
Cuenta Jorge Valdano en uno de sus numerosos, bellos y certeros artículos deportivos que los escritores ansiaban hablar con Guardiola de fútbol y abandonaban la reunión con un cierto desencanto. El actual entrenador del Barcelona, entonces medio-centro del equipo azulgrana, les llevaba por la senda que él quería, como cuando desplazaba la pelota al primer toque para inyectarle velocidad y entregarla siempre mejor de como le llegaba. Al final, todos los contertulios acababan charlando de literatura porque Pep se empeñaba en libar el conocimiento de los maestros. Valga el ejemplo para definir, siquiera rápidamente y a carboncillo, la personalidad del hombre de moda. Sí, en ambos sentidos, porque Guardiola llegó a desfilar en la Pasarela Gaudí con ropa de su amigo y diseñador Toni Miró. Su filosofía de vida, su apuesta por la estética, su conducción honesta y sus aficiones fuera del campo dibujan un retrato alejado del robot que define a tantos futbolistas.
Pep tiene algo de flautista de Hamelín por su capacidad para embaucar a aficionados y derretir a las mujeres. Existe una página en Internet dedicada al 'look Guardiola', donde se ensalza su manera de vestir, la barba de tres días y los claros en el pelo que aún le convierten, según la creadora de la web, en más arrebatador. Desde luego marca tendencias, a la hora de vestir y reproduciendo sobre el césped el juego de toque, posesión y belleza que promulgó su mentor, Johan Cruyff. El holandés lo eligió como su '4' de cabecera con veinte añitos para liderar al 'Dream Team', veía en la distribución lógica y cerebral de Pep la mente del entrenador dentro de un cuerpo, aparentemente frágil, de futbolista.
El actual técnico del Barça ha mejorado el molde del profesor, una apuesta por la estética que rayó el sol, como cantaría Maná, en la inmensa exhibición del Santiago Bernabéu. Si la perfección existe seguro que debe parecerse mucho a la formidable sinfonía azulgrana que sentenció la Liga en el templo de un rival hundido de tanto perseguir un objeto imposible durante la temporada. El equipo que Pep adiestra devuelve el fútbol a sus orígenes, a la calle y a la infancia, cuando el rondo adquiere la jerarquía de rango mayor. Entregas cortas y continuas, ofrecimientos permanentes para recibir la pelota, paredes hasta en el área o puñales de verticalidad a la espalda de los defensas. Para colmo, el sistema defensivo del actual Barcelona, una presión sutil pero tenaz que recupera inmediatamente el cuero, parece muy superior al de aquel que preconizaba Cruyff.
Sin dobleces
Pep, fiel seguidor del intimismo que desgranan las canciones de Lluís Llach, ha convertido la lírica en un modo innegociable de ganar partidos. Porque, indudablemente, también él se apunta a la épica de la victoria, como la destilada en el agónico empate de Stamford Bridge que metió al conjunto catalán en la final europea de Roma. Quiere competir y triunfar y para ello ha elegido ese fútbol que sacia los paladares de todo el mundo. Reniega de los técnicos a los que se jaleaba por maldecir la pelota como quien se desprende de un bulto incómodo, cree que aquella mísera bandera ahuyentaba la ilusión. Y Guardiola, por encima de todo, vive los partidos como un tipo apasionado, como un amante del fútbol que flirtea con él para llevárselo al huerto con el balón como aliado. Casi siempre de pie en el área técnica, gesticula más que sus paisanos de El Tricicle. Y se le ve disfrutar tanto como lo demuestra, no genera la impresión de que los dobleces vayan con él.
Ni siquiera la derrota en Soria del partido inaugural frente a un equipo que huele más a Segunda que a Primera modificó sus convicciones. En un país históricamente entregado al tremendismo, más en el universo particular del fútbol, ya se habían tomado medidas de su cuello para ajustarle la guillotina. El entorno culé dudaba del novato con sólo un año de experiencia en el filial y apuntaba directamente a Joan Laporta, el presidente que lo prefirió al resto de apellidos ilustres que manejaban otros directivos. Ocho meses y medio después de aquello se habla del mejor Barcelona de la historia, de uno de los equipos que más ha mimado el fútbol desde sus orígenes decimonónicos.
Pep siente veneración por gente anónima que ha amado el fútbol sin reclamar nada a cambio. Cuando se jubiló el masajista Ángel Mur publicó un artículo laudatorio en el que recordaba a Oriol Tort, el ojeador del Barça que se quedó prendado de un chico delgado al mando del Ginmàstic de Manresa. Lo reclutó para la Masía con trece años y aquella elección inequívoca es desde hace casi dos décadas un icono del barcelonismo. Medio centro del 'Dream Team', capitán orgulloso de representar a su club, actual técnico de un conjunto que asombra por la belleza de su propuesta. Si figurará en el altar azulgrana que Laporta, el presidente que le otorgó hace un año el banquillo, ya vislumbra un futuro con Guardiola al frente de la entidad. «No», contestó el aludido en una rueda de prensa. «Lo que yo quiero es entrenar».
De todos modos existe un paréntesis de seis temporadas en la vinculación de Pep al Camp Nou. El 'noi' de Santpedor, localidad a escasos kilómetros de la baloncestística Manresa, decidió abandonar el Barça por iniciativa propia en 2001, diez años después de debutar con el primer equipo. Tras seis Ligas, dos Copas, la 'Champions' de Wembley y otra Recopa, su espíritu inquieto le aconsejó un cambio de aires. «Está Xavi», manifestó a modo de consuelo. Se marchó a Italia, donde actuó en el Brescia junto a Baggio y recaló brevemente en el Roma. En el 'calcio' le acusaron de dopaje y él defendió su inocencia hasta el final. Probó dos años en Qatar (Al Ahly) y atendió la llamada de Juanma Lillo para terminar su carrera como jugador en el Dorados de Sinaloa (México).
Vara del mando
Consciente de que vida y fútbol forman una simbiosis para él, Guardiola obtuvo el título de entrenador en Madrid y estrenó el carné con el filial azulgrana. Una campaña le bastó con los cachorros para ascender al Camp Nou. Antes había sufrido la decepción electoral de Lluís Bassat, el publicista que lo llevaba como secretario técnico en su candidatura y sucumbió al embrujo electoral de Joan Laporta. Del mismo presidente que años más tarde le concedió la vara del mando para ejercerla con un estilo irrenunciable.
Pep parece uno de esos tipos íntegros y consecuentes que antes de autorizar un balonazo sin clase prefiere marcharse a casa. Para seguir leyendo, para ir al cine, para jugar al golf. Para cualquiera de estas actividades a las que le dio bajonazo por el placer de mirar continuamente a su hija María, «incluso cuando duerme», una chiquilla que ya ha cumplido los ocho y seguro que presume de padre ante compañeras y madres.
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