M enos mal que la ilusión por volver a disputar la final de Copa después de 24 años viéndola por televisión es tan grande que pesa más que cualquier desengaño. Menos mal que no hay incordio que pueda con el hincha rojiblanco cuando siente la gloria al alcance de su mano. Porque lo cierto es que el tema de las entradas para la final del 13 de mayo comienza a ser un dolor de muelas que en otro club distinto al Athletic quizá hubiera provocado ya una deserción general de los aficionados, unidos bajo el lema 'Que vaya a Valencia tu tía'.
Todo nace, claro está, con la designación de Mestalla como sede del partido, una infame y unánime decisión federativa que hacía inevitable el lío. A poco que dos equipos de cierto nivel, como es lo natural, alcanzaran la final, el problema estaba garantizado. Y si uno de esos equipos era el rey de Copas, el viejo león hambriento, pues ni te cuento. Pero así está el patio. A estas alturas, uno no puede sorprenderse ni de la sede elegida para la final, ni de que ésta se dispute un miércoles laborable a las diez de la noche y en plena refriega final de la Liga, ni de que el título de Copa reporte todavía un premio menor como es una plaza en la UEFA. Son ya muchos años erosionando el prestigio del torneo con el que se cimentó el fútbol en España como para extrañarse de ciertas cosas.
El caso es que llevamos mes y medio con la cantinela de las entradas. Al principio, con la alegría en el cuerpo, la cuestión se tomaba un poco a broma. Ahora ya resulta una pesadez, una especie de condena. Y no sólo para los hinchas sino también para la junta directiva, consciente de que, fuera cual fuese la fórmula elegida para el reparto, sólo podía aspirar a hacer el mal menor. Contentar a todos era un imposible metafísico, así que las críticas estaban aseguradas. Iban a lloverles piedras.
La junta optó por un sorteo ante notario. Era lo lógico. Un sorteo informático hubiera despertado un sinfín de sospechas turbias y sacar las entradas a taquilla hubiera provocado poco menos que una matxinada. Aceptado el método, por tanto, se trataba de que éste fuera lo más transparente posible, aún a riesgo de no ser del todo justo. Es lo que hizo el Barcelona y no hubo ningún problema. Una bola y que corra la lista. El Athletic, en cambio, optó por un sistema más complejo y acabó liándola de mala manera, hasta el punto de que 4.352 entradas quedaron en el limbo (según el club todo se debió a unos datos de registros provisionales que se tomaron como definitivos cuando no lo eran) y de que los últimos inscritos resultaron favorecidos ya que tenían más posibilidades en el reparto. El club dio carpetazo ayer al tema. Lo hizo a duras penas, tras una larga tarde de agobios informáticos en el palacio de Ibaigane, publicando en su página web la lista definitiva de agraciados. En principio, todo está aclarado. En principio. Todavía faltan 26 días para la final. Mucho tiempo.
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