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Miles de aficionados se funden con el Athletic en San Mamés y el Carlton antes de partir a Valencia
11 de mayo de 2009

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JAVIER MUÑOZ.-

Y Mambrú se fue a la guerra. La afición rojiblanca dispensó ayer a los jugadores del Athletic la despedida más cálida y emotiva que podían imaginar antes de partir hacia Valencia para disputar su trigésimosexta final de Copa. Un cuarto de siglo después del último paseo de la gabarra, unas 20.000 personas se dieron cita a las once de la mañana en San Mamés para deleitarse con el suave entrenamiento que protagonizaron los leones, un regalo que el club ofreció a sus seguidores -sobre todo, a los niños-, para inculcarles el espíritu copero que hasta ahora no habían podido conocer. Pero también para enviar un mensaje: 'Denon artean lortuko dugu (Entre todos lo conseguiremos)'.

Los aficionados no se despegaron de su equipo hasta las 15.30 horas, cuando los futbolistas cruzaron la puerta de embarque del aeropuerto de Loiu entre abrazos, banderas y gritos de ánimo. El autobús del Athletic -esta vez no era el oficial, sino el de la compañía 'La Unión'- había llegado a la Paloma de Calatrava desde el Hotel Carlton, arropado por decenas de turismos cuyos ocupantes hicieron ondear las banderas rojiblancas por la autovía del Txorierri. El aire festivo lo puso un pequeño descapotable de época, en el que el copiloto iba disfrazado de león. Los cencerros del carnaval vasco habían conjurado los malos presagios cuando la expedición bilbaína arrancó en la Plaza Moyúa entre vítores y flashes de los fotógrafos. Los espíritus habían sido ahuyentados; al menos, provisionalmente.

Demasiado tiempo

Para los extranjeros que ayer paseaban por Bilbao, el Athletic se convirtió en una atracción turística tan seductora como el museo Guggenheim o los pintxos de la Plaza Nueva. ¿Quiénes podían ser aquellos jóvenes que, después de almorzar, habían salido a la balconada del Carlton y saludaban al gentío?, se preguntaban los forasteros. La respuesta brotaba al unísoso de cientos de gargantas, familias enteras que durante tres horas, entre las doce del medíodía y las tres de la tarde, se concentraron a la entrada del hotel y en la rotonda de Moyúa: '¡Barça, la Copa se mira y no se toca!'.

El ambiente era entrañable y eléctrico al mismo tiempo. Se apreciaba en los pupilos de Caparrós cierta sorpresa al descubrir a la afición tan rendida a sus pies. Muchos jugadores -el aplaudido Llorente, por ejemplo- ni siquiera habían nacido cuando Endika anotó el gol de la victoria frente al Barça en 1984. Otros, como Aitor Ocio, eran críos como los que les estaban animando desde ahí abajo, unas cuadrillas muy diferentes de las que se forman habitualmente en la calle Licenciado Poza durante las horas prepartido.

El rostro de Orbaiz era elocuente. Parecía no creer lo que estaba viendo: bajo las flameantes banderas se entreveían juguetes infantiles por el suelo; coches de niño vacíos; mascotas que rompían a ladrar cuando los futbolistas alzaban los brazos. Joseba Etxeberria, que ya está familiarizado con las celebraciones del segundo puesto del Athletic en la Liga, disfrutaba del momento y lo grababa con una minúscula videocámara. Caparrós no le iba a la zaga. Incluso Yeste sonreía, igual que Gurpegui y Fernando Amorebieta.

Se sentía ayer en Bilbao que ha pasado demasiado tiempo desde la última final de Copa. La mañana soleada contribuyó a engrandecer la jornada de exaltación rojiblanca, que comenzó temprano. Sobre las diez de la mañana, los autobuses y el metro empezaron a llenarse de matrimonios con hijos de corta edad enfundados en zamarras del Athletic de todos los modelos y épocas posibles. Hileras de aficionados confluían en los aledaños de San Mamés, cuyas puertas habían sido abiertas de par en par por el club para elevar el termostato de los seguidores y para recordar que, incluso en el fútbol moderno, el Athletic también tiene un puñado de héroes.

