época. Ni siquiera el tremendo desgaste físico y emocional que los jugadores de Guardiola han sufrido en las últimas semanas tuvo incidencia en la final. Si lo notaron, desde luego, nadie se dio cuenta. Y los que menos, los jugadores del Athletic. Estaban ante el partido de sus vidas y su motivación era incomparable, como lo era la de una afición que demostró una vez más que ella sí que gana todas las finales. Pero no fue suficiente.
El Athletic entró en el duelo como estaba en el guión. Era el de ayer un partido vivido por los rojiblancos desde hace dos meses. Durante toda esta larga vigilia, ninguno de los actores rojiblancos pudo sustraerse a la tentación de imaginar el escenario grandioso y su papel en la gran función de la noche del 13 de mayo en Mestalla. Todos sabían el tamaño del reto que afrontaban, la altura sideral de su enemigo. Y desde el minuto inicial salieron al campo a hacer un trabajo concienzudo, explorando sus límites como equipo en el terreno táctico, conscientes de que no tenían ningún margen para el error. La determinación del Athletic confundió al Barcelona durante los primeros compases del partido. En el minuto 7, tras una buena combinación de los rojiblancos, un disparo de Javi Martínez obligó a Pinto a lucirse despejando a córner. El Athletic se fue al saque de esquina con la furia que demuestran en estas acciones los equipos ingleses. Y entonces, en el segundo palo, apareció Toquero, ese futbolista convertido en símbolo.
Su gol desató la locura de las gradas rojiblancas en la misma medida en que confundió a los pupilos de Caparrós y seguramente a Caparrós mismo. El Athletic se dejó de aventuras, se olvidó del balón y se dedicó a contar la calderilla del 1-0. Puede que su reacción fuese muy humana, pero resultó letal. Poco a poco, el Barcelona fue cogiendo aire. Tiqui-taca. Xavi, perdido en la tela de araña durante los primeros 20 minutos, comenzó a aparecer con su lámpara maravillosa. El gol de Touré Yayá en una gran acción individual que ningún rojiblanco supo parar comenzó a poner la Copa en las vitrinas del Barcelona. Los culés se centraron y aprovecharon el descanso para salir luego con toda la traca. El Athletic fue incapaz de responder y sólo el desacierto de Eto'o evitó una goleada sangrante.
Punto de inflexión
Más allá del dolor por la derrota queda la alegría vivida durante estas últimas semanas que han revolucionado al Athletic. Podría decirse que lo han despertado de un largo letargo de 24 años. Lo que se ha sentido con esta final de Copa debe marcar un punto de inflexión en el club. Aunque sea perdiendo la batalla por el título ante el mejor equipo del mundo, la llama ha vuelto a encenderse. Ya no son sólo unos pocos rescoldos los que brillan. El Athletic ha demostrado que es único. Era algo que se sabía, pero era necesario volver a demostrarlo.
El espectáculo de su grandeza obliga a afilar la ambición de ahora en adelante. Es necesario un nuevo discurso. La final de ayer no puede convertirse en una excepción, del mismo modo que la filosofía rojiblanca no puede ser nunca una coartada para justificar la mediocridad, como ha sucedido tantas veces durante las dos últimas décadas. Hay que levantarse, encajar el gol y ponerse a trabajar buscando la excelencia. Es la única manera de poder volver a vivir experiencias tan conmovedoras como la de ayer y de que este equipo esté donde debe: a la altura del club. ¿Por qué no la próxima temporada?
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