
El Athletic certificó anoche su permanencia en Primera. Con un equipo cargado de suplentes se impuso a un Betis que queda en una posición muy incómoda en la lucha por la permanencia y a quien faltó armadura en todas sus líneas.
Se despedían los rojiblancos de la hinchada antes de viajar hoy a Valencia con un objetivo de apariencia complicado, derrotar al Betis con una tropa de suplentes para dejar los deberes hechos en la Liga. Joaquín Caparrós ha echado cuentas y concluyó que con los 41 puntos con los que su equipo llegó al partido estaba «casi, casi» salvado. La afición, extremista por naturaleza, no las tenía todas consigo de cara a que el experimento diera resultado.
Caparrós sólo puso sobre el campo a uno de los titulares de la final, David López, quien sale de una lesión del tobillo izquierdo y necesita ritmo para Valencia. Eso sí, en la confirmación de que el entrenador rojiblanco daba por necesario sumar algo en este partido, en el último tramo sacó al campo a piezas básicas como Amorebieta, Toquero y Susaeta.
Pese a estar rebajado en su alineación y sin el temor reverencial que generan en los contrarios jugadores como Llorente, al Athletic la bastó con poner interés y jugar con orden para tumbar al Betis. Nadie exigía a los suplentes un triunfo apabullante, sino un partido decoroso. Pero ocurrió que estos futbolistas fueron capaces de poner el partido de su parte desde el inicio.
Jugada de Muñoz
El choque cayó en manos del Athletic tras una gran jugada de Muñoz, que rompió a la defensa como cuchillo a la mantequilla. El navarro levantó la cabeza, encontró a Vélez y le asistió para que empujara de interior el gol rojiblanco.
El tanto concedió un especial protagonismo a dos jugadores con los que Caparrós apenas cuenta. Muñoz, a quien le resta un año de contrato, se irá probablemente al final del curso después de que el entrenador apenas haya contado con él en cuatro partidos de Liga. En su último servicio, brindó a Vélez el centro exquisito del 1-0. El delantero ha tenido dos malos enemigos esta campaña: el fantasma de Aduriz, primero, y la explosión de Toquero, después.
Es el navarro un jugador bravo y más temperamental que otra cosa, pero muchas veces insustancial a la hora del remate. Anoche jugó con presión, intensidad y agresividad. Le vino además de perlas la ausencia de Fernando Llorente. Pudo entrar al partido como delantero centro de referencia y en esa labor anotó su sexto gol del curso, la mitad de ellos en Liga.
Al Betis le costó coger el hilo al partido. Apenas tenía la pelota y llegaba muy poco al área rival, negado por el revolucionado juego rojiblanco. Su única estrategia en el arranque parecía ser mantener a raya al Athletic y actuar a verlas venir, a ver si los locales cometían un fallo. Su intensidad en el juego era tan baja que parecía que hubieran comprometido un empate que aliviara a los dos equipos. La rueda de cambios de Caparrós no fue tan decisiva para la suerte del partido como la apatía del Betis.
A los verdiblancos le costó demasiado entrar el escena. Sólo dieron señales de vida tras el gol de Vélez. Y en ese momento surgió la figura de Armando, un hombre que tenía cuentas pendientes con los andaluces desde que la pasada campaña sufriera en el Ruiz de Lopera un botellazo en un ojo.
El portero rojiblanco entró por primera vez en escena ante un disparo a bocajarro de Oliveira en el minuto 33 que resolvió con un ejercicio de reflejos asombroso en un portero de 38 años. No contento con ello, diez minutos después estuvo rapidísimo para abortar una llegada a su portería con balón controlado de Emaná.
Ante la ausencia de fútbol colectivo, cada uno en el Betis procuraba resolver a su manera el grave problema que suponía la derrota. Pero los suplentes rojiblancos caminaron seguros en defensa en la segunda parte, e incluso estuvieron a punto de sentenciar al contragolpe. No lo lograron, pero se fueron con un resultado magnífico. La permanencia ya está asegurada. Ahora sólo queda tumbar al Barça y volver de Valencia con la Copa.
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