La actual plantilla debería considerarse privilegiada. Posiblemente, ningún entrenamiento ha arrancado tantos aplausos de la chavalería como el de ayer. Entre las once y las doce del mediodía, los leones pelotearon y se gastaron bromas delante de una afición que recordará sus nombres simplemente porque jugarán la final de Mestalla. El equipo se dividió en dos grupos: uno que ejecutaba rondos y otro que se ejercitaba en los disparos a puerta. Un trallazo de Toquero que entró por la escuadra arrancó una estruendosa ovación en las gradas, un rugido equiparable al que la noche anterior había merecido el tanto de Ion Vélez contra el Betis.

El público celebró los goles de ayer como si fuesen de verdad y, cada cierto tiempo, estalló en aplausos y cánticos. Los leones le correspondieron regalanddo algún que otro balón y un puñado de camisetas. El clímax se alcanzó cuando la plantilla dio dos vueltas de honor a La Catedral; sobre todo, en la última de ellas, siempre con el 'gallo' Etxeberria en cabeza.

'Denon artean lortuko dugu', rezaba la pancarta exhibida al concluir los ejercicios. Para un grupo unido, cualquier cosa era posible. Incluso que algunos aficionados salieran corriendo en tropel desde San Mamés hasta el Carlton a tiempo de estrechar la mano de los jugadores, vestidos de riguroso negro y recién salidos de la ducha.

Los trabajadores del hotel se arremolinaron en las ventanas para contemplar cómo la Policía municipal cortaba el tráfico, igual que hizo en la semifinal contra el Sevilla. En medio de aquella algarabía sólo era posible intuir dónde estaban los leones porque, allí por donde pasaban, los adultos aupaban automáticamente a sus hijos sobre los hombros. Algunos incluso los alzaban hasta las lunas del autobús para que los futbolistas pudieran verles bien el rostro. Los niños y sus ídolos juntaban las palmas de las manos sobre el frío cristal.

La gran familia

La llegada al aeropuerto fue tan calurosa como la concentración de Bilbao. En La Paloma ni siquiera se habían colocado vallas para contener a los aficionados. La expedición del Athletic se apeó del autocar sin orden ni concierto, y se zambulló entre cientos de personas que habían estado esperando pacientemente aquel momento. Yeste, Koikili, Gabilondo... se desperdigaban por los accesos del aeropuerto. Iraola agradecía los elogios con cara de no saber qué responder y una abrumada sonrisa.

Los rojiblancos tardaron varios minutos en llegar hasta el mostrador de facturación, pues a cada paso que daban debían detenerse para hacerse fotos. La expedición cumplimentó los trámites del equipaje mientras los seguidores no dejaban de cantar ni de hacer sonar las estruendosas bocinas hasta la sala de embarque. Distribuidos en corrillos, los jugadores prodigaban saludos y sonrisas a todo el mundo, mientras el presidente Fernando García Macua conversaba por teléfondo atento a los detalles.

Ni siquiera el personal del aeropuerto perdió la ocasión de retratarse con los leones, a quienes el veterano Manolo Delgado, uno de los preparadores físicos club bilbaíno, observó con una serenidad exultante. Veinticinco años después volvía a experimentar las sensaciones de una final de Copa del Rey, un lujo que pocos de los actuales miembros del Athletic han podido disfrutar, si se exceptúa a José Ángel Iribar. Detrás de Manolo Delgado, a través de un escaparate, se podía ver a los futbolistas algo más tranquilos, enganchados como siempre al 'móvil', antes de desconectarlo para acomodarse en al avión.

El Athletic despegó a Valencia pasadas las cuatro de la tarde, después de haber tomado un baño de masas que se prolongó durante más de cinco horas. Vizcaya les demostró su respaldo incondicional como pocas veces se recuerda. Una nueva hornada de jóvenes aficionados volvió a encontrar ayer en la leyenda rojiblanca motivos para soñar y también para recordar en años venideros. Los leones, por fin, se dejaron acariciar; pero no deben confiarse: en las 48 horas que quedan hasta el partido deben afilar las garras.

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