
Cuando ya nadie lo esperaba, cuando todo indicaba que la visita a Gijón había sido baldía, una pérdida de tiempo de no ser por las fabes, la sidriña y el arroz con leche, que siempre consuelan en las horas previas, al Athletic se le apareció la Virgen y sacó petróleo de su visita al Molinón. El gol en el minuto 89, que cortó de un tajo la increíble racha de 33 partidos sin empatar que llevaba el Sporting, no se recordará por su belleza. Fue un lío de patio de colegio; tanto que lo marcó Amorebieta pero en el acta se le adjudicó a Iraola. Eso sí, su valor es indiscutible. El puntito se antoja definitivo para certificar la permanencia, una lucha a muerte de la que los rojiblancos han puesto pies en polvorosa cuando más lo necesitaban. Es cierto que todavía quedan doce puntos por disputarse, pero son dos los equipos que están a siete de distancia (Sporting y Getafe) y otro a cuatro más el average (Osasuna). Vamos, que por mucho que la salvación no esté todavía bendecida por las matemáticas se podría decir que lo está por el sentido común. Y casi es lo mismo.
El Athletic ya está pensando en la Copa. En realidad, por lo que se vio ayer en Gijón, el equipo de Caparrós lleva ya unos días en la luna de Valencia. Probablemente, desde que se ganó al Racing y el propio técnico dio permiso a sus pupilos para soñar con el partido del día 13 en Mestalla. Porque lo cierto es que los rojiblancos aparecieron en el césped del Molinón a verlas venir, sin una idea muy clara de lo que hacer en un partido que se les figuraba de lo más inoportuno. Un engorro para todos salvo para Adrien Goñi, que vivía su debut. ¿Qué hacemos aquí sin Orbaiz, ni Yeste, ni David López ni Gurpegui? ¿Vamos a setas, a Rolex o por la calle del medio? Durante amplias fases del choque, y especialmente a partir de la lesión que obligó a retirarse a Fernando Llorente en el minuto 18, los jugadores del Athletic parecieron unos convidados de piedra en una función estratégicamente preparada para que el Sporting cogiera aire después de un mes con el aliento perdido y las constantes vitales muy bajas.
Pinturas de guerra
La hinchada gijonesa se puso ayer las pinturas de guerra. Su equipo le necesitaba. De este modo, reventó las gradas de su estadio y creó un ambiente fenomenal que, en sus momentos de más voltaje y decibelios, recordó al que el Athletic consiguió en San Mamés en la semifinal de Copa ante el Sevilla. Animó, pitó y metió los dedos en todos los enchufes la afición asturiana demostrando que es una de las grandes de España. Ello, sin embargo, no le alcanzó para conducir a su Sporting a la victoria. La tuvo entre las manos y la mereció, pero la dejó escapar de mala manera, con uno de esos errores que retratan a los equipos que son carne de cañón.
Manolo Preciado y sus pupilos recibieron un golpe durísimo cuando Joseba Etxeberria remató desde el segundo palo y entre Amorebieta e Iraola empujaron a trancas y barrancas el balón al fondo de la portería de Pichu Cuéllar. Fue un regalo. Uno más. En realidad, las tres o cuatro ocasiones de las que dispuso ayer el Athletic no fueron producto de su juego, un muermo, sino de las generosas concesiones de los asturianos, que están terminando la Liga con muy mala cara. Ya no son ni de lejos aquel equipo valiente y montaraz de hace unos meses. Ahora le cuesta un horror jugar y su debilidad defensiva es flagrante. No hace falta nada para asustarle y meterles en problemas. Así se explica que, durante la primera mitad, teniendo una posesión abrumadora y peleando con el espíritu de Don Pelayo, no marcaran un gol y estuvieran a punto de encajar el 0-1 en el minuto 44, cuando dejaron en franquicia un balón a Ion Vélez, cuyo disparo cruzado desvió Cuéllar con el pie.
Los regalos
La segunda mitad siguió por los mismos derroteros. Iñaki Muñoz, el desterrado número 1 de la plantilla, entró en lugar del joven Goñi, que apenas tuvo tiempo de dejar algún detalle, pero el guión no varió. El Athletic hacía como que ponía interés y el Sporting se afanaba en la búsqueda del gol de la victoria. Porque todo indicaba -y más con los precedentes del Sporting esta temporada- que un solo gol bastaría para ganar los tres puntos. De ahí el alegrón mayúsculo del Molinón cuando, justo a la hora de partido, Bilic remató de cabeza placer un centro formidable de Castro. Por delante, a los asturianos sólo les quedaba guardar la ropa con un mínimo de oficio. No supieron hacerlo. Una desatención les provocó un susto de muerte en un disparo de Iraola al poste en el minuto 78. Y otra, sobre la bocina, les costó la victoria y quién sabe si la salvación.
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