
R etorno al lugar del crimen. Como Grissom y su cuadrilla de buscadores de rastros, el Athletic volvió sobre sus pasos para encontrarse con el escenario del delito. Alguien dijo que la experiencia es algo maravilloso, porque nos permite reconocer un error cada vez que lo volvemos a cometer. Después de despeñarse en el Everest de la primera vuelta, el equipo de Caparrós ha vuelto a la cota cero. Cero puntos en las cuatro cumbres ligueras. Unos Alpes que nos dejan helados. Cero de doce. Suena mal, pero aún es peor si sumamos (es un decir) los partidos de ida ante los cuatro jinetes del Apocalipsis. Ni un mísero punto de venticuatro en juego. No hemos pasado del campamento base. Algo paradójico para un grupo acostumbrado a escalar sin oxígeno en los últimos años. Esta vez los grandes, como su propio nombre indica, nos han venido grandes. A nosotros, que somos de Bilbao. Hay que asumirlo, aunque duela. Y no mirar hacia abajo. Desde la cordillera liguera, el abismo se ve cada vez mas cerca. Mejor no asomarse más. El peligro de despeñarse aumenta.
Queremos pensar que lo peor ha pasado. El concepto del consuelo por compensación. Ya saben, no hay mal que cien años dure ni que por bien no venga, y tal, y tal, y tal. En Villarreal, como quince días atrás en Barcelona, no nos castigó el árbitro (aunque nos perjudicara en un par de decisiones puntuales), sino el rival. Cazorla, Rossi, y esa bandada de locos bajitos vestidos de amarillo que se ríen con los pies, tejieron su tela de araña con paciencia y constancia. Tocan, buscan y, antes o después, encuentran el pasillo que conduce al gol. El submarino nos lanzó dos torpedos y ahí se acabó todo. El Athletic no tuvo fútbol para responder a un rival sencillamente superior. 2-0. Tocado y hundido.
El escritor norteamericano Elbert Hubbard sostenía que todo hombre puede permitirse el lujo de ser tonto de remate durante cinco minutos al día. La sabiduría consiste en no rebasar ese límite. El Athletic ya ha consumido sus cinco minutos de tontería futbolera. Ahora sí hay que ponerse las pilas, dejar de mirarse en el ombligo de la noche mágica del Sevilla y recuperar el fútbol que este equipo lleva escondiendo demasiado tiempo. Sin dramatismos.
Hay dos semanas por delante para preparar el partido ante el Mallorca. Se trata de espantar fantasmas, recuperar la dinámica ganadora y afrontar el sprint final poniendo tierra de por medio con la cola. No hay nada peor que meterte en un lío cuando ya no hay tiempo ni espacio para rectificar. Por ello sería absurdo negar la importancia del próximo partido, aunque me resisto a calificarlo de final. Estoy (estamos) saturado de finales con minúsculas. Y más ahora, que hemos recordado el verdadero significado de esa mágica palabra.
La zona de descenso está a dos puntos. Es un hecho. Pero la peor terapia a estas alturas sería inocularle el veneno de la duda a un vestuario al que le ha costado cuatro años abandonar el diván. Una cosa es mantener la tensión competitiva y otra tirar por la borda esa corriente de energía positiva que inundó Bilbao la noche del día cuatro.
El gran Mario Benedetti afirmaba en un delicioso poema que había que defender la alegría como una trinchera. Defenderla del pasmo y las pesadillas. Defender la alegría como un principio, como una bandera. Defenderla del fuego y de los bomberos. Como una certeza y como un derecho. Nos lo hemos ganado.
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