
Toda la suerte y el buen fario que necesitó el Athletic para ganar al Mallorca hace ocho días se convirtió ayer en ingratitud e infortunio en el Reyno de Navarra, donde la falta de puntería y un arbitraje lamentable condenaron a los rojiblancos a una dura derrota que les obliga a seguir remando en la Liga. Era un partido clave en la lucha por ganar la orilla. Una victoria hubiese colado al equipo de Caparrós a siete puntos del descenso, prácticamente, pues, con los deberes hechos. Pero no pudo ser. Y no precisamente por la superioridad del rival, un Osasuna tan afanoso como plano. En realidad, el 2-1 se escribió en las tres magníficas oportunidades, dos de Llorente y una de Javi Martínez, que el Athletic dejó escapar en la primera parte y, sobre todo, en las decisiones de Mateu Lahoz, que concedió un primer gol muy dudoso a los navarros y decantó el partido con una expulsión ridícula a Aitor Ocio comenzada la segunda parte.
Fue, por tanto, una de esas derrotas que deja muy mal cuerpo, una turbia sensación de injusticia. Mal rollo, en fin. Es lo que ocurre cuando un equipo sale del campo convencido de que la suerte del duelo la han decidido elementos exteriores al juego y que, si todo hubiera trancurrido con un mínimo de normalidad, el Athletic podría haberse ido de Pamplona con media salvación asegurada. Esa es la impresión que quedó durante la primera parte. Los rojiblancos salieron con la disposición táctica habitual, bien ordenados y entregados a tapar a un rival atrancado que no necesitaba mucha presión encima para convertir su fútbol en pompas de jabón que se llevaba el viento. Que los rojillos se adelantaran en el marcador en el minuto veinte fue una casualidad. Un centro de Pandiani desde la derecha, un disparo de Monreal a pase de Plasil, un rechace y el balón que le llega a Masoud, en posición dudosa, para meter la puntera. Era el primer disparo a puerta de Osasuna.
El Athletic reaccionó al rejón del 1-0 con la ambición que hasta entonces le había faltado a su juego, poco trenzado para lo que requería el partido. La flagrante debilidad defensiva de los pupilos de Camacho no sólo pedía corte. También más confección. Los diez minutos siguientes al gol fueron de largo los mejores del equipo bilbaíno. Aitor Ocio empató de cabeza en un saque de falta y, un minuto después, Llorente cabeceó alto, desde el borde del área pequeña, un centro de Yeste. No era el día del delantero rojiblanco, que al cuarto de hora ya se había llenado de balón y había desperdiciado un estupendo regalo de Azpilicueta. Pero los errores no se terminaron ahí. Poco después del segundo fallo de Llorente, Javi Martínez se plantó solo delante de Roberto y no acertó a batirle. El partido estuvo ahí.
Durante el descanso era inevitable hacerse ilusiones. Al fin y al cabo, la primera parte, con toda su matraca, había dejado una certeza de lo más esperanzadora: a poco que el Athletic se esmerase y apretara arriba, las ocasiones iban a llegar. La victoria, por tanto, estaba en manos de los rojiblancos, superiores a su rival en cuanto apretaban las clavijas del juego. Otro gran remate de cabeza de Ocio en el arranque de la segunda parte afianzó la confianza. Toda la teoría, sin embargo, saltó por los aires con una cantada de Mateu Lahoz, que vio una tarjeta roja donde todo el mundo vio una amarilla. ¿Qué otra cosa merecía la zancadilla de Aitor Ocio? Lo cierto es que da grima comprobar la facilidad con la que algunos árbitros son capaces de destrozar un partido en el que tanto se juegan dos equipos, pero así está el patio.
Trabajo notable
El mismo juez instructor que condena a un defensa por una falta táctica muy poco aparatosa dejó libre al delantero rival, Pandiani en este caso, tras una entrada criminal a Amorebieta. En inferioridad, el Athletic jugó sus bazas. Caparrós dio entrada a Etxeita en lugar de Susaeta y el equipo se remangó. Tocaba meterse en la zanja. Se trataba de aguantar el pulso y dejar que Osasuna continuara estrellándose contra su incompetencia a la hora de mover el balón y crear situaciones de peligro. El trabajo de los rojiblancos fue notable en ese sentido. Con firmeza y solidaridad, mantuvieron a raya al equipo de Camacho, cuya reciente goleada en el Vicente Calderón se antojaba uno de esos fenómenos paranormales que suceden a veces en la ribera del Manzanares. Trajinaba Osasuna, con Sola y Puñal en el campo en lugar de Juanfran y Nekouman, pero continuaba sufriendo para acercarse a Iraizoz.
Al final, sin embargo, los navarros encontraron el gol a base de arreones e insistencia.Tuvo que ser en una jugada a balón parado. Se puede decir que con ellas -hay que recordar el gol de Nekounam al Espanyol en el descuento hace dos semanas- los rojillos han certificado su salvación esta temporada. Ayer el protagonista fue Sergio, que aprovechó una mala salida de Iraizoz en el saque de un córner para entrar como un tanque en el segundo palo y marcar el 2-1. El resultado deja al Athletic con una cuenta pendiente. El sábado, ante el Deportivo, toca pagarla.
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