Hoy es el día mágico en que sólo existe el Athletic. 13 de mayo de 2009. El espectáculo ha llegado a su momento culminante y, pase lo que pase esta noche en Mestalla (22 horas, TVE-1 y ETB 1), ya será imposible de olvidar. La historia rojiblanca está llena de momentos grandiosos, pero nunca antes un partido había desatado semejante pasión. No hay en los anales del club precedentes de un contagio colectivo de esta envergadura. Los turistas, esa especie humana que no existía en Bilbao cuando el Athletic celebraba títulos y ahora nos visita al reclamo del Guggenheim, tienen que estar perplejos, lo mismo que los valencianos, que ayer vivieron la primera oleada del desembarco rojiblanco a la final de Copa. Están locos estos romanos, pensarán, como lo hacía el bueno de Obelix. Y no es de extrañar. Porque esto es lo nunca visto.
Una cadena de circunstancias han confluido para convertir este duelo entre los dos reyes de Copas, el Athletic y el Barcelona, en un acontecimiento extraordinario para la afición rojiblanca. La primera, sin duda, ha sido la larga espera, los 24 años eternos de sequía, un enorme paréntesis que ha llegado a poner en cuestión la propia viabilidad de la filosofía del club. No es que esta final cierre definitivamente esa discusión, el tiempo lo dirá, pero desde luego sirve para poner el debate ante una realidad que muchos ya habían descartado: la de que los éxitos no son algo inalcanzable, la de que el Athletic es capaz de competir.
En este sentido, gane o pierda esta noche en Mestalla, se podría decir que hoy comienza una nueva etapa. Se ha trazado un nuevo camino. Lo ha trazado una afición única que necesita y merece vivir este tipo de partidos con mucha más frecuencia. Sólo así se asegurará el obligado relevo generacional en la afición, la toma del testigo por parte de miles y miles de niños que hasta ahora han tenido que vivir su pasión rojiblanca como un voluntarioso acto de fe, creyendo en las historias que les contaban sus padres como creían en los héroes de los cuentos. Ahora la ficción ha terminado y podrán vivir por fin una gran final del Athletic. Lo harán, además, con un despliegue tecnológico propio del tiempo que les ha tocado vivir.
Ha llegado el Partido. Así, con mayúsculas. Es el momento de combatir. Es cierto que la clasificación para la final ya ha sido, por sí misma, un acontecimiento que ha removido los cimientos del Athletic, anclados en glorias demasiado lejanas. Durante semanas, Vizcaya entera y miles de hinchas y peñistas rojiblancos de toda España han disfrutado saboreando la gran cuenta atrás. Al menos dos generaciones de aficionados han podido hacerse estos días una idea de la grandeza del Athletic, de su insuperable capacidad de movilización, del incomparable grado de penetración social que tiene este viejo club de fútbol. Pero las finales obligan a extremar la ambición. No basta con llegar. Hay que ganar. Y aquí surge otro de los grandes alicientes del duelo de esta noche. Enfrente estarán los mejores del mundo, un Barcelona estelar que sólo admite comparación con los equipos más grandes de todos los tiempos. En este sentido, hay algo fuera de toda duda: de alzarse con el título, el Athletic completaría hoy la proeza más grande en sus 111 años de historia.
En lo estrictamente deportivo, el partido no puede ser más sugerente. Nadie discute que el Barça de Guardiola ostenta la condición de favorito. Se trata, por otro lado, de algo habitual, una rutina sin mayor importancia. ¿Contra quién no son favoritos los azulgrana? Ahora bien, una cosa es que el Barça parta con una ventaja lógica en los pronósticos y otra que el Athletic haya viajado a Valencia a ser un convidado de piedra al que Xavi, Messi y compañía borrarán del campo de un plumazo, dándole a la rueca del tiqui-taca, sin inmutarse demasiado. Es algo que se ha venido escuchando mucho en las últimas semanas, pero no parece una lectura muy fundamentada. De hecho, a medida que se acerca la hora H del día D, cada vez son menos los que defienden la teoría del paseo blaugrana y más los convencidos de que las finales siempre tienen algo de cara o cruz.
A este cambio de percepción han contribuido varios factores como el enorme desgaste, físico y emocional, acumulado por los pupilos de Pep Guardiola en las dos últimas semanas, y las bajas de varios futbolistas importantes como Márquez, Abidal, Henry y, sobre todo, Iniesta, una de las piedras angulares de este Barça majestuoso. Por otro lado, hay algo evidente por mucho que Carles Puyol asegurara el lunes que la motivación de su equipo es la misma que la del Athletic. Sencillamente, no es verdad. No puede serlo y es algo natural. Los jugadores rojiblancos, aparte de estar más frescos, se enfrentan al partido de su vida, algo que no puede decir ninguno de los del Barcelona. Y esa diferencia debe sentirse en el campo, debe servir a los rojiblancos para reducir y, a ser posible, anular la incuestionable distancia en calidad técnica que les separa de sus rivales.
La lectura previa de la final obliga a repetir una perogrullada: si quiere tener opciones, el equipo de Caparrós necesita explorar sus límites, rozar la perfección. Jugarán los habituales, todo parece indicar que con Susaeta en banda derecha, y tendrán que esmerarse al máximo. Los retos no pueden estar más claros: hay que aprovechar las jugadas a balón parado, no hacer regalos y morir en cada metro del campo. Y no sólo eso. Hay que actuar con inteligencia, sin tremendismos, extremando la vigilancia de Xavi y Messi. De que estos dos futbolistas excepcionales estén a disgusto dependerán, en gran medida, las opciones del Athletic.Todo indica que Guardiola alineará a varios futbolistas no titulares que han venido jugando en la Copa, caso de Pinto, Silvinho (éste hubiera jugado en cualquier caso por la sanción de Abidal), Busquets y Bojan. Ello, sin embargo, no resta un ápice de dificultad a la hazaña histórica con la que sueña el Athletic.
